Escanlar

Desde hace algún tiempo, Criatura editora reedita la obra del periodista Gustavo Escanlar (1962-2010). Acaba de salir una de sus emblemáticas novelas La alemana. Y todavía se sigue hablando de él.

Por Jaime Clara. A Gustavo Escanlar se lo recuerda como un creador irritado, molesto y confuso. Para muchos brillante, para otros, un chanta y provocador. Ni tanto ni tan poco. Su paso por los medios de comunicación, desde revistas under, radio, televisión, prensa y hasta cine, no pasó desapercibido.

Un escritor chileno, Alberto Fuguet, está a punto de editar a través de Alfaguara, No todo es suficiente, un libro sobre el uruguayo al que considera un “escritor maldito”.

Según una entrevista del diario La Tercera, “el libro no es sólo el perfil de Escanlar, suerte de Bukowski televisivo,  amigo de dealers y prostitutas: es también sobre la búsqueda y las emociones del cronista. “Fui tras un escritor y volví salpicado de sangre, algo asqueado. Perseguí un espectro que seguía vivo y, como en vida no se dejaba atrapar, huía, se escapaba”, escribe Fuguet. Muchos de los entrevistados se arrepintieron, entre ellos la viuda, Eleonora Navatta.” (*)

Dice Fuguet que “conocí a Escanlar y le tuve simpatía. No sabía en lo que se había convertido, pero después sentí que tenía como una misión. Me encontré con un mundo frikeado y con lo peor de la tele. Pero sentí que por ser uno de los Macondos(**) tenía que salvarlo y tenía que hacer un texto más personal. Se dice que un escritor tiene que publicar cada tantos años y estar en los  bestsellers, pero la tarea de un escritor también es rescatar a otros, armar un mapa: quiénes son tus pares, quiénes son tus referentes. Este tipo hacía falta en América Latina, porque era valiente, era loco, no sabía lo que estaba haciendo, era autodestructivo, tanto que se destruyó como escritor, luego como apellido y como persona

El sábado pasado, en Sábado Sarandi, Stefanía Canalda –autora de una tesis de graduación sobre Escanlar- y el periodista Gabriel Peveroni, coincidieron en definir a Gustavo como un intelectual a contracorriente, provocador, extremadamente tímido y, en su última época, como un personaje al que le fue difícil dominar.

En el libro libro de relatos Tránsitos (2013), Fuguet publica un texto sobre Gustavo donde menciona un libro que Escanlar pretendía publicar, una suerte de autobiografía, al cumplir cuarenta años. Uno de los textos de ese libro, inédito, que tituló Cuarenta, dice “Una tarde, mientras la esperaba en la cama, vi mi imagen reflejada en el espejo. La cara de la desgracia. El viejo Onetti sin el talento del viejo Onetti (...) Uno llega a ese estado de frigidez y congelamiento que llamamos vida cotidiana por miedo. Miedo a mis padres, a los maestros, a la policía, a los profesores (...). Miedo al ridículo, a la exclusión, a la marginación, miedo a que nadie quisiera bailar conmigo en las fiestas de quince (...). Miedo a quedarme sin trabajo, miedo a no tener casa, miedo a no tener guita... No sé si dormirme de nuevo, si pegarme un saque o suicidarme. Me pego un saque. Hay quien dice que eso es suicidarse lentamente. Me pongo a escribir. Escribir es todo lo contrario. Es la única chance que tenemos los cagones de llegar a ser eternos...”.

Acaba de ser publicada La alemana. Cuando la edición argentina de esa novela, Gustavo explica en un video que se ve en internet: “nací el 18 de mayo de 1962. Soy hijo único. Soy asmático. Estudié en escuela y liceo católicos y por eso odio a los curas en particular y a la iglesia en general. Me crié en el barrio Palermo. Si sos montevideano, sabés de lo que hablo. Es el barrio de los negros, del candombe y las llamadas. Odio el candombe fuera de Palermo. Es el barrio de los códigos. Tenés que visitarlo. Mi padre era español y mi madre es criolla. Cuando fui a visitar su pueblo natal, donde viven actualmente nueve personas, sus compañeros de infancia me abrazaban y se llamaban unos a otros diciendo “llegó el hijo de Demetrio! llegó el hijo de Demetrio!”. Estudié medicina, psicología y literatura. No terminé nada. Publiqué siete libros y miles de artículos periodísticos. Trabajé —y trabajo— en prensa escrita, radio y televisión. Muchos me aman. Muchos me odian. Hay quien quiere pegarme cuando se cruza conmigo por la calle. No sé manejar autos ni motos. Consumo de todo, pero lo que me hace más feliz es el consumo de cine, música, literatura. Hace unos años me casé. Y a los nueve meses, exactos, nació Violeta. Bueno, eso. Fueron nueve líneas. Me reservo una para el futuro.”

En un libro de relatos publicado por Criatura editora en 2013, Grandes éxitos, un cuento y una despedida, el periodista argentino Sergio Olguín escribe, en el prólogo, que “hay dos cosas que no dice Escanlar y que conformaban su personalidad. Era un artista y no era un rebelde, como muchos creen. Como todo artista se preocupó por su obra, por publicarla, por difundirla, sin llegar nunca a altos niveles de egocentrismo, tan común en los escritores. Tenía un gran respeto por la creación. No era una actividad más sino algo central en su existencia. Tal vez hacía periodismo para ganarse el pan, pero su obra literaria la hacía para ganarse la vida, que es mucho más que el intercambio monetario que produce un oficio o una profesión. Lo demás (que es lo que la gente ha observado más en él) es lo adicional, la hojarasca menos importante de un artista talentoso. Más de una vez Escanlar repitió que él no era un rebelde. No le gustaba ponerse en ese lugar que tanto ansían ocupar los escritores. Él se reivindicaba como un tipo metido en la vida ordinaria del común de la gente.”

Sería deseable que no se entre en el morbo en torno a Escanlar. Que no se reduzcan las referencias a la orina que bebió en cámara, a los golpes en el mostrador de TV con las tiras de asado del Pepe o al plagio. Gustavo tiene otros méritos que lo hacen un polémico y necesario talento. En ese mismo prólogo, Olguín aconseja –y concuerdo con él- que “antes de comenzar a leer a Gustavo Escanlar hay que olvidarse de lo que se conoce de él: de sus apariciones en televisión, de sus opiniones sobre la cultura uruguaya, de sus peleas mediáticas, de la furia que le despertaba la estupidez y de la furia de los bienpensantes. Olvídense del personaje Escanlar, del objeto de odio Escanlar, de la estrella Escanlar. No porque él fuera otra cosa, ni porque fingiera un tipo que no era, sino porque su obra literaria merece el respeto y la admiración desde otro lugar. Aquí hay un escritor en serio, señores, que también provocaba y escandalizaba a esos seres razonables, moralistas, enfermos de patriotismo y buenas intenciones. Porque si algo tenían en común el Escanlar que estalló en los medios y el que hace implosión en sus escritos es que ambos son una máquina de detectar idiotas. Miremos a quienes señalan a Escanlar con el dedo y los encontraremos a todos juntos.”

 

(*)http://www.latercera.com/noticia/cultura/2015/06/1453-633149-9-alberto-fuguet-me-interesa-mas-el-mal-escritor-muerto-que-el-bueno-y-correcto.shtml

 (**) La referencia a los “macondos” se refiere al libro McOndo. Se trata del grupo de escritores, reunidos en un libro surgido en la década de los noventa como reacción al boom latinoamericano y al realismo mágico


Comentarios

Acerca del autor