El superego de Messi

El crack argentino está pisando un terreno desconocido para las estrellas del fútbol: el de la generosidad con sus súbditos
El amor incondicional a sí mismos suele ser un ingrediente esencial de los grandes futbolistas. Es un amor de una intensidad única: no aman a nadie más de esa manera tan pura; no admiran a nadie más tanto como se admiran a sí mismos.

Así, se sienten poseedores de un talento que no tiene rival y no escuchan las razones de esos que no entienden un amor tan sincero. O las escuchan solo para usarlas como motivación, como impulso guerrero contra esa gente que niega lo evidente.

Esos gladiadores no entienden las virtudes de la duda ni los caminos que van en busca de la verdad. No tienen ningún interés por nada que tenga que ver con la introspección ni mucho menos por pensar en cambiar conductas para ser más felices, justos o sabios. No está en su naturaleza.

La seguridad en sí mismos es el primer motor. Ellos intuyen que el mundo es un orden justo y que fueron dotados con el talento para guiar a sus huestes por el camino de la gloria y enceguecer de amor al pueblo agradecido.

Ante la crítica o la indiferencia, reaccionan con ira. Visto desde afuera, parecería obvio que la situación tiene una contraparte de responsabilidad. Hay que ganar. Hay que levantar la copa al final del torneo. Hay que hacer los goles importantes. Si eso no sucediera, sería lícito dudar sobre la verdadera calidad de los cracks en cuestión. Pero ellos rara vez están dispuestos a aceptar responsabilidad alguna.

Hay unos pocos que compiten, en cada época, por ser el mejor del mundo y entonces clasificar a la competencia de "mejor de todos los tiempos". Pelé y Maradona se disputan ese cetro histórico y en este momento Lionel Messi está haciendo todo como para estar en esa conversación.

La carrera del argentino comenzó muy bien desde el principio y es muy conocida: fue un niño prodigio, a quien los más grandes no se la podían sacar ni a patadas. Su padre lo llevó al club más poderoso del mundo cuando tenía 13 años y desde entonces no ha parado de inventar jugadas maravillosas, hacer goles a raudales y levantar copas de todos colores.

Su manera de entenderse a sí mismo y al papel que cumple en el cosmos, es la tradicional. Es el más crack de todos y al que no le guste que se vaya. Así sucedió con varios en el Barcelona y en la selección argentina.

Y entonces llega al Barcelona Neymar, el crack brasileño, número 10 de su selección. Y también llegan las dudas de los expertos: ¿hasta qué punto tolerará Messi la competencia en su propio plantel? Las cosas ese primer año no funcionan (el Barca no gana nada) y al año siguiente llega Luis Suárez, el crack uruguayo, número 9 de su selección.

El drama estaba planteado. Sin embargo, ninguno de los dos nuevos estaba con ganas de disputarle nada a Messi. Que hiciera los goles él, que se luciera él. No había problema. Messi tiene todos los récords goleadores de la liga en su poder: es el que hizo más goles en una temporada, el que hizo más goles en un año calendario y el que hizo más goles en la carrera. También ganó el premio al mejor jugador de Europa cuatro años seguidos. Todo bien. Que siga así.

Entonces ahí el supercrack hizo un clic y eso es lo que tiene maravillado a todo el mundo. Empezó a divertirse dejando jugar a sus compañeritos. Dejándoles, incluso, hacer los goles. Neymar empezó a tirar algún penal. Suárez se fue al medio, donde rinde más, y Messi cada vez más divertido.

El año pasado ganaron todo jugando de esa manera, y este año es una fiesta. Había dudas de si Messi se la querría pasar a Suárez y resulta que se la pasó en un penal. ¡En un penal! Existe la polémica de si se la quiso pasar a Neymar o a Suárez pero es irrelevante.

El dueño de todos los récords goleadores de La Liga ahora parece que quiere que el goleador sea Suárez y entonces el siguiente penal se lo dejó tirar a él.

Lo que digo es que Messi está pisando un terreno desconocido en el mundo de los grandes cracks: el de la generosidad con sus súbditos. Si Argentina llega a salir campeón del mundo en Rusia, Messi habrá cumplido con todo lo que se esperaba de él y mucho más.
Y habrá dado un ejemplo nuevo y refrescante en la batalla de los egos. El suyo es un superego.


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