El viaje de Punta Gorda a Punta de Rieles

¿Qué pasa por la cabeza de un niño de seis o siete años que va a visitar a su tía presa? Mis recuerdos de la cárcel, tres décadas más tarde.

No entraba a Punta de Rieles desde hace 31 años. En junio de 1983, cuando cayó presa Lucía, yo tenía seis años y la inocencia propia de esa edad. A partir de ese momento visité unas cuantas veces la cárcel para ver a mi tía, una de las más de 600 presas políticas que pasaron por ese penal entre 1972 y 1985.

El viaje de Punta Gorda a Punta de Rieles lo recuerdo como lo más parecido a una excursión hasta el fin del mundo. El trayecto se hacía largo y el mundo que veía por la ventanilla del auto era distinto al que estaba acostumbrado. En los últimos kilómetros el camino se introducía campo adentro, lo que aumentaba la sensación de que realmente estaba llegando a un sitio lejano.

De repente aparecía la figura de un edificio: era la cárcel. Habíamos llegado.

Ya adentro, pasábamos por unos pasillos decadentes hasta llegar a un pequeño cuarto. La puerta se cerraba, me hacían sacar los zapatos y me cacheaban todo el cuerpo por si llevaba algo escondido. En el aire había como una tensión que yo no alcanzaba a comprender. De hecho, la situación me hacía un poco de gracia, en el fondo lo vivía como una aventura. ¿Por qué me revisaban  así? ¿De qué se trataba todo eso?

Después del chequeo de rigor, me despedía de mi madre y estaba todo pronto para ver a mi tía. A veces pasaban unos minutos hasta que nos venían a buscar. Y ahí empezaba la parte agradable de toda esta historia. Nos llevaban a una especie de salón de reuniones, donde las presas esperaban a sus hijos, sobrinos o similares y se daba un encuentro que recuerdo como algo parecido a un cumpleaños. Había jugolín, galletitas y cosas así. Jugábamos y hablábamos.

Yo podía tener contacto directo con Lucía. Los grandes no: ellos iban a las visitas pero en el medio había un vidrio y un teléfono. Los niños, en cambio, podíamos tocar, besar y abrazar.

Me cuentan que ella a veces me decía algunas cosas para que yo repitiera a los grandes. Cosas que no se podían decir en las otras visitas porque la podían sancionar.

No puedo precisar con exactitud qué pasaba por mi cabeza ni si entendía algo de lo que allí sucedía. Me habían dicho que Lucía estaba encerrada solo por pensar y decir cosas que a los que gobernaban no les gustaban. No sé si me habían explicado mucho todo lo horrible que podía suceder adentro de una cárcel. Y, si me lo explicaron bien, seguro que fue difícil de entender para un niño de seis o siete años.

Aquellas visitas duraban algo así como una hora y en cierto momento alguien –no recuerdo bien quién ni cómo- avisaba que se había terminado y era el momento de la despedida. Una vez Lucía me regaló una artesanía que era un dibujo de un cachilo, hecho a mano en una tela. El cuadro estuvo colgado arriba de mi cama durante años.

Todo esto viene a cuento de que hace unos días volví a entrar a Punta de Rieles. El sábado 25 de abril colocaron una “marca de la memoria”, que no es más ni menos que una placa que recuerda que ese fue un lugar de resistencia  a la dictadura.

Ese día las expresas entraron a la cárcel y convivieron un rato con muchos de los actuales ocupantes.  Tres décadas después, Punta de Rieles es lo más parecido a una cárcel modelo que existe en el país: allí los reclusos se mueven con libertad dentro del predio, se fomenta el trabajo y el estudio (esta semana se supo, por ejemplo, que un preso de este penal estudia Ingeniería).

Muchos de los actuales presos escucharon con aparente interés el discurso de las expresas políticas, quienes luego recorrieron el lugar y se sacaron un montón de fotos.

El 25 de abril me fui de Punta de Rieles pensando que estaría bueno que experiencias como esta tuvieran mayor difusión, pero que además no fueran la excepción dentro del sistema carcelario uruguayo. Pero hoy, ya se sabe, estamos bastante lejos de eso.


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