Esas malditas palabras: “Su vuelo ha sido reprogramado”

Crónica de un viaje que debía durar 12 horas pero al final duró más de 30. Y una pregunta: ¿por qué hay tanta niebla?

Sábado, tres y poco de la mañana. La espera se hace larga. Algunas personas caminan sin rumbo, como si fueran zombies, por los solitarios pasillos del aeropuerto de Carrasco. Otros están tirados en el piso, durmiendo o intentando dormir. La mayoría espera sentado que alguien anuncie lo que ya intuye: el avión al que íbamos a subir a la 1 de la mañana finalmente no despegará esta noche.

No hay que ser meteorólogo para darse cuenta. Basta mirar para afuera y ver esa densa niebla que cubre la pista. Nada la mueve: esta noche no hay una gota de viento.

En el baño un par de empleados de la limpieza cuchichean algo, mientras los del free shop siguen poniendo su edulcorada sonrisa cada vez que alguien se acerca a hacer una pregunta.

De pronto aparece una funcionaria de la compañía aérea, quien dará un nuevo informe. Todos se paran, se hace un silencio y entonces se escuchan las palabras que nadie quería escuchar: “el vuelo ha sido reprogramado”.

El avión que debe salir rumbo a Ciudad de Panamá está en Buenos Aires, no pudo aterrizar en Montevideo y los pilotos no seguirán esperando: se irán a dormir porque parece  ya han cumplido las horas máximas de vuelo aceptadas.

La gente gesticula, protesta y se indigna, pero nada hará cambiar la situación.

Me acerco a escuchar.

-Ustedes me arruinaron las vacaciones –grita una señora sesentona.

Tiene una razón de peso para quejarse: debía viajar la noche anterior pero el vuelo tampoco partió por la niebla. A otros pasajeros los reubicaron en un avión que salía de día, pero a ella la dejaron para la noche y ahora se pierde otro día de viaje.

-Señora, si usted quiere pensar que esto es particular contra usted, piénselo –le responde, resignada, una encargada.

No me gustaría estar en su lugar: debe lidiar con los humores de la gente y, tras varias noches seguidas de niebla esta semana, el trabajo se hace muy pesado.

Un rato antes de las cinco de la mañana la niebla mermó bastante pero igual todos nos vamos del aeropuerto, cargando esas valijas que unas horas antes habíamos armado con ilusión. No hay marcha atrás. El avión recién saldrá a las cuatro de la tarde, nos informan.

A los extranjeros los alojan en hoteles y, como suele pasar en estos casos, hay historias insólitas. Como la de un pasajero que, cuando entró a la habitación que le habían asignado, se encontró a otro tipo durmiendo en la cama. O dos pasajeros que no se conocían y les pidieron que compartieran habitación porque en un hotel céntrico solo quedaba un cuarto libre. Ellos se negaron, como es lógico, y al final los llevaron a otro hotel.

A la una de la tarde del sábado todos estamos en Carrasco para volver a hacer al check-in. Hay caras de cansancio y algo de nerviosismo. La mayoría no durmió mucho más de tres horas la noche anterior. En pocos minutos se tejen todo tipo de teorías en la cola porque los empleados de la aerolínea demoran en aparecer: que el avión no sale, que quizás se rompió, que sin duda algo raro está pasando.

En estos casos uno desarrolla una extraña complicidad con gente que nunca vio y que probablemente nunca más verá.

Alicia -una argentina que viaja vía Montevideo porque encontró un pasaje de oferta- trae la noticia de que un volcán submarino estaría haciendo erupción en el Caribe. Dice que le comentaron eso pero no sabe si es verdad.

-¿No se habrán suspendido todos los vuelos? –pregunta, generando pánico entre quienes estamos a su alrededor.

Busco la noticia en internet y la tranquilizo. Si bien es verdad que se registraron erupciones del volcán submarino Kick' em Jenny, ya se descartó un tsunami y parece que no hay riesgos mayores.

-¿Y por qué no aplaudimos? -pregunta Alicia, que sigue irritada. Se supone que su escala en Montevideo iba a ser un rato nomás y ya lleva 15 horas. Dice que anoche a su familia la alojaron en un hotel que era casi “una pensión” y que ni siquiera se sacó la ropa para dormir.

Pasan unos segundos y sugiere que hagamos un piquete. Está enojada como casi todos los que estamos en esta fila pero es la única que pretende adoptar algo así como una medida de lucha. Esas cosas –aplaudir o hacer un piquete- solo pasan en Buenos Aires.

Los uruguayos somos más de enojarnos en silencio. De hecho, nadie le hace caso a Alicia. Alguno esboza una sonrisa nerviosa o dispara algún comentario del tipo "es insólito que no hayamos salido todavía", "quién nos va a pagar las horas perdidas" y cosas así.

El único que parece medianamente contento es un venezolano que vino a trabajar a Montevideo y dice que a él le da igual: la familia lo espera en Caracas pero no le cambia llegar un día más tarde.

A las 16.10 el avión parte pero casi todos perdieron las conexiones: toca hacer una noche inesperada en Ciudad de Panamá. Cerca de dos horas le toma a los lentos funcionarios de la empresa ubicar a los pasajeros en dos hoteles en una ciudad que, por lo que se ve desde la ventanilla del vetusto ómnibus tipo bañadera en el que nos llevan,  está dominada por rascacielos y algunas autopistas colgantes que en algún momento fueron modernas y ahora lucen viejas.

A la mañana siguiente hay que terminar el viaje. El aeropuerto de Panamá tiene algo de decadente, pero igual lo disfruto. Tengo un raro gusto por los aeropuertos, esas miniciudades donde uno puede perderse y olvidar buena parte de los problemas mientras toma un café o una cerveza pensando en lo que viene o lo que pasó. O saca su lado consumista y hace esa comprita que sabe no precisa pero en el fondo lo alegra. O simplemente se pone los auriculares, cierra los ojos y fantasea con que, al final, el mundo no es un lugar tan horrible.

El viaje termina siendo más largo de lo esperado -36 horas contando todas las esperas, contra las cerca de 12 previstas al principio- pero al final todo sale bien.

Al regreso leo que otros vuelos se han suspendido por la niebla en estas semanas en Montevideo. Unos pasajeros que viajaban a Madrid, por ejemplo, demoraron 31 horas en salir.

¿Por qué hay niebla tantas noches en esta época del año? ¿Es normal? ¿Cómo puede ser que aún no hayan inventado nada para permitir que los aviones despeguen y aterricen a pesar de la niebla?

Hablo con el meteorólogo Juan Luis Pérez de la empresa Nimbus, quien me explica que, sin saber mucho de meteorología, cualquiera puede darse cuenta si su avión no sale. Si no hay viento, por ejemplo, es difícil que la niebla se mueva, me dice.

Hay cuatro tipos de niebla pero una en particular es la que afecta los vuelos en estas semanas, explica Pérez. Es la niebla de advección, que –según la definición que me envía por correo electrónico- “se forma durante el desplazamiento horizontal de aire húmedo, generalmente más cálido, sobre una superficie de diferente temperatura”. Se trata de un fenómeno que se asocia a las zonas costeras. 

-Por eso acá los aeropuertos están mal colocados, todos en la costa –dice el meteorólogo. Y menciona Buenos Aires, Montevideo, Punta del Este y Porto Alegre.

Como casi todo en nuestros países, nada ha sido muy planificado, pienso, mientras miro para afuera. Son las 10 de la noche y la niebla cubre el cielo montevideano a esta hora. Me río un poco. Otra vez no sale el avión a Panamá.

 

 


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