Enfoque engañoso del ADN

El sistema educativo sigue intacto sin que lo hagan cambiar declaraciones presidenciales o ministeriales

En nada prestigia al gobierno el actual fárrago de declaraciones vagas o engañosas para tratar de ocultar la tranca evidente en la reforma de la educación pública. Desde el presidente Tabaré Vázquez para abajo todos se escudan ahora en el Plan Ceibal. Ha sido el éxito más claro de las administraciones del Frente Amplio pero nada tiene que ver con las incumplidas acciones que Vázquez prometió durante la última campaña electoral, en un área en la que se juega el futuro de la juventud uruguaya el desarrollo del país. El presidente afirmó recientemente en Florida que “estamos llevando adelante cambios en el ADN de la educación, como nos habíamos comprometido y como vamos a cumplir”.

Pero es notorio que los cambios prometidos se esfumaron cuando, bajo presión del presidente de ANEP, Wilson Netto, abandonaron sus cargos los dos jerarcas que el presidente había puesto en el Ministerio de Educación y Cultura (MEC) para llevar adelante las reformas. Se abandonó el proyecto de unificar el ciclo educativo de 3 a 14 años para evitar el salto de primaria a secundaria, responsable en gran parte de la deserción estudiantil en el ciclo medio. Entre otras muchas metas desvaídas, siguen estancadas las reformas curriculares, un cierto grado de autonomía a los centros educativos y el vital mejoramiento de la formación profesional de docentes. Y desde la propia estructura educativa se ha reconocido la improbabilidad de que, al término del actual período gubernamental, el 100% de los jóvenes de hasta 17 años esté en el sistema educativo y el 75% complete la enseñanza media.

El Plan Ceibal se ha convertido en un ejemplo y referente mundial al incorporar al estudiantado a la tecnología informática con el suministro de casi 600 mil computadoras a los alumnos y la conexión a internet de todos los centros educativos. Pero es un proceso que comenzó hace 10 años, sin relación alguna con las medidas de modernización educativa anunciadas por Vázquez hace poco más de dos años para cambiar el ADN. Sin embargo, la directora de Primaria, Irupé Buzzetti, afirmó que “cuando se habla de un cambio en el ADN de la educación, este es el cambio”, contrariando los anuncios electorales específicos de Vázquez. Y en el frecuente campo de las imprecisiones discursivas, la ministra María Julia Muñoz aseguró que existe “una política (educativa) integral” que nadie percibe, en tanto Netto afirmó, con su habitual tendencia a la vaguedad, que “el gran desafío es construir y desafiarnos en nuevos espacios y dimensiones”.

El ADN es un estudio exacto de la conformación de un organismo, que permite diagnosticar cursos de acción cuando sean necesarios. Pero el diagnóstico de los males que aquejan a la educación pública existen desde hace muchos años. Se establecieron primero en dos acuerdos entre todos los partidos y el gobierno del expresidente José Mujica, pero que fueron prontamente desactivados por las autoridades de la educación, empeñadas en seguir navegando en la mediocridad que nos ha relegado en las pruebas internacionales PISA y en nuestras propias estadísticas que muestran deterioro. La bandera de la reforma que el sistema reclama a gritos ha sido tomada ahora por Eduy21, organización que reúne a renombrados expertos en el tema, académicos y economistas. Es una batalla difícil la que se lleva desde allí y desde otros sectores contra la incompetencia de la estructura a cargo de la educación y la tolerancia del gobierno. Mientras tanto, el ADN de nuestro sistema educativo sigue intacto sin que lo hagan cambiar declaraciones presidenciales o ministeriales.


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El Observador

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