En el Foro de Davos, Macri elevó a Massa al rol de líder opositor

Quiere transmitir la imagen de un país donde hay una oposición responsable que dialoga
Lo que Mauricio Macri se esmeró en transmitir en la cumbre político-empresarial de Davos, Suiza, fue que en Argentina se había producido algo mucho más profundo que un mero recambio de gobierno: su mensaje fue que el país está en el tránsito de un cambio de cultura política.

Y la curiosidad y expectativa con la que se lo recibió en ese foro global dio cuenta de que se lo veía casi como el síntoma de un nuevo signo político en toda la región. A pesar de tratarse de un evento que reunió a pesos pesados de la política mundial, como el premier británico David Cameron, el vice estadounidense Joseph Biden y ejecutivos de grandes grupos empresariales, en la folletería y comunicación oficial del foro de Davos, quien aparecía como una de las figuras convocantes era el presidente argentino.

En su maratón de más de 30 reuniones, el mandatario argentino repitió el discurso clásico de un presidente en esas situaciones: dio garantías de que las inversiones externas serían bien recibidas y que se había terminado la época del intervencionismo económico.

También, por si hiciera falta aclararlo, dejó en claro que Argentina está en un rápido realineamiento internacional, que lo alejaría de las "amistades peligrosas" cultivadas por Cristina Kirchner, como Venezuela, Irán y Rusia.

Pero, tal vez, uno de los más potentes mensajes de Macri no haya estado en las promesas de cambio de política, sino en un hecho aparentemente secundario: en las principales reuniones, el presidente estuvo acompañado por Sergio Massa, el líder del peronismo no kirchnerista y tercer candidato más votado en las elecciones de octubre.

Después de décadas en las que se cultivó una imagen de la Argentina como país de fuertes conflictos internos, donde era factible un giro abrupto de políticas ante cada cambio de gobierno, lo que Macri quiso transmitir fue el inicio de una Argentina con políticas de Estado de largo plazo.

Todo una novedad para un país con un alto grado de inestabilidad crónica: los dos dirigentes políticos, compartiendo un viaje en avión, cenas en Davos, conferencias de prensa ante reporteros extranjeros y reuniones con Cameron y Biden, situaciones que podrían ser comunes en otro país llamaron la atención por tratarse de Argentina.

"Queremos mostrar que Argentina tiene la capacidad de que dirigentes de diferentes partidos, que nos enfrentamos y pensamos distinto, con formas diferentes de resolver los problemas a de la gente, sin embargo cuando salen al mundo se juntan para buscar inversiones que generen trabajo en la gente", había dicho Massa antes de subir al avión que lo llevaría a Suiza.

Y, para graficar más su visión del momento, agregó: "Queremos mostrarle al mundo que los trapitos sucios los lavamos en casa".

Apostando a la fisura

La jugada de Macri tuvo su cuota de picardía. Por un lado, el haber halagado la vanidad de Massa al haberle dado participación en reuniones del más alto nivel implica reforzar su compromiso de ser un garante de gobernabilidad.

En la cultura política argentina está ampliamente extendida la creencia de que solo el peronismo es capaz de dominar todos los resortes necesarios para conducir al país sin que se genere inestabilidad como consecuencia de los conflictos sociales o sindicales, de las pujas entre grupos de interés o de las presiones del sector financiero. Es una creencia asentada sobre la historia reciente: el último presidente no peronista que pudo terminar un mandato en tiempo y forma fue Marcelo Torcuato de Alvear en 1928.

De manera que, para un gobierno de un partido recién formado y en clara minoría en el Congreso, la búsqueda de alianzas es un imperativo. Massa ha dado muestras de estar dispuesto a jugar ese rol de "líder de una oposición responsable".

Hasta ahora, lo ha demostrado en hechos concretos, como cuando instó al resto del peronismo a aprobar el presupuesto provincial propuesto por la gobernadora de Buenos Aires, María Eugenia Vidal. Tras haber sido inicialmente boicoteado por el kirchnerismo, ese presupuesto, que incluía un permiso para tomar deuda por casi US$ 5.000 millones, fue apoyado por una mayoría peronista.

Pero la jugada política de Macri no solo tiene el objetivo de ampliar su margen de maniobra y de mejorar la imagen del país. Sobre todo, apunta a desgastar al kirchnerismo.

A fin de cuentas, con 10 senadores sobre un total de 72 y con 40 diputados sobre un total de 257 que componen la cámara, el Frente Renovador de Massa no deja de ser una fuerza política pequeña. En comparación, la bancada de 41 senadores y 111 diputados del Frente Para la Victoria luce como una fuerza impresionante.

Con estos números, podría argumentarse que Macri debería haber llevado a Davos a Daniel Scioli, que perdió el balotaje por una escasa diferencia de 700 mil votos. Pero el presidente ha tomado la cuestión con espíritu de estratega: argumentó que Scioli no había demostrado responsabilidad en el ejercicio de su rol opositor.

Socios por conveniencia

En definitiva, esta sociedad con Macri es beneficiosa para Massa. Un candidato ubicado en tercer lugar siempre corre el riesgo de caer en un ostracismo político. De manera que su objetivo de corto plazo es evitar la dispersión de sus seguidores y consolidar su rol de peronista con chances de volver a disputar la Presidencia.

Al erigirlo como interlocutor en desmedro del kirchnerismo, Macri le está haciendo un favor político.
Por otro lado, Massa entiende que no es una buena táctica apostar a una "oposición salvaje" frente a un gobierno que registra niveles de aprobación insólitamente altos. Una encuesta de la consultora Poliarquía consigna 70% de evaluación positiva para el arranque de la gestión macrista.

Son números que solamente había disfrutado Néstor Kirchner en la época de abundancia facilitada por el rebote económico y los precios récord de la soja. Ahora, en cambio, el macrismo dejó en claro que se viene un período de dólar alto, ajuste fiscal y subas de tarifas... y aun así cosecha popularidad.

Pero claro, todos saben que la "luna de miel" entre el gobierno y la opinión pública no durará para siempre. En ese sentido, Massa decidió ser un "tiempista": mantendrá la alianza ahora, pero siempre con el calendario electoral en mente: el año próximo habrá legislativas, que funcionarán como una "pole position" para las presidenciales de 2019.

Y está determinado a quedarse con el rol de líder del peronismo. En Davos, sentado ante figuras de la talla de Cameron y Biden, Macri ya le dio el primer empujón.

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