Ellos eran populares

los presidentes latinoamericanos registran sus números más bajos
Eran momentos de bonanza económica, de consolidación de la democracia, de que todo parecía estar bien. Era 2009, fin de una década de prosperidad para América Latina, de cambio en la corriente ideológica que gobernaba la mayor parte del continente, desde las políticas neoliberales de los 90 a la socialdemocracia o el "socialismo del Siglo XXI" en algunos países de la región. Era la época donde nacían los nuevos caudillos: Hugo Chávez, Evo Morales, Rafael Correa. Una nueva generación de políticos que llegó al poder con un carisma arrollador y que prometió cambiarle la cara a países que casi desde su independencia habían sido gobernados por una élite a la que le había costado ganarse la confianza de los pueblos del continente más desigual del mundo. Esos pueblos un día le soltaron la mano, y le juraron amor a los nuevos rostros de la política.

En ese grupo también estaban otros jefes de Estado de izquierda más moderada que también gozaban de las mieles de la popularidad: Tabaré Vázquez, Lula Da Silva, Michelle Bachelet. E incluso mandatarios que no estaban identificados con la izquierda, como Álvaro Uribe en Colombia, Ricardo Martinelli en Panamá u Óscar Arias en Costa Rica, veían como tanto aquellos quienes los habían votado, como una gran parte de los que no, apoyaban su gestión.

Sus gobiernos alcanzaban niveles de aprobación récord, en algunos casos superando el 80% de opiniones favorables entre sus conciudadanos. Estaban en la cresta de la ola.

Pero un día eso se acabó. Los votantes pasaron a exigirle más a quienes tienen a su cargo el rumbo de los países, y los números ya no daban. Además, en algunos países casos de corrupción saltaron. Y el amor se terminó.

La aprobación de la gestión de los gobiernos latinoamericanos hoy se desplomó en 20 puntos, a 40% si se hace un promedio de todos los presidentes de habla hispana y Brasil. Y cinco de esos 18 presidentes son los mismos que estaban en 2009, tres de ellos porque nunca se fueron –Rafael Correa en Ecuador, Evo Morales en Bolivia y Daniel Ortega en Nicaragua– y dos que volvieron –Tabaré Vázquez en Uruguay y Michelle Bachelet en Chile–.

Hace siete años, Bachelet tenía un 85% de aprobación de parte de los chilenos. Hoy toca uno de sus niveles más bajos, con apenas 22%. A Vázquez le pasa algo muy similar. Tenía 74% de aprobación en 2009, según Latinobarómetro, y a mediados de este año, último dato disponible, lograba un magro 30%, de acuerdo a una encuesta de Equipos Consultores.

Correa tenía un nivel de aprobación del 59%; hoy llega a un menos auspicioso 35%. Evo Morales, una de las excepciones en el continente, tenía un 57% y ahora sólo está cinco puntos debajo, mientras que el único de los que está desde fines de la década pasada y mejoró notablemente su nivel de aprobación fue el nicaragüense Daniel Ortega, también de izquierda, que pasó de 37% al 70%.

En Venezuela, ya sin Chávez y con una crisis política y económica que sacude al país, el presidente Nicolás Maduro recoge la mitad de apoyo que su predecesor hace siete años y no llega a ser una de cada cuatro personas.

Pero el cambio más radical se dio en el coloso de Sudamérica, Brasil. En 2009, Luiz Inácio Lula da Silva iba por su segundo período de gobierno y era amado por casi todos. Tenía un nivel de aprobación del 84% dentro de su país, y en el mundo su figura era símbolo del despegue de América Latina.

Lula ya no solo no está en el poder, sino que está embarrado hasta el cuello con los escándalos de corrupción del mensalão –una red de pagos a legisladores para la aprobación de leyes durante su período en el Palacio de Planalto– y de la más reciente Operación Lava Jato –un entramado de coimas y lavado de dinero que involucra a la petrolera estatal Petrobras–. Estos casos perjudicaron a su sucesora, Dilma Rousseff, quien está suspendida como presidenta desde mayo por el proceso de impeachment. Pero como el caso Petrobras salpicó a toda la política brasileña y son pocos los que pueden dormir tranquilos, quien la está supliendo, Michel Temer, tampoco es querido por los votantes y su aprobación llega a un mísero 13%, apenas tres puntos más que los que ostentaba Rousseff cuando tuvo que dejar el cargo.

Y en Colombia, si bien la caída no fue tan estrepitosa, Juan Manuel Santos no logra ni por asomo los 72 puntos favorables de Uribe. Según la última encuesta de la consultora Gallup tiene un 30% de aprobación, y eso porque fue efectuada poco después del anuncio del fin de la guerrilla con las FARC. Hasta entonces apenas superaba el 20%.

Contracorriente

A pesar de que la baja en la popularidad de los mandatarios latinoamericanos es notoria y generalizada, existen unas pocas excepciones.

El presidente de República Dominica, Danilo Medina, es el más querido en la región. Sus logros en el frente económico, con una situación macroeconómica mejor que la que le dejaron quienes lo precedieron y su impulso a la alfabetización, además de su cercanía con la población, lo han colocado en la cima del podio. Lo secunda Ortega en Nicaragua, cuyos éxitos se ven exaltados ante una débil oposición.

También logra buenos niveles de apoyo el guatemalteco Jimmy Morales, un popular excómico de televisión (con chistes de dudosa gracia) que recogió el descontento de su población tras la salida del gobierno de Otto Pérez Molina, metido en una red de corrupción estatal junto a otros funcionarios.

Y cuarto en la tabla está el empresario argentino Mauricio Macri, a quien más de la mitad de la población de su país lo apoya. O al menos así era hasta el "tarifazo", dado que la última encuesta de Poliarquía fue hecha antes que se anunciara esa antipática medida. Pero por un tiempo tendrá a su favor la inevitable comparación con quien estaba en la Casa Rosada antes que él, la expresidenta Cristina Fernández, que si bien terminó su segundo período de gobierno también con altos niveles de aceptación, ahora ve su imagen desmoronarse con el desfile del kirchnerismo –ella incluida– por los juzgados por presunta corrupción.

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