Por mucho tiempo Uruguay solo conoció bienvenidas. Durante gran parte de los siglos XIX y XX fue un país receptor de inmigrantes europeos. Hasta que las familias empezaron a decir adiós. En la década de 1970 el país se convirtió por primera vez en expulsor. A partir de entonces la emigración se instaló como un fenómeno estructural de la sociedad uruguaya y mostró su peor cara tras la crisis económica de 2002.
Ese año 28.000 uruguayos se embarcaron en el aeropuerto de Carrasco y no volvieron. El 2003 se quedó a la espera del regreso de 24.096. Los dos años siguientes el saldo negativo fue de 16.885. Se fueron, en mayor medida, hombres y jóvenes, con nivel educativo promedialmente más alto que el de la población de su misma edad residente en el país, agravando de paso la envejecida pirámide poblacional. Más allá del destino -Estados Unidos, España, Italia o Argentina- el objetivo era el mismo: la supervivencia económica. Una vez instalados ayudaron a sus familiares con envíos anuales de hasta US$ 130 millones, logrando que gozaran de mayor confort que el promedio de los hogares de residentes.
Después de tantas partidas, el saldo migratorio de 2009 fue positivo. La cifra fue de 811 personas, una cantidad modesta pero que bastó para romper una tendencia que se mantuvo inmutable por 40 años. No se repitió en 2010 (salgo negativo de 3.262), pero volvió con más fuerza en 2011 con un saldo migratorio positivo de 1.849 personas. El número es la diferencia entre los ingresos y egresos producidos en el Aeropuerto Internacional de Carrasco. Sin embargo, no hay herramientas específicas para estimar cuántos de quienes se fueron después de 1996 –fecha a partir de la cual se cuenta la migración reciente– volvieron al país. Se esperan los datos del censo de población para tener un registro. Hasta 2008, el sociólogo Martín Koolhaas, investigador del Programa de Población de la Facultad de Ciencias Sociales, estimó que la cifra de retornantes era del 2,6% de todo el grupo de migrantes: 13.000 en medio millón. De incluirse sus descendientes, la familia uruguaya por el mundo reúne a 700.000 personas o más. Esto es equivalente al 21% de los habitantes actuales dentro de fronteras.
Si bien la situación representa un quiebre histórico en los flujos migratorios, por ahora solo se puede hablar de un fenómeno coyuntural atado a la suerte económica de los países receptores y expulsores. Mientras que España presente una aterradora tasa de desempleo (24,4% en el primer trimestre de 2012) y Uruguay muestre lo contrario (5,7% en el mismo período), es esperable que se mantenga el retorno de los más vulnerables, pero no es seguro que su residencia sea permanente. Por lo pronto, entre 300 y 350 uruguayos desfilan cada mes por la Oficina de Retorno y Bienvenida del Ministerio de Relaciones Exteriores.
Quienes desde 2008 piden pista en Carrasco son personas cuyo proyecto migratorio ha fracasado y que han sido expulsados del país receptor por la situación económica o legal.
En general, los retornantes tienen un perfil similar al del emigrado. Tienen mayor nivel educativo y, por lo tanto, podrían acceder a ingresos más altos; pero tienen una edad promedio superior a la de los emigrantes, lo cual es un obstáculo para la reinserción laboral.
Los beneficios de la migración de retorno, si se promoviera, son múltiples: contribuye a mejorar la relación activos-pasivos, al traer a sus hijos rejuvenece la población, son individuos más emprendedores y saben idiomas.
Pero, lo cierto es que el retornado se siente inmigrante en su propio país. Dificultades para acceder a un empleo, malabares para llegar a fin de mes, obstáculos burocráticos, discriminación por parte de los propios compatriotas, engrosan la lista de razones para que su regreso sea temporal. Demógrafos y economistas consideran que es hora de que el Estado actúe para retenerlos.
FIRMA: María Orfila @orfilamaria
