En Venezuela, la labor del Papa es falible

Francisco apoyó la paz en La Habana y Bogotá, pero Caracas es más complicado
Por John Paul Rathbone
Financial Times

Bienaventurados los que trabajan por la paz", dice el Evangelio. El Papa Francisco está bendecido. Pero ¿puede conseguir la paz? El Vaticano ha tenido un ajetreado año para mediar la paz en América Latina. Pero sus esfuerzos aún no se han logrado a plenitud.

Primero fue su papel ayudando a negociar un acercamiento entre Estados Unidos y Cuba. Esto culminó con la visita del presidente Barack Obama a La Habana en marzo, y se puede contar como un éxito a medias. El embargo estadounidense ha sido relajado, pero no derogado. Por su parte, La Habana redujo algunas reformas temiendo que debiliten el control estatal.
Luego vino el acuerdo de paz de Colombia. El Vaticano nuevamente desempeñó un papel importante.

Sin embargo, a pesar de que el gobierno y el grupo rebelde más grande de Colombia llegaron a un acuerdo de paz en setiembre, posteriormente fue rechazado en un referéndum.
Las conversaciones se han reanudado y el presidente Juan Manuel Santos tiene esperanzas de que se logre un nuevo acuerdo para Navidad.

Ahora, en sus últimos esfuerzos de pacificación, el Vaticano también medió en las conversaciones de paz de los últimos días en Venezuela, con Tom Shannon, principal diplomático de Washington para América Latina, y la Unión de Naciones Suramericanas (Unasur), el bloque regional, también presentes.

El principal resultado se produjo cuando la oposición canceló una marcha hacia el palacio presidencial.
Esto impidió un probable clímax sangriento entre la oposición y los partidarios armados del gobierno.

Sin embargo, las conversaciones no evitaron que el presidente Nicolás Maduro
recurriera a sus maneras agresivas al romper una promesa cuando arremetió contra un partido de oposición al calificar a sus miembros de "terroristas".

En los medios de comunicación social venezolanos comenzó a circular un discurso que el papa Francisco dio en México este año: "Hermanas y hermanos, metámoslo en la cabeza: con el demonio no se dialoga".

Si el gobierno de Maduro puede ser considerado el "demonio" es algo discutible.
De cualquier manera, Venezuela es probablemente el caso más difícil de todos.

En Cuba y Colombia, aunque haya sido sólo por cansancio, ambas partes querían terminar los enfrentamientos que habían persistido durante medio siglo.
En Venezuela, por el contrario, ninguno de los bandos quiere comprometerse realmente. La experiencia previa le enseñó a la oposición a esperar poco del gobierno: todas las conversaciones previas en las que medió la Iglesia fueron en vano.

El gobierno también mostró su lado dictatorial cuando recientemente suspendió un referéndum que seguramente hubiera destituido a Maduro.
Este cambio drástico del orden constitucional enfureció a la oposición con razón.
Aun así, Venezuela debería ser uno de los países donde el Vaticano puede marcar una diferencia.
Arturo Sosa, el nuevo superior general de los jesuitas, es venezolano y es el primer jefe no europeo de la orden. (El papa Francisco, el primer papa latinoamericano, también es jesuita).

El secretario de estado de la Santa Sede, Pietro Parolin, sirvió recientemente como enviado papal a Caracas.
Durante su estancia en Venezuela, hizo amistad con Baltazar Porras, un clérigo recién nombrado cardenal, quien nunca anduvo con rodeos. En 2007, comparó a Hugo Chávez, el predecesor de Maduro, con Hitler y Mussolini.

No se considera que la iglesia venezolana esté mal informada o sea ingenua. Cuando funcionarios del gobierno comenzaron a criticar a la oposición, Claudio Maria Celli, el emisario del Vaticano, los interrumpió e insistió en progresos concretos en el programa de cuatro puntos: la paz y el estado de derecho; los derechos humanos y la reconciliación; la economía; y el calendario electoral.

San Ignacio de Loyola, fundador de los jesuitas, dijo una vez: "Estaría yo dispuesto a sufrir cualquier cosa por el gozo de evitar un solo pecado".
Si se sigue esa consigna, el simple hecho de iniciar el diálogo es una especie de paso de avance.

Pero la iglesia sigue un calendario diferente al del mundo secular, y en un país de muchos pecados, los venezolanos están cansados de esperar un cambio del abusivo e impenitente Maduro.

Muchos comprensiblemente dudan de que se logre algún progreso cuando se produzcan nuevas conversaciones entre las partes.
Es que las tensiones podrían aumentar fácilmente otra vez.

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