El vecino vergonzante

Venezuela ingresó al Mercosur por la ventana y ahora fue puesto en penitencia en el patio trasero. La integración es una quimera hipócrita

Brasil y Argentina metieron a Venezuela en el Mercosur por la ventana en 2012, con la anuencia del gobierno uruguayo y contra la voluntad de Paraguay. Ahora lo pusieron en penitencia en el patio trasero, hasta que la situación del país cambie radicalmente, con la complacencia de Paraguay y la renuencia de Uruguay. Entre ambas instancias, que parecen de extrema gravedad, pasaron apenas cuatro años y no ha habido cambios esenciales, aunque lo parezca, salvo una nueva oportunidad de comprobar la irrelevancia y el doblez moral del Mercosur.

Negocios políticos

En 2012 los gobiernos izquierdistas o nacionalistas de Dilma Rousseff, Cristina Fernández y José Mujica argumentaron que el Parlamento paraguayo había destituido al presidente Fernando Lugo en forma poco democrática. Por si quedaban dudas, Mujica afirmó que lo político se imponía sobre lo jurídico. (Danilo Astori, entonces vicepresidente de Uruguay, afirmó que, al aceptarse de ese modo el ingreso de Venezuela, se produjo la herida más grave en la historia del Mercosur).

La razón esencial para suspender a Paraguay fue que no terminaba de aceptar el ingreso de Venezuela al Mercosur. También predominaron los deseos de las presidentas de Brasil y Argentina de agregar a Hugo Chávez, un cliente para toda clase de productos, un financista de aventuras políticas y un aliado en el mundo, aunque de prestigio harto dudoso. Entonces el chavismo ya había tirado la casa por la ventana y el castillo se desmoronaba, pero todavía tenía dinero para importar alimentos y pagar con petróleo, cuyo precio rozaba los 100 dólares por barril.

Pero ahora, en 2016, los gobiernos de Brasil, Argentina y Paraguay han cambiado de signo: de izquierda a derecha, en tanto el de Uruguay, de inspiración "progresista", camina por el filo de la navaja pues pretende negociar acuerdos de libre comercio más allá del Mercosur y desea mantener buenas relaciones con sus vecinos.

Tabaré Vázquez y Rodolfo Nin Novoa ya salvaron en julio de este año el honor y los principios cuando insistieron en transferir a Nicolás Maduro la Presidencia rotativa del bloque, contra los deseos de sus vecinos. Resistieron por un tiempo la presión del canciller brasileño José Serra, quien incluso hizo un viaje relámpago a Montevideo, acompañado del ex presidente José Henrique Cardoso.

Pero un país minúsculo como Uruguay, que reúne apenas el 1,2% de la población del Mercosur, tarde o temprano cede ante el realismo político. Los socios fundadores del Mercosur se pusieron de acuerdo en conceder tres meses a Caracas para adecuarse a sus normas de inspiración liberal, que incluyen aranceles comunes y libre circulación de bienes, y el respeto estricto de los derechos humanos. Sabían que su cumplimiento sería imposible, pues simplemente el gobierno de Venezuela va para otro lado.

Lo más lejos posible de Maduro

Venezuela no cuenta con una democracia funcional. El canciller uruguayo Nin Novoa utilizó el eufemismo "democracia autoritaria", lo que es una contradicción en los términos. El sistema se ha ido vaciando de contenido y depende cada vez más de un caudillo inefable, una burocracia tan extendida como inútil y un ejército omnipresente. La oposición está reducida a un Parlamento sin poder real y a las recurrentes protestas callejeras. Hay muchos opositores en las cárceles después de juicios harto dudosos. El sistema judicial y la justicia electoral dependen del Poder Ejecutivo y siguen sus dictados. La corrupción lo embadurna todo, en tanto la economía es primitiva y anémica. El país no produce casi nada, e incluso la extracción de petróleo ha decaído en la última década por el caos y la falta de inversión.

La Venezuela del "socialismo del siglo XXI" es para el Mercosur un vecino turbulento e incómodo. Los gobiernos de Brasilia o Buenos Aires jamás permitirían que Nicolás Maduro, quien no cree en el libre comercio, los represente ante la Unión Europea para negociar un tratado de libre comercio, suponiendo que la Unión se digne a recibirlo.

Una economía de tinte socialista, donde el Estado es el gran productor, comerciante y empleador, tiene poco que ver con la normativa de inspiración liberal de los socios del Mercosur. Buena parte de las compras venezolanas en el exterior la realizan burócratas y políticos con fama de corruptos, y por motivos a veces incomprensibles que nada tienen que ver con el mercado y la razón.

Un mercado deprimido

Además, Venezuela ya no es un buen cliente pues no tiene dinero. Las exportaciones de Uruguay crecieron en gran forma desde 2003-2004, pero se derrumbaron en 2015 debido al crack de la economía venezolana. Ese año Uruguay colocó bienes por 202 millones de dólares (leche en polvo, quesos, manteca, arroz, medicamentos, neumáticos) y compró 120 millones en petróleo. Pero en 2016 las ventas sumarán apenas unos 50 millones de dólares, que equivalen al 0,7% de las colocaciones uruguayas en el exterior.

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Venezuela tiene muy poco para ofrecer, salvo petróleo, cuyo precio se derrumbó a partir de 2014. El país importa casi todo, desde alimentos a medicinas, principalmente desde Estados Unidos, China y Brasil. Uruguay está en el puesto 15º entre los proveedores. Los exportadores uruguayos saben que en Venezuela se coloca a buenos precios, gracias a una suerte de "prima de riesgo", pero luego cobrar es una hazaña que se resuelve más por caminos políticos que comerciales.

Hasta el año pasado Venezuela pareció una tabla de salvación para la industria lechera, según lo anunció el presidente Tabaré Vázquez con gran pompa. Pero luego el flujo se interrumpió y hay grandes deudas pendientes.

Brasil, mientras tanto, tiene problemas en el norte, en los estados de Roraima y Amazonas, por la masiva emigración de venezolanos.

La inmadurez del Mercosur es completa. Sus instituciones políticas son casi inútiles, pues el poder real radica en los presidentes y cancilleres, que negocian entre sí, con más oportunismo que perspectiva histórica. Al fin casi todo depende de los gobiernos de Brasil y Argentina, países que reúnen el 85% del producto y de la población del bloque.

Los fundadores del Mercosur aplicaron al gobierno de Venezuela una fuerte presión para que detenga su avance hacia el autoritarismo y la miseria generalizada. ¿Pero serán tan rigurosos si un día una dictadura se apropia de Brasil o Argentina? ¿Paraguay o Uruguay esgrimirán la "carta democrática" contra ellos y los suspenderán del Mercosur? Es más que difícil. Simplemente son demasiado poderosos.

Mientras tanto el comercio entre los miembros, la auténtica razón de ser de la integración formalizada en 1991, es demasiado permeable a los empujes proteccionistas y a las ventajas de corto plazo.

El bloque no ha logrado gestar un estatuto inmune a los vaivenes políticos y a los intereses sectoriales. Las fronteras, las aduanas, los guardias y el contrabando gozan de buena salud.



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