El rey de los unos

Steven Patrick Morrissey, el hombre que cantándole a solos e indignados se convirtió en el último de los originales de un género -el rock- carente de personajes de su estilo desde hace años

"Los gladiolos están en el aire". Hasta el día de hoy recuerdo el comienzo de un ensayo llamado The passion of the Morrissey (La pasión del Morrissey) que leí por primera vez en 2006 y que hablaba sobre un concierto sucedido en California, Estados Unidos. Los gladiolos volaban, sí, y un hombre de jeans apretados revoleaba un ramo de ellos* mientras cantaba sobre pasar los días calurosos del verano encerrado. En determinado momento del concierto, el cantante anima a la gente a que suba al escenario y los que pueden superar a la seguridad, lo hacen poseídos. En ese momento, toda la audiencia, los del escenario y los de la platea cantan solo una cosa: "HANG THE DJ! HANG THE DJ!". 

En toda regla esto es un relato de un concierto de Morrissey. Pero en este caso, no lo es. O no exactamente. En realidad, ese momento de reacciones en el que se cruza el hooliganismo y la religión sucede en un concierto tributo. No es Stephen Patrick Morrissey quien está sobre el escenario del teatro Henry Fonda, sino un imitador. El imitador se llamaba José Maldonado y su grupo participaba en una convención de cultura pop vinculada a los años ochenta. "El culto a Morrissey" -escribe Chloe Veltman- "puede llegar a ser tan fuerte que tan solo su evocación puede disparar efectos muy cercanos al contacto con el artista verdadero en cuestión". Otro ejemplo de que la presencia de Morrissey no es necesaria para activar la magia: se habla siempre del Salford Lads Club, un club social en el que el cantante se fotografió para la tapa de un disco con su vieja banda, The Smiths, y que sin tener nada que ver con él se convirtió hoy en sitio de peregrinación obligada para fans y algo así como un museo de la obra del compositor mancuniano. El aura de Morrissey es tal que también, como sucedía con Elvis Presley, puede ser algo que se active sin que él tenga que estar presente físicamente.

Sin embargo, Morrissey ha construido una carrera en la que tal grado de amor y adoración parece desproporcionado en función de la trascendencia global de su mito. Dicho de otro modo: a pesar de haber cosechado con The Smiths 14 números uno y cinco discos que triunfaron en ventas entre 1983 y 1987, nunca llegó a las dimensiones de nombres como David Bowie, por mencionar a uno de los iconos que más atracción religiosa ha generado a lo largo de su carrera. En algún punto Morrissey, el melodramático, el de las frases que generan titulares en tabloides y ese hombre que sobre el escenario parece una resignificación más contemporánea y menos ingenua de Elvis Presley es una persona -si cabe- más cercana que lo que son sus colegas más encumbrados. "Quizás me equivoque, pero pienso que (los fans) me ven como una persona real", decía hace unos días "Moz" a Fernán Cisnero durante una entrevista para el diario El País.

Morrissey está en lo cierto cuando dice eso excepto por un detalle: él no es un rockero normal cuando está sobre el escenario. Después de todo, su persona artística está construída sobre la base de ese registro melodramático y sobre un conglomerado de sentencias e ínfulas intelectuales (pedir que publicaran su última y virulentamente criticada novela entre los clásicos de la editorial Penguin junto a autores como William Blake es la última perla) que lo mantienen en la frontera entre esa cercanía que puede generar un trabajador del rock y una estrella pop de esas por las que alguien se treparía a las butacas emulando a una fanática de Sandro o Cacho Castaña. Dicho de otro modo: es tan fácil imaginarse a alguien (difícilmente un uruguayo, aclaremos) intentando llegar por donde sea al escenario para acariciar a Morrissey como difícil pensar que irá tras su recital montevideano a tomarse algo mezclado entre la gente en el bar La Ronda, como pasó hace unos años con Damon Albarn y los integrantes de Blur. Es probable que conseguir ese balance sea mucho más un arte en sí mismo. Morrissey ha peleado por mantenerlo y lo ha hecho mejor que nadie dentro del mundo del pop. 

En ese camino, los caprichos le han jugado varias malas pasadas al cantante desde los tiempos de los Smiths. Aquella vez los desencuentros lo separaron para siempre del guitarrista Johnny Marr, hoy un favorito de muchos montevideanos que lo han visto venir a tocar algunas de sus canciones en dos oportunidades. En el tiempo reciente llegó incluso a trabajar sin sello en el que editar sus canciones, por populares que estas sean. Sin embargo es probable que parte de esa personalidad caprichosa haya sido lo que motivara que un artista tan identificado con lo anglosajón e iconoclasta visite con tanta frecuencia al público latino. Morrissey es indiscutible en Argentina, pero también lo es en esa frontera californiana: aquel imitador es apenas uno de los latinos que perciben en él a una especie de reencarnación en inglés de una especie de mutación entre Pedro Infante y Juan Gabriel, un cantante capaz de hinchar la vena románticamente indignada de miles de personas (incluidos varios "machos" mexicanos plenamente identificados con la causa) que disfrutan del doble sentido de las canciones -muchas de ellas verdaderos himnos rockeros- que cruzan la depresión del outsider urbano (aquí hay que tener en cuenta que para Morrissey la depresión no es tanto una enfermedad como un marco de pensamiento, una forma honesta de ver el mundo) con el despecho a flor de piel y las referencias a poetas malditos.

"Me gusta mucho la idea de una voz masculina siendo realmente muy vulnerable, de alguien que se siente usado y manipulado. Es una alternativa a esa cosa pesada de machismo que simplemente aburre a todo el mundo" (Morrissey sobre "This charming man", su primer gran éxito con The Smiths. 

Morrissey dijo a Gonzalo Curbelo en una entrevista para La Diaria no tener idea de por qué le pasa esto en México, pero lo cierto es que en la pasión que despierta en el pueblo radica el misterio y a la vez la respuesta. En su carrera, por ejemplo, es posible que se esconda el origen de la futbolización del rock: los Smiths fueron de las primeras bandas en tener gente que "hinchaba" por sus integrantes. Una vez que Morrissey se convirtió a artista solista, los hinchas pasaron a ser adoradores. "Verlo como solista es como besar el anillo papal" dice Simon Goddard en Songs that saved your life. Es una narrativa que en el Río de la Plata han emulado muchos tras él, con el "Indio" Carlos Alberto Solari como uno de los ejemplos más evidentes. Quizá la diferencia radique en que cuando Solari habla de "el pogo más grande del mundo" y marca una distancia explícita con su público, Morrissey le dice a la ciudad a la que llega a tocar: "Hola, corran a mis brazos". Además, su representación de la experiencia de ese dolor tanto romántico como social que expresa en sus canciones surte efecto porque consigue lo que quizá apenas Bruce Springsteen o Michael Stipe logran dentro de las fronteras del rock: que parezca que realmente están sintiendo el peso de aquello que le cantan al que los escucha. 

En vivo, Morrissey promete ser una fuerza rockera única en toda su expresión: su porte de caballero y su histrionismo contrastan con el volumen no exento de desprolijidades que caracteriza a una banda que se mueve con volumen dentro del género. En vivo, Morrissey es mucho más que el poeta sensible: es eso dentro de una banda de rock sucia y viril en la que, literalmente, todos transpiran al entregar esas canciones que se siguen colando en las radios. Eso también convierte a Moz en uno de los últimos artistas con una singularidad propia de un rock agotado cada vez en su previsibilidad conforme avanza el siglo XXI.   

"Usted podría decir, si tiene las agallas para hacerlo, que soy realmente feliz solo cuando estoy sobre un escenario", dijo hace unas semanas a Larry King en una entrevista. Con eso y con alguna cosa más de todo lo dicho anteriormente seguramente conectan seguramente muchos de los montevideanos que este jueves lo verán en el Teatro de Verano, con gladiolos o sin ellos.

 

Morrissey en el Teatro de Verano. El jueves 17, a las 21. Entradas entre $ 2.070 y $ 2.760 en Red UTS. También puede leer una entrevista del cantante con Kristel Latecki en El Observador, aquí.

(*) El uso de gladiolos está asociado a Morrissey desde su primera aparición en el programa británico Top of The Pops, cuando The Smiths se dio a conocer al gran público. Desde entonces, es un icono asociado a su figura.


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