El refugiado que prefiere la guerra en Siria a la indiferencia local

Todavía no hubo intervención de INAU ni Mides y las instancias de diálogo han sido infructíferas

Merhi Alshebli prende su cigarro de tabaco armado y pregunta: "¿Hoy es lunes?" No sabe qué día de la semana es, pero sí tiene claro que el lunes se cumplieron 16 desde que la Plaza Independencia es su hogar. Sus hijos, que son 13, ya se están acostumbrando a vivir en carpas. Ibrahim Alshebli tiene 23 años, es el segundo más grande, y como su hermano mayor se quedó en Líbano, oficia de vocero. Solo transmite desencanto: ya no piden dinero ni trabajo , ahora quieren irse. No importa adónde.

"Mujica y Tabaré son mentirosos", espeta el padre. Ibrahim intenta que el resto entienda. Dice que no puede hablar con aquellos que, enojados, los acusan de ser desagradecidos y sintetiza sus problemas en una suma que da cero: les prometieron trabajo y una vida tranquila, pero no encontraron nada de eso.

"Si hay paz y no tenés algo para vivir para mí no es paz, es guerra de tranquilidad", dice en un español trancado que une con varios "ta" y "¿me entendés?" para reafirmar su mensaje. Ni con el dinero que reciben a través del Programa de Reasentamiento ni con el campo que el Instituto de Colonización les dio en Salto fue suficiente para mantener a una familia tan numerosa. Los trabajos que tuvieron él y su padre tampoco duraron mucho, pero eso no es lo único que decepcionó a Ibrahim.

Se sienten solos y aislados, dice. "Cuando termina el trabajo cada persona tiene su vida acá, no se interesan por el otro. Si tenés un problema es tuyo, cada uno hace su vida", dice, y enumera una serie de países con mayor presencia de musulmanes, como Turquía o Líbano, en los que le gustaría vivir. Acá, los únicos tres centros islámicos del país están en Montevideo, a casi 500 kilómetros de su chacra.

"Si hay paz y no tenés algo para vivir para mí no es paz, es guerra de tranquilidad", dice Ibrahim Al Shebi

Hace tiempo que Ibrahim no lee las noticias sobre su país. Sabe de los últimos bombardeos y la inestabilidad reciente, pero dice que no todo Siria está en guerra y opina, resignado, que tampoco podría exigir ir a otro país. El problema es que ni siquiera tiene derecho a volver a donde nació, dado que la Convención Internacional sobre el Estatuto del Refugiado, ratificada por Uruguay, establece la "no devolución" de los refugiados a un lugar donde sus vidas corren peligro. Conseguir una visa en otro país tampoco parece una opción viable ya que no hay muchos dispuestos a hacerlo.

El diálogo con el gobierno lo concentra la Secretaría de Derechos Humanos (SDH) que por el momento no realiza declaraciones sobre el tema. Días atrás comunicó acerca de varias instancias de diálogo con las dos familias que acampan en la plaza, e incluso hubo una visita de Acnur, la agencia de la ONU para los refugiados (ver recuadro). Por ahora, el gobierno ha manifestado la imposibilidad del retorno a Siria y continúa negociando.

El tiempo pasa y los niños no van a la escuela. Sus padres dicen que no hay escuelas para ellos en Montevideo y desde INAU responden que no han intervenido hasta el momento, dado que la SDH es la institución a cargo el tema. Desde el Ministerio de Desarrollo Social, por otra parte, indican que harán lo que pida la SDH.

De día los niños juegan al fútbol frente al monumento a Artigas, charlan con desconocidos y piden plata. De noche duermen en una casa cercana mientras los adultos cuidan el campamento. Si hay algo que las carpas en plena plaza no generan es indiferencia, y tal vez sea esa la razón por la que permanecen en el lugar, esperando algo que el país, por ahora, no puede darles.


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