Entre la nostalgia y el futuro

Nos gusta más mirar para atrás que para adelante; o añoramos el pasado o nos conformamos con la prosperidad del momento presente
"Quien no recuerda su pasado está condenado a repetirlo" decía el historiador George Santayana. Y por eso es bueno conocer la historia, personal y nacional, de modo que uno pueda conocer errores y aciertos y logre evitar los primeros y repetir los segundos. Pero una cosa es el buen conocimiento del pasado personal y de la historia de un país o de una organización y otra refugiarse en una suerte de nostalgia que nos lleva a pensar con el poeta Jorge Manrique que "todo tiempo pasado fue mejor". Es lo que nos está pasando a los uruguayos que todos los 24 de agosto nos lanzamos a recordar la noche de la nostalgia. Es cierto que es una nostalgia musical, donde uno puede recordar buena música de años o décadas pasadas, pero ha ido adquiriendo como un acento cultural que no invita a mejorar ni personalmente ni como colectividad.

Nos gusta más mirar para atrás que para adelante. Festejamos todos los aniversarios de Maracaná –hecho hazañoso sin duda- sin detenernos a pensar cómo podemos hacer para que la historia se repita y tengamos chance de ganar alguna otra vez la copa de mundo. Y también quedan en el recuerdo lo bien que se vivía en Uruguay en la década del cincuenta cuando los precios de las materias primas eran extremadamente favorables para nuestra economía. En aquel entonces no aprovechamos la coyuntura externa más que para construir una industria sustitutiva de importaciones, que nos llevó a dos décadas de estancamiento económico. Algo que deberíamos haber recordado en los años de la bonanza de principios de este siglo, que tampoco fue aprovechada para construir bases sólidas de crecimiento.

O añoramos el pasado –un pasado que recordamos vagamente como esplendoroso- o nos conformamos con la prosperidad del momento presente, algo tan efímero que cuando queremos darnos cuenta se nos va de las manos apenas los vientos externos dejan de ser favorables. Pero en nada miramos al futuro que, como decía Woody Allen, es "donde vamos a pasar el resto de nuestras vidas". No pensamos en la infraestructura y cuando lo hacemos (caso de la inversión en las telecomunicaciones o en el puerto) nos rasgamos las vestiduras por el "costo fiscal". No pensamos en la educación o, mejor dicho, pensamos demasiado en la educación sin hacer nada para solucionar quizá el más grave problema que tiene ante sí el país. Vamos barranca abajo y lo único que hacemos son discursos y competencias a ver quien repite más veces la palabra "educación". Lo decía no hace mucho el director del Instituto Nacional de Evaluación Educativa, Mariano Palamidessi, al afirmar que el país iba a un suicidio colectivo ya que si "el 60% de la población no completa la educación media es un bloqueo político, económico y cultural hacia el futuro".

Pero como la educación no pasa factura inmediata y los gremios docentes sí, preferimos mirar para el costado y abandonar una y otra vez los intentos por reformar no ya "el ADN de nuestra educación" sino al menos los esfuerzos para mejorar su calidad y detener su deterioro. El futuro no nos importa lo suficiente como para hacer frente a los costos de las reformas ineludibles y preferimos recordar aquel país de hacer 50 o 60 años donde la educación pública era de tanta o mayor calidad que la privada.

Tampoco nos preocupa la inevitable reforma del estado, del estatuto del funcionario público, de la cantidad de funcionarios, de la gestión de la cosa pública. Una y otra vez queda por el camino: el número de funcionarios sigue creciendo (recién en el doceavo año de la administración del FA se plantea introducir una regla por la cual ingresen menos funcionarios de los que egresan) y sus salarios crecen más que la inflación porque el estado es cosa de todos y por tanto de ninguno y a ninguno le duele a la hora de negociar, como lo demostró la negociación del intendente Martínez con Adeom, salteándose todas las pautas del Poder Ejecutivo. Igual, los acrecidos salarios los pagaran "todos los vecinos", aunque estos no puedan dar su voto ni hacer oír su voz en los centros comunales.

En el fondo, el país no se prepara para el futuro, ni capacita a su gente ni se hace más competitivo para conseguir nuevos mercados o para atraer nuevas inversiones. Para retener la segunda planta de celulosa de UPM, por ejemplo, tuvo que salir a "prometer" que se harán obras de infraestructura largamente retrasadas. Pero solo bajo presión decidió reformar el ferrocarril y hacer rutas y puertos. ¿A nadie se le ocurrió hacerlo en los últimos 15 años? Como decía Robert Kennedy, "el futuro no les pertenece a quienes se conforman con el presente". Nosotros, que nos conformamos con el presente y añoramos el pasado, ¿a qué futuro podemos aspirar como no sea otro boom de materias primas? Triste realidad pero realidad al fin.

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