El verdadero problema en la política exterior de Trump

El candidato republicano tiene ahora asesores internacionalistas ¿Pero cuál es la importancia real de ello?
Donald Trump —cuándo no— ha desatado otro gran revuelo en la política norteamericana. Esta vez, por sus posturas en lo que hace a la política exterior de Estados Unidos; las que enunció el miércoles en un discurso que dio en el Hotel Mayflower, en el corazón de Washington DC.

El lugar elegido, la puesta en escena —con dos enormes banderas de Estados Unidos flanqueándolo por detrás del atril— y el propio texto que leyó, tenían básicamente dos cometidos: Primero, hacerlo aparecer en disposición presidencial y como si supiera de lo que estaba hablando, en un tema del que, a todas luces, carece de conceptos básicos, y sobre el que ha demostrado estar muy poco informado Y luego dar algunas seguridades al establishment de Washington, que tanto se le resiste y a quien espanta la sola idea de que el magnate neoyorquino pueda llegar a la Casa Blanca.

No logró ninguna de las dos. Su doctrina de política exterior (por llamarle de alguna manera), mezcla de aislacionismo pre Segunda Guerra con liderazgo militar y postulados antiglobalización, fue inmediatamente criticada por varios representantes del establishment de Washington. Y la campaña de la candidata demócrata Hillary Clinton hasta se tomó el trabajo de despachar a la exsecretaria de Estado Madeleine Albright para responderle.

Ni falta que hacía. El discurso —evidentemente una colcha de retazos entre las ideas de sus nuevos asesores en política exterior y algunas consignas que ya conocemos de Trump, aunque morigeradas en redacción— exhibió unas cuantas contradicciones. 'America First' (Estados Unidos primero), como intituló su alocución, propone recuperar el liderazgo mundial de la primera potencia pero a través de un aislacionismo con intervencionismo selectivo, solo para derrotar al Estado Islámico.

Hasta ahí, todo bien; aunque a muchos molestaron las veladas referencias al aislacionismo del famoso aviador norteamericano Charles Lindbergh, quien en la década de los treinta se opuso al ingreso de Estados Unidos en la Segunda Guerra Mundial, y que —por todo el heroísmo y las proezas que se le reconocen al célebre piloto— es largamente considerado un error histórico.

Luego el magnate deambuló en una serie de propuestas bastante atinadas contra las intervenciones en Libia y en Siria —a la que acertadamente atribuyó el crecimiento del Estado Islámico—; pero fustigó a sus aliados europeos y prometió rever el tratado de la OTAN y los acuerdos nucleares con Japón y Corea del Sur. Al tiempo que pareció hacer algunos guiños a la Rusia de Vladimir Putin. Todo ello salpicado, de tanto en tanto, con sus consabidas consignas proteccionistas y antiinmigración. Aunque en este último punto, no la emprendió como de costumbre contra México, sino que advirtió de los peligros que, según él, la migración puede traer aparejados para combatir al terrorismo en suelo norteamericano.

Claramente no era Trump, el showman que improvisa y suelta cualquier dislate en sus discursos de campaña. Leyó todo el tiempo de un teleprompter un texto que le habían escrito y al que, evidentemente, él solo había agregado algunas líneas que luego fueron a su vez reescritas para minimizar el impacto Trump.

¿Y quién entonces había escrito aquel discurso? ¿Quiénes son sus nuevos asesores en política exterior?, el único tema en el que el magnate ha aceptado ahora conducción.

Saber quiénes eran los organizadores del evento en el Mayflower puede arrojar alguna luz: el anfitrión era el Center for the National Interest, un conocido think tank conservador, conducido por intelectuales de la política internacional mayormente republicanos, pero que no forman parte de lo que hoy se conoce como "la élite de la política exterior" norteamericana, integrada por los llamados neoconservadores, o "halcones", cuyas doctrinas intervencionistas han dominado la política exterior de Estados Unidos desde el gobierno de George W. Bush.

Fueron estos últimos los "cerebros" de la llamada "guerra preventiva" y de las intervenciones en Afganistán, en Irak, en Libia y en el actual atolladero de Siria. Es cierto que durante el gobierno de Barack Obama (y sus intenciones de desescalar los conflictos en Medio Oriente), las políticas beligerantes de los neoconservadores no han tenido toda la preponderancia que tuvieron durante la Administración Bush. Pero igualmente, a través de asesores bien colocados en el gobierno y de la llamada "comunidad de inteligencia", los halcones han constituido la élite de la geopolítica estadounidense durante los últimos 15 años. Para desgracia de Estados Unidos y del mundo.
Un eventual gobierno de Hillary Clinton mantendría ese statu quo en la política exterior de la primera potencia.

Estos otros del Center for the National Interest, integrado por Henry Kissinger y otras figuras de la vieja guardia internacionalista conservadora, son bastante más moderados. Y desde luego, más sensatos.

El problema no son ellos; el problema no son los asesores que ha elegido Trump en política exterior. El problema es Trump. Nada asegura que les vaya a hacer caso llegado el momento, y que no se le dé por improvisar, cuando sabemos que su buen juicio no es precisamente de lo más confiable.
Más que por lo que pueda decir Trump en un discurso, yo me preocuparía porque pudiera tener el maletín nuclear a mano durante cuatro años.


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