El Uber es lo de menos

La resistencia a este tipo de innovaciones es perjudicial porque son apenas la avanzada de lo que se está viniendo
Cansado de que la gremial de taxis lo presione, de que los taxistas realicen acciones violentas contra conductores de Uber (alguna incluso con amenaza de usar armas de fuego), y no al revés como sostiene Óscar Dourado, de que los inspectores tengan que montar operativos de investigación que están al borde de lo legal (o, más bien, del otro lado de lo legal), el gobierno nacional decidió disparar con munición gruesa contra la compañía de transporte norteamericana, no ya para regularizar su actividad, sino para prohibirla lisa y llanamente.

No es una actitud exclusiva de Uruguay –otros países también lo han hecho–, pero demuestra el reflejo regulador y restrictivo del gobierno ante nuevas oportunidades que se abren con el desarrollo de la tecnología y con la aplicación de principios de la economía colaborativa. En lugar de correr los nuevos avances para el lado que van, se dedican a trancarlos. No es algo nuevo, tampoco. En Gran Bretaña, hacia 1860, cuando comenzaron a circular los primeros carruajes sin caballos y con motor, pronto surgió una regulación que establecía que delante de cada vehículo debía ir un funcionario caminando con una bandera roja que advirtiera a los peatones del peligro que se les venía encima.

Conclusión: que los nuevos carruajes circulaban más lento que los carruajes de caballos, porque debían ir a paso de peatón. Pronto el hombre con la bandera roja desapareció y se aceptó la nueva tecnología.

Pero en este caso, la actitud de resistencia es especialmente peligrosa. Por un lado, porque impide a las autoridades nacionales y municipales escuchar la señal que está enviando el público capitalino con el creciente uso de Uber acerca de las malas condiciones del transporte público. De los taxis, por supuesto, donde no han existido "clientes" sino "usuarios" y la calidad del servicio dejaba mucho que desear, pues el "usuario" solo podía optar entre tomarlo o dejarlo. Del transporte en general, caracterizado por su gran lentitud. Y de las autoridades municipales, que en los últimos 20 años han omitido las obras necesarias en la ciudad para acompasar el crecimiento del parque automotor, que se ha duplicado entre 2005 y 2015. Solo han hecho obras menores y su afán se centra en poner semáforos por doquier y aumentar las multas que, además, benefician las alicaídas arcas municipales. De obras, de planificación inteligente de la ciudad a largo plazo, poco y nada se ha visto y menos se ha hecho.

Por otro lado, la resistencia no es buena porque implica privarse de los beneficios de los avances tecnológicos. Nadie pretende que Uber o cualquier otra empresa no cumpla condiciones de seguridad o no pague los impuestos correspondientes. Pero una cosa es exigir eso y otra es prohibirla y dejar de mostrarse uber friendly para aprovechar las ventajas de la innovación en beneficio de la población y de la ciudad. La modalidad de Uber (o de otras empresas similares) muestra que su aporte a un mejor flujo del tránsito de pasajeros en una ciudad como Montevideo, sin metro y sin obras, puede ser importante. En vez de aporrearla, lo mejor sería trabajar de consuno con ellas para aliviar problemas de tránsito de la capital, favorecer la competencia y, por lo tanto, a la población en general.

Y por último, la resistencia a este tipo de innovaciones es perjudicial porque son apenas la avanzada de lo que se está viniendo. Autos sin conductor están a la vuelta de la esquina. La expansión del entretenimiento vía ofertas como Netflix y similares, es imparable. Los cambios en medios de pagos y actividad financiera serán muy profundos. Cada vez es mayor la activa participación de robots realizando actividades cotidianas, que por un lado ayudan y por otro quitarán trabajo.

Es lo que algunos llaman, quizá pomposamente, la "cuarta revolución industrial" (la primera fue la mecánica del siglo XVIII, la segunda en siglo XIX trajo la electricidad, y la tercera ocurrió a mitad del siglo XX con la electrónica y el desarrollo de las telecomunicaciones). Una revolución tecnológica que, como decía Klaus Schwab del Foro Económico Mundial, "modificará fundamentalmente la forma en que vivimos, trabajamos y nos relacionamos. En su escala, alcance y complejidad, la transformación será distinta a cualquier cosa que el género humano haya experimentado antes".

No hagamos oídos sordos. Estas revoluciones se pueden ver venir y se pueden aprovechar. O se pueden desaprovechar, ignorándolas como el avestruz que esconde su cabeza en la arena. Porque de esta revolución solo sobrevivirán y prosperarán quienes sepan adaptarse. No podemos darnos el lujo de prohibir e ignorar los "ubers de la vida", porque de ahí aprenderemos a reinventarnos y sacar provecho. No despreciemos las lecciones que nos enseñan y las advertencias que nos dan.

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