Escasez de solvencia presidencial

Estados Unidos tiene dificultades recurrentes en encontrar un presidente de la talla requerida para gobernar el país

Con algunas pocas excepciones, como Ronald Reagan en la década de 1980, Estados Unidos tiene dificultades recurrentes en encontrar un presidente de la talla requerida para gobernar la potencia de mayor incidencia en la vida del planeta. La historia vuelve a repetirse en la elección de noviembre, cuando los votantes tendrán que optar entre Hillary Clinton y Donald Trump no como un mejor candidato sino como el menor de dos males. Trump, exitoso hombre de negocios y político inexperiente, propenso a los exabruptos y la demagogia, ha sido postulado con renuencia por su Partido Republicano, en una convención dividida entre quienes lo apoyan y quienes se avergüenzan de su candidato o temen lo que pueda hacer si llega a la Casa Blanca.

Clinton es considerada favorita para reemplazar a Barack Obama, no tanto por sus propios méritos sino por el rechazo de gran parte de la población, incluyendo muchos republicanos, al extremismo de Trump contra los inmigrantes, especialmente los mexicanos y los musulmanes. Pero no puede ignorarse que en las elecciones primarias dejó por el camino a varios aspirantes más acordes con las posturas tradicionales de los republicanos. Lo catapultó a la nominación presidencial la gran masa de ciudadanos que rechaza los flujos poblacionales procedentes de América Latina y que sustenta una temerosa xenofobia, alimentada por el terrorismo islámico y por la imagen de millones de refugiados que huyen de la miseria y las guerras desde África y Medio Oriente en busca de refugio en países occidentales.

Trump ha descartado los principios de su partido sobre libertad de mercados, impuestos bajos y reducción del peso y volumen del Estado. Lo único coherente en su plataforma es el aislacionismo y la xenofobia, ya que adapta sus discursos a la audiencia del momento. Reconoce su escasa formación política y ofrece a cambio su éxito como empresario multimillonario. Y sus pronunciamientos van desde el absurdo de construir un muro de contención inmigratoria en la frontera con México hasta retirar la garantía de seguridad a los aliados europeos. Esto no solo rompería 70 años de compromiso de Estados Unidos para mantener la paz, sino que le dejaría el campo libre al ambicioso Vladímir Putin para expandir la influencia rusa en Europa.

Clinton, por su parte, está envuelta en escándalos sobre manejo indebido de informaciones secretas del gobierno cuando era secretaria de Estado de Obama. Trump incluso afirma que, si fuera electo, hará investigar a su adversaria del Partido Demócrata porque sostiene que tiene que ir presa. Como contrapeso al mayor carisma de Trump, Clinton ofrece su experiencia en el gabinete de Obama y como senadora y el rechazo a los excesos prometidos por el candidato republicano. El resultado es que las encuestas le asignan favoritismo por el temor de gran parte de la población a lo que Trump puede llegar a hacer en la presidencia. Pero es una predicción incierta por la atracción que ejerce el multimillonario candidato republicano sobre vastos sectores, incluyendo los millones de descontentos golpeados por la crisis financiera de 2008 y de votantes pobres de raza negra, a los que les ha prometido igualdad de oportunidades educativas y laborales. Recién el 8 de noviembre se sabrá si Estados Unidos, a falta de algo mejor, se decide por un descolorido continuismo demócrata o por una peligrosa novelería republicana.


Populares de la sección

Acerca del autor

El Observador

El Observador

Comentarios