Elogio de los trabajadores

En los actos del 1° de Mayo, siempre se hace hincapié en los reclamos y en los derechos y pocos veces, muy pocas veces, a las obligaciones y a los deberes.

El pasado viernes 1 ° de mayo se celebró en casi todo el mundo el Día Internacional de los Trabajadores. Lo de “casi todo” se debe a que en el mundo anglosajón se celebra en otra fecha (Labor Day en Estados Unidos) y seguramente en muchas partes de Asia y de África no haya mucho que celebrar, dado el largo camino a recorrer para que las condiciones laborales alcancen estándares mínimos de dignidad.

Con todo, los actos que se realizan para celebrar esta fecha tienen más bien un carácter sindical y político. La celebración que tuvo lugar en La Habana fue paradigmática, ya que reunió a los presidentes de Cuba y Venezuela. Las razones por las cuales Maduro deba visitar a su par Raúl Castro no parecen vincularse mucho con el día de los trabajadores. No parece que en Cuba haya mucha libertad de trabajo (para emprender los trabajos que cada uno desee, para afiliarse a un sindicato o para desafiliarse, para ejercer el derecho de huelga) ni libertades políticas mínimas como para votar a otro partido político que no sea el oficial que gobierna Cuba desde 1959. Ergo, la reunión de ambos presidentes poco y nada tiene que ver con el trabajo y los trabajadores. Más bien es una reunión política para protestar contra Estados Unidos, aunque ahora Cuba está mejorando sus relaciones con este país mientras que Venezuela las deteriora.

Lo mismo ocurre en nuestro país. El del día de los trabajadores es un acto de naturaleza sindical y política. Siempre se escuchan, con mayor o menor estridencia, pedidos y críticas al gobierno de turno. Siempre se hace referencia a una ya perimida “lucha  de clases”. Siempre se hace referencia a la “explotación”. Siempre se culpa de todo al “neoliberalismo” aunque hace 10 años que gobierna un partido de izquierda. Siempre se ataca al “imperialismo”, ya sea porque no levanta el embargo a Cuba o porque ataca al compañero Maduro. Siempre se le cae al libre comercio, al TISA y, de paso, al PISA (que mide comparativamente la decadencia de nuestra educación). En definitiva, siempre se hace hincapié en los reclamos y en los derechos y pocos veces, muy pocas veces, a las obligaciones y a los deberes. Y siempre se ven los problemas como culpa de otros y no de cada uno. Siempre se busca un chivo expiatorio que haga innecesario reconocer errores. Es como un alumno que siempre pierde los exámenes por culpa de los profesores. Nunca el alumno reconoce que pudo haber estudiado más y mejor.

Versión muy parcial y reduccionista del trabajo es la que se plantea en estos actos. El trabajo, con todos sus derechos y con todas sus responsabilidades, es algo muy serio. El trabajo dignifica a la persona; permite que cada ser humano realice sus posibilidades. No es simplemente un medio de manutención material para cada uno y su familia. Es algo que no puede obviarse ni aunque una sociedad encontrara un pozo de petróleo o una riqueza equivalente que le permitiera mantener materialmente a todos sus habitantes sin que estos trabajaran. El hombre necesita trabajar. Sentado a la sombra de un árbol, aunque de este árbol le cayeran todo tipo de alimentos, sería menos hombre porque no terminaría de potenciar todas sus capacidades materiales e intelectuales.

El trabajo, además, es un factor de integración e inclusión social. Por eso, no basta el asistencialismo material con el cual muchos gobiernos tapan sus responsabilidades. “Hemos reducido la pobreza” dicen. “Hemos satisfecho las necesidades básicas”, se ufanan. No basta. Cada persona es más persona en cuanto es capaz de cubrirse él mismo sus necesidades básicas y no solo las “básicas”, sino las que estime convenientes. Cada persona es más libre si no depende del gobierno de turno para sostenerse materialmente. La ayuda material puede ser necesaria en algunas épocas. Lo importante es que cada uno pueda valerse por sí mismo. Eso sí reafirma la dignidad humana.

Siempre volvemos a lo mismo, al viejo proverbio chino: lo importante no es dar un pescado sino enseñar a pescar. Por eso lo importante es la educación de calidad y no la asistencia. Por eso sería bueno que en algún acto sindical, más que pedir más porcentaje del PIB para educación, pidieran mejor educación. Con educación de calidad para todos, muy distintas serían las posibilidades de cada uno y del país en su conjunto. Pero eso exige esfuerzo, trabajo y paciencia. No se consigue con una pancarta sino con trabajo silencioso. No se consigue con actos de reclamos sino con acciones de colaboración y cooperación. Porque, tengámoslo claro, no hay más guerra que contra la propia pereza. Por eso merece elogio la tarea callada de los trabajadores. De todos. Dan vitalidad a sí mismos y a las sociedades donde viven.


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