Ese paraíso soviético

La historia de cinco comunistas uruguayos que viajaron a la URSS en 1951
La alegría no les entraba en el cuerpo. Luego de un extenuante viaje, estaban a punto de aterrizar en el lugar que siempre habían querido conocer. Desde la ventana del avión pudieron ver las cinco estrellas rojas del Kremlin. Por fin tendrían la oportunidad de presenciar con sus propios ojos lo que estaba sucediendo en aquellas tierras sin la intermediación de la "prensa mercantilista" que, a su juicio, mentía en busca de desprestigiar al país que intentaba terminar con la explotación del hombre por el hombre.

Llegaron al centro de Moscú y se hospedaron en el Hotel Nacional, sobre la plaza del Manège. Era un impactante edificio de seis plantas construido antes de la revolución. Uno de los viajeros recibió la llave de la habitación 106 y tembló de emoción. Es que en el dormitorio contiguo al suyo, identificado con el número 107, se había hospedado nada menos que Lenin cuando el gobierno soviético se trasladó a Moscú, en marzo de 1918. Las cosas no podían salir mejor.

En noviembre de 1951, en plena Guerra Fría, un grupo de cinco comunistas uruguayos visitó la Unión Soviética invitado por el régimen estalinista. Alejandro Laureiro, José Luis Massera, Félix Díaz, Jesualdo Sosa y Atahualpa del Cioppo fueron quienes tuvieron la oportunidad de conocer la nación que, a su entender, estaba marcando el camino a seguir.

Invitar delegaciones de otras partes del mundo era una estrategia propagandística de la URSS, que tenía el claro objetivo de seducir nuevos adeptos en otros rincones del planeta. Era importante que la visión de los viajeros llegara a la mayor cantidad de público posible. En ese sentido, los comunistas uruguayos siguieron el libreto a la perfección porque, además de escribir cada uno de ellos una crónica de lo que vieron durante su estadía, organizaron luego reuniones en Montevideo y en el interior para relatar su experiencia allí.

Escenografía de grandeza

Los uruguayos llegaron a la URSS en la recta final de los tiempos de Iósif Stalin. El líder, que había guiado al pueblo soviético en la victoriosa lucha contra los nazis y luego había sido la figura visible durante el comienzo de la Guerra Fría, ya había comenzado a padecer algunos problemas de salud a partir de 1950. Sufría el cansancio y su memoria fallaba.

El itinerario estaba armado para mostrar a los visitantes uruguayos toda la grandeza soviética. Viajaron a Leningrado para ver cómo fue reconstruida la ciudad luego de los destrozos de la Segunda Guerra Mundial, vieron teatro, visitaron el Kremlin, recorrieron fábricas, apreciaron arte en los museos y se dejaron impresionar por la belleza del metro de Moscú.

Tuvieron, a su vez, el privilegio de asistir a la sesión solemne de homenaje a la revolución socialista de octubre en el Gran Teatro. Y, por supuesto, presenciaron desde la tribuna de la Plaza Roja el impactante desfile militar en el que los soviéticos exhibían al mundo su enorme poderío bélico.

Allí, entre las banderas y los retratos de los héroes de la revolución, escucharon la breve pero enérgica arenga del mariscal. "El pueblo soviético puede tener plena confianza en sus Fuerzas Armadas. Han sido, son y serán baluarte seguro de los intereses estatales de la Unión Soviética", afirmó el militar.

Laureiro, como buen periodista y escritor, se tomó el trabajo de describir detalladamente lo que vio en el desfile. Su crónica, junto a las de sus compañeros, fue publicada hace décadas por el Instituto Cultural Uruguayo – Soviético para difundir los escritos de los viajeros. Es un pequeño librito titulado Cinco Uruguayos en la URSS que puede encontrarse entre las rarezas que esconden algunas viejas librerías del centro de Montevideo.

Laureiro escribió que el desfile fue "una muestra impresionante de la unidad del pueblo soviético" y del "cariño entrañable a su gran jefe, el Generalísimo Stalin, que para el hombre soviético, cualquiera sea la esfera donde prodiga sus esfuerzos, es sinónimo de victoria y de felicidad".

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"Magnífica realidad"

Cada renglón del libro escrito por los comunistas contiene un elogio a la realidad soviética. La simpatía ideológica hizo que los uruguayos volvieran fascinados. Laureiro afirmó que el año 1951 había estado repleto de triunfos sin precedentes para la URSS. Dijo, por ejemplo, que la producción de acero de ese país había superado a la de Inglaterra, Francia, Bélgica y Suecia en conjunto, según datos soviéticos. A su vez, comentó que se había registrado una rebaja generalizada de los artículos de consumo popular, lo que permitió aumentar el poder adquisitivo de los salarios en un 25%. "Las amas de casa comienzan a disponer en gran escala de aparatos de televisión, heladeras, máquinas de lavar y otras máquinas cuya fabricación en masa el pueblo soviético celebra como un índice de bienestar", destacó el escritor.

Al ingeniero José Luis Massera, un brillante matemático, reconocido internacionalmente, le gustaron muchas cosas de la URSS, pero algo lo deslumbró. "Si me preguntara cuál es la creación más importante del régimen, respondería sin vacilar que lo más hermoso que he visto allí es el hombre, el hombre soviético", escribió a su retorno.

Mientras visitaban los museos, los comunistas uruguayos admiraban el arte de la época zarista, pero también reflexionaban que aquellos lujos sólo habían sido posibles condenando al pueblo ruso a vivir en la miseria durante siglos. Pero ahora, con los sueños socialistas, el optimismo por mejorar la calidad de vida de los rusos llegaba a límites inverosímiles. "El régimen soviético se propone una tarea de magnitud sin precedente", escribió Massera. Hablaba de que el objetivo era lograr que el pueblo alcanzara un nivel de vida "tan elevado" como el que disfrutaban en el pasado aquellas minorías privilegiadas. Según Massera, era perfectamente posible alcanzar aquella ambiciosa meta, gracias a la capacidad productiva de la industria moderna y al régimen social soviético.

Antes de cerrar su gira en noviembre de 1951, los uruguayos dieron una conferencia de prensa en Moscú en la que prometieron que a su regreso informarían al pueblo uruguayo sobre la "magnífica realidad soviética". Su visión era opuesta a la de importantes figuras de la izquierda de ese entonces. Una de ellas tenía información de primera mano, ya que había vivido en la URSS. Se trataba del líder socialista Emilio Frugoni, quien fue embajador en Moscú entre los años 1944 y 1946. Ya de regreso en Montevideo, Frugoni escribió La Esfinge Roja, un libro en el que realizó una durísima crítica al régimen comunista. Entre otras cosas, sostuvo que haber implantado ese régimen en Rusia fue un error histórico.

El final de la historia es conocido. En marzo de 1953, murió Stalin y poco a poco se conocieron las atrocidades de su período dictatorial. Luego, en 1989, el mundo vio caer el muro de Berlín y llegó el ocaso de la URSS. Por estos días, mientras los historiadores corrigen sus borradores para publicar sus reflexiones sobre el centenario de la revolución bolchevique que llegará el año que viene, valía la pena rescatar del olvido aquel viaje de los comunistas uruguayos y reconstruir la admiración que el régimen soviético generaba en algunos por estas tierras.

¿Quiénes eran?

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José Luis Massera

Destacado ingeniero, matemático y político uruguayo. Se afilió al PCU en 1942. Su trayectoria generó elogios internacionales.

Félix Díaz

Referente del movimiento sindical, fundador de la CNT. Tuvo una amplia trayectoria como trabajador portuario como soldador de barcos anclados en el puerto de Montevideo. Era conocido por todos como "El canario".

Jesualdo Sosa

Maestro, pedagogo, escritor y periodista. Su carrera como escritor estuvo centrada en obras para niños. Escribió para diarios como La Razón o El Telégrafo.

Atahualpa del Cioppo

Brillante director teatral. Fue uno de los fundadores de El Galpón y una referencia ineludible. También en el grupo estuvo Alejandro Laureiro, periodista y escritor nacido en Tacuarembó, en 1917. Fue secretario de redacción del periódico Justicia. A su vez, fue crítico de arte en varias publicaciones.


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