El Sodre presenta un espectáculo infantil multimedia y multidisciplinar

La Orquesta Juvenil, la Escuela Nacional de Danza y el Centro Cultural de Música estrenan Érase una vez

En la mente del compositor estadounidense Daniel Dorff, la música debía ser utilizada como un instrumento para enseñar y evocar imágenes en las mentes creativas de los niños. Para cumplir ese objetivo, Dorff tomó fábulas infantiles y clásicas que, junto a relatos propios, pudieran conjugar la sugerencia de la música de orquesta con la información explícita de la narración con voz hablada.

Sin embargo, cuando la presidenta del Centro Cultural de Música, María Julia Caamaño, quiso traer las creaciones de Dorff a Montevideo, la musicalización y narración de aquellas historias comenzaron a adquirir más capas, a dispersarse por el escenario a través de nuevos volúmenes. Con la colaboración de la cantante, directora, escenógrafa y productora chilena Miryam Singer, lo que antes era solo oído e imaginación incorporó proyecciones de dibujos animados, actuación y danza, presentándose hoy Érase una vez como un esfuerzo conjunto entre el Centro Cultural de Música, la Orquesta Juvenil del Sodre y la Escuela Nacional de Danza.

De la mano de dos actores/narradores que funcionan como pilares del espectáculo, Érase una vez incluye cuatro cuentos interdisciplinarios e interactivos para los niños. Tras comenzar con La tortuga y la liebre y Ricitos de Oro y los osos, la obra incorpora creaciones propias de Dorff: una historia sobre un niño que deambula por el espacio sideral y una en la que otro joven va a un parque de diversiones y sueña con los instrumentos de una orquesta que toca en la cercanía.

"La obra se fue armando con los distintos componentestécnicos que yo sé trabajar, la plataforma audiovisual, porque vengo desde hace muchos años haciendo puestas en escena con cine, y la dirección de actores", señala Singer sobre el espectáculo que dirige, que comenzará esta tarde en el Auditorio del Sodre. El rol de la danza, en tanto, le fue sugerido por la misma música: "hay momentos de la partitura en los que hay, simbólicamente, una detención. La música por sí sola se sostiene, y estamos complementándola con una visualidad multimedial, pero de repente esa música pedía que alguien estuviera moviéndose armónicamente. Yo voy escuchando la música y es la música la que me inspira".

Luego de que se definiera la participación de las diferentes disciplinas, Caamaño adoptó el rol de guionista para que la obra tuviera "una interacción con los niños que le diera más dinamismo". "El peligro es que el niño se sature, que ponga la atención en un solo aspecto; entonces lo que tratamos es que haya un dinamismo constante a través de los actores/narradores (...). La idea es educar en el entretenimiento, abrirles la puerta hacia la cercanía de una orquesta, a la que generalmente no tienen acceso. Aquí van a ver a chicos con los que no tienen tanta diferencia de edad, y van a estar ahí, no en un foso, sino a la vista", explica Caamaño.

Érase una vez

Fábulas paso a paso

Desde niños de nueve años hasta jóvenes de 20, los estudiantes de la Escuela Nacional de Danza también formarán parte de un espectáculo por y para niños, con presencia en los cuentos de Ricitos de oro y los osos y el viaje espacial, así como una breve coda en el relato final.

La diversidad de los cuentos se refleja en los mismos movimientos, coreografiados por los bailarines Andrea Salazar, docente de la Escuela, y Martín Inthamoussú, su director. "En Ricitos de oro se trabajó con la expresividad, y los bailarines crecieron mucho porque son instrumentos que se usan en la danza; entonces también están haciendo un aprendizaje junto a Miryam (Singer), que les da el detalle de cómo interpretar algunas cosas. Más allá de que ellos aprenden arte escénico en la Escuela, esto es un acercamiento al teatro por otro lado", comenta Salazar.

Según Inthamoussú, el trabajo en esa pieza permitió un diálogo constante entre los alumnos y Singer que los adentró en la construcción de sus personajes. "Miryam (Singer) les decía lo que quería ver y ellos lo traducían en movimiento. Fue creación también de los chicos; tuvieron un rol creativo que les permite apropiarse del material", comentó el coreógrafo.

Con más danza que actuación, las coreografías del viaje sideral supusieron un recorrido en sí mismas. "Pensamos en mostrar a los niños todo lo que se puede hacer como bailarín; entonces elegimos a las niñas más pequeñas, las de segundo, tercero o cuarto año, para hacer de marcianos, a muchachos más grandes para pasos más acrobáticos y a las jóvenes más avanzadas para bailar en puntas", explica Salazar.

Con la tarea expresa de trabajar con otros lenguajes, las coreografías de Salazar e Inthamoussú van desde la danza en zapatillas de punta para la Luna, más neoclásica, con movimientos de la danza moderna, hasta un Sol que demanda mayor fortaleza. Los marcianos, en tanto, incorporan pasos de ballet, pero a través de una expresividad diferente.

Pese a que Salazar lleva 20 años trabajando junto a niños, esta es la primera coreografía infantil de Inthamoussú. Para él, sin embargo, la juventud del auditorio no modifica la visión, el compromiso como artista. "No porque sean niños vas a hacer una obviedad, porque ellos tienen su propia manera de decodificar lo que se muestra en el escenario. Entonces puedo trabajar la metáfora o la poesía de los personajes", agregó, la potencia del sol o la delicadeza de la luna.

Aunque la Escuela Nacional de Danza ya había realizado un espectáculo junto a la Orquesta Juvenil del Sodre el año pasado, El carnaval de los animales, el montaje de Érase una vez supuso una experiencia nueva, que no se limita a bailar una música, sino manejar otros estilos de movimiento y aprender a dialogar con soportes que pueden llegar a interferir con su concentración.

"Estamos en otro momento de la Escuela y se nota, porque les mostrás otro tipo de lenguaje y ellos lo agarran. Antes los sacabas del clásico y sufrían porque no tenían el entrenamiento, pero ahora con clases de danza moderna, contemporánea y arte escénico, tienen más herramientas", agrega Inthamoussú.

Y añade: "Son bailarines clásicos y esa es la prioridad en la carrera, pero tienen todas estas complementaciones. Es una diversidad que creo que hay que apoyar en todas las divisiones, no solo la división ballet: que también los de contemporáneo tengan la posibilidad de bailar cosas más neoclásicas, porque es ese diálogo lo que hace a un bailarín hoy en día".


Datos

La obra se presenta hasta el 10 de julio, a las 15 horas. Entradas de $120 a $500



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