El terrorismo y la libertad

El gran desafío de la hora actual es evitar caer en la trampa de luchar con las mismas armas que el adversario
Gran Bretaña fue a las urnas el pasado jueves 8 pese a los graves atentados terroristas de los últimos dos meses. Lo hizo con total normalidad y le dio a la primera ministra Theresa May la desagradable sorpresa de que, en lugar de ampliar su mayoría parlamentaria como deseaba al convocar elecciones anticipadas, perdió dicha mayoría y tendrá que armar coaliciones para gobernar y, sobre todo, para negociar bien la salida de la Unión Europea que no será nada fácil. No lo era ya con mayoría, menos lo será ahora. Y eso siempre que la señora May logre mantenerse en su cargo, después de la tremenda desilusión generada dentro de su partido por los resultados electorales.

Con todo lo elogiable de la jornada electoral, queda en Gran Bretaña y en el mundo civilizado (sea lo que sea esta expresión y uno se lo pregunta después de ver cómo la selección de Arabia Saudita se negó a hacer un minuto de silencio en Australia en memoria de los dos australianos muertos en el último atentado de Londres), el regusto y la preocupación por los recientes atentados realizados en suelo británico y por nacionales británicos pero hijos de musulmanes. Son el "enemigo íntimo", el propio, el que no viene del exterior sino que nace y se desarrolla dentro.

Aún resulta difícil saber si los tres atentados afectaron y en qué sentido el resultado de la elección del jueves. Algunos expertos consideran que la sucesión de ataques, con escasa planificación y complejidad (ataques en vehículos a peatones y luego con cuchillos por las calles), jugó en contra de May. Ella, en efecto, fue quien redujo 20 mil cargos policiales durante su gestión en el Ministerio del Interior. El líder laborista Jeremy Corbyn, quien partió la campaña electoral con 20 puntos porcentuales de desventaja, propuso rápidamente recuperar 10 mil de esos puestos. Y trepó en las encuestas, aunque no solo por ello. También por el error del programa conservador, corregido cuatro días después de publicado, de quitar subsidios a las personas mayores y jubilados.

Sea como sea, May emerge de la elección con su prestigio considerablemente disminuido. Pero lo más preocupante de todo fue que en los días posteriores al atentado del puente de Londres y de Borough Market, dijo: "Seré clara: si las leyes de derechos humanos obstaculizan la lucha contra el terrorismo, cambiaremos esas leyes para mantener a los británicos a salvo".
Triste declaración de la líder de un país que ha sido adalid de las libertades públicas y de la democracia representativa. Triste porque no parece siquiera reconocer, en primer lugar, que la Policía británica tuvo cinco oportunidades de detener a uno de los yihadistas y que fue advertida por Turquía del viaje de uno de ellos a Gran Bretaña vía Alemania en avión. Triste, sobre todo, porque si las naciones más desarrolladas no pueden contener el terrorismo de raíz islámica sin restringir las libertades individuales, será señal que se lo combatirá ignorando esas libertades y bajando al nivel de la calaña de los hombres que se quiere combatir.

Que habrá que tomar precauciones adicionales, nadie lo pone en duda. Todos quienes suben a un avión pasan por odiosas revisiones y tienen restricciones en los objetos que llevan a bordo. Pero ello no afecta los derechos humanos ni las libertades individuales, ni el derecho a un juicio justo ni al principio de la presunción de inocencia.

Sé que es más fácil decirlo que hacerlo, pero el gran desafío de la hora actual es evitar caer en la trampa de luchar con las mismas armas que el adversario.
Muchos siglos llevó construir la libertad en Occidente, desde los orígenes de la civilización judeo-cristiana. Y Gran Bretaña fue el principal bastión donde ello se incubó. Triste sería que allí, donde florecieron las libertades, ahora se marchitaran para facilitar la lucha contra el terrorismo.

Como lo demostró la reacción de Estados Unidos después de los atentados de las torres gemelas, no basta la fuerza militar más poderosa para combatir el odio y sus propulsores. Es necesario expandir y defender nuestro modo de vida, nuestro respeto a la dignidad de la persona. Y si es preciso llegar a la guerra, como ocurrió en Kuwait en 1991, habrá que hacerlo en los términos propios que han marcado las convenciones de guerra. Eso es lo que nos diferencia de los bárbaros yihadistas que, bajo el nombre de Alá, no hacen más que desconocer la naturaleza humana y asemejarse a seres irracionales. Aunque, bueno es reconocerlo, muchos irracionales se comportan mejor que los bárbaros yihadistas, pues solo matan en defensa propia o para alimentarse.

El respeto de la ley –el rule of law– es lo que nos diferencia de estos individuos capaces de cualquier cosa. Y el heroísmo hasta la muerte mostrado por varios transeúntes en el puente de Londres para defender a otros, es una muestra clara de lo mejor del ser humano. Algo que los yihadistas no comprenderán jamás y que a nosotros nos llena de orgullo.

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