El señor del derechazo

El presidente trata de preservar el principio de autoridad y recuperar la iniciativa

Una tarde helada en el estadio Franzini, a principio de los años 80, Defensor le hizo un gol al Club Atlético Progreso. Un hincha de los violetas que vestía poncho, "enfrentándose a un señor de gamulán, comenzó a insultarlo como forma de festejo, mientras bailaba a su alrededor una especie de grotesco malambo. Cuando el agredido quiso reaccionar, el agresor emponchado salió corriendo y regresó con un par de guardias acusando al vilipendiado (y ahora completamente desconcertado) hincha de Progreso de provocador. La cosa se calmó, pero el de gamulán siguió masticando rabia todo el segundo tiempo y cuando terminó el partido esperó al emponchado y lo bajó de un derechazo. En la refriega, un agente restableció el orden argumentando sobre su cabeza con el machete. Ese día escuché por primera vez su nombre: 'Ese que sangra por el machetazo es Tabaré Vázquez, el presidente de Progreso'".

La anécdota, narrada en 1989 por César di Candia en Búsqueda, muestra cómo puede reaccionar el actual presidente de la República cuando siente que es atacado o se le falta el respeto.

Este martes tiró otro puñetazo, aunque más corto y en plan defensivo, como para mantener el respeto y la distancia, al negarse a una entrevista con los dirigentes del PIT-CNT y concederla apenas bajaron el tono.

Vázquez trata de preservar el principio de autoridad, que en el Uruguay de los últimos años parece en bancarrota.

Los sindicalistas, que pretenden que el gobierno revise su política salarial y los recortes de gastos en la Rendición de Cuentas, parecían envalentonados después del paro general del 14 de julio. La Rendición de Cuentas también ha puesto a buena parte de la bancada parlamentaria del Frente Amplio en pie de guerra contra Vázquez y Danilo Astori.

El gobierno está condicionado por una peligrosa combinación de recesión, inflación y déficit fiscal. El agujero se cubre con emisión de billetes, lo que significa inflación, con deuda pública y con planes de gastar menos. Algunos sectores de la izquierda y los sindicatos pretenden aumentar impuestos. Pero el gobierno teme que ello solo signifique más recesión y el inicio de una espiral ascendente. También cree que aumentar salarios reales en esta coyuntura estimularía el desempleo. La política, al fin, decía Galbraith, consiste en elegir entre lo desastroso y lo desagradable.

Como si tuviera pocos frentes abiertos, el gobierno uruguayo dejó la Presidencia rotativa del Mercosur con la intención que la tome Venezuela, como corresponde, pese a la oposición de Brasil y Paraguay. En los hechos, deja acéfalo al Mercosur por seis meses, pues las decisiones solo pueden ser tomadas por consenso.

Tabaré Vázquez Rosas, médico oncólogo de 76 años, quien habla suave y observa, gusta de pasatiempos rudos como el boxeo, la caza y la pesca. Nieto de gallegos e italianos, e hijo de un sencillo obrero de frigoríficos y de la planta de ANCAP en La Teja, es un claro ejemplo de hombre que se hizo a sí mismo, un miembro de la meritocracia que todavía pudo emerger por valor, esfuerzo y talento mientras agonizaba el Uruguay neobatllista.

Ingresó tarde a la competencia política. Pero a partir de 1989, asociado al Frente Amplio, tuvo un enorme suceso, cosa extraña en Uruguay, que desconfía de los recién llegados y suele obligarlos a caminar largamente y a pasar bajo las horcas caudinas.

Las cosas han cambiado mucho desde que dejó su primera Presidencia. Estos son los peores tiempos que le hayan tocado como gobernante. Cuando fue intendente de Montevideo, entre 1990 y 1994, aumentó la recaudación de manera radical y gastó mucho en salarios, servicios y programas sociales. Luego, durante su primer gobierno nacional, entre 2005 y 2010, hizo algo parecido en la mejor de las situaciones. La economía ascendía en vertical mientras el país salía desde un punto muy bajo, lo que aumentó el brillo de su gestión y de las estadísticas. Muchas personas, de talante exitista y memoria corta, ahora sienten nostalgias por aquellos buenos tiempos, que tuvieron algo de espejismo, y desprecian a las mismas personas que entonces adoraron.

Vázquez tampoco puede hoy liderar al Frente Amplio casi a su antojo, como ocurrió entre 1996 y 2009, ese tiempo dorado que medió entre la renuncia de Líber Seregni y el ascenso de José Mujica.

En los próximos tres años habrá un fuerte recambio de candidatos en la izquierda, lo que explica en parte muchos líos y ansiedades.

La talla de los líderes también se ve cuando el dinero escasea y el ocaso político está a la vuelta de la esquina. Tabaré Vázquez ahora gobierna para la historia: tal vez imagine cómo será visto en el futuro, un asunto que, dada su personalidad, sin duda le importa. Pero es muy difícil escribir la historia y estar haciéndola al mismo tiempo.


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