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URUGUAY BAJO ESTRÉS
Federico Comesaña. @fcomesana

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El triunfo del optimismo ingenuo

Entre 2001 y 2011 Uruguay consolidó una mejor posición de cara a una crisis.
La bonanza que sucedió a la crisis fue tan inesperada como el revés en el ciclo económico iniciado en 1999 y que abrió las puertas al infierno de 2002.

 

 

El optimista ingenuo es aquel que en medio de la peor crisis, cuando la gravedad de los hechos se impone a cualquier intento de mirar hacia adelante con una mínima ilusión de resiliencia, le golpea a uno la espalda y le dice con la mayor convicción que todo va a salir bien, que lo peor quedó atrás y que el futuro traerá consigo la bonanza arrebatada por la austeridad forzada, los años malos y la escasez.


Cualquiera que hubiera trazado a fines de 2002 y principios de 2003 un panorama económico como el que atravesó Uruguay en los últimos ocho años, habría sido acusado de optimista ingenuo. Y lo cierto es que en aquel momento no hubo muchos que se animaran a cargar con ese mote. La bonanza que sucedió a la crisis fue tan inesperada como el revés en el ciclo económico iniciado en 1999 y que, asociado a una cadena de eventos desafortunados, falencias regulativas y vulnerabilidades expuestas, abrió las puertas al infierno de 2002.

La bonanza que sucedió a la crisis fue tan inesperada como el revés en el ciclo económico iniciado en 1999 y que, asociado a una cadena de eventos desafortunados, falencias regulativas y vulnerabilidades expuestas, abrió las puertas al infierno de 2002.

Diez años es mucho más tiempo del que parece. Para una economía, es casi una eternidad. Más aun si se trata de una economía pequeña y abierta que puede dejarse arrastrar fácilmente por los vientos del mundo cuando estos soplan a su favor. Y vaya si lo hicieron. La economía uruguaya que dejó 2011 no es la misma que la de 2001, en parte por la suerte de contar con las mejores condiciones para crecer, reducir sus flaquezas y asentar las bases para una expansión más sostenible en el largo plazo. En parte también porque el país aprendió varias lecciones y el consenso político se comprometió a no cometer algunos de los graves errores del pasado.


De cara a un posible agravamiento de la crisis europea, Uruguay se encuentra con los dos pies bien plantados. No está blindado dentro de un búnker, pero ya no espera la tormenta a la intemperie.


Ocho años de crecimiento ininterrumpido –y nadie pone en duda que vaya a haber un noveno–, la creación de cientos de miles de puestos de trabajo y el aumento explosivo del poder de compra llevaron a que los uruguayos vivan mejor y se reduzca a un mínimo histórico el número de habitantes que no logran satisfacer sus necesidades más básicas. Una crisis se vive de forma muy distinta desde la comodidad de la clase media que desde el estrato social más bajo. Hoy los principales canales de transmisión de la crisis están mejor defendidos. No invulnerables, pero sí en mejores condiciones para atravesar un torbellino externo.

De cara a un posible agravamiento de la crisis europea, Uruguay se encuentra con los dos pies bien plantados. No está blindado dentro de un búnker, pero ya no espera la tormenta a la intemperie.


Por el lado de las cuentas públicas, hay luces y sombras. Es cierto que las últimas dos administraciones gastaron cada peso generado por la bonanza. Y no solo eso, también engrosaron el volumen de deuda. Pero ni el déficit ni las obligaciones del Estado tienen hoy el mismo perfil que hace 10 años.


A diferencia de 2001, la mitad de la deuda está nominada en pesos y su vencimiento está bien estirado en el tiempo. Si bien el déficit fiscal no desapareció, la política de prefinanciamiento adoptada por las autoridades permite al gobierno ganar tiempo ante un eventual shock externo y evitar el riesgo de una interrupción de la cadena de pagos por un cierre temporal –no muy prolongado– de los mercados de capitales. Más allá de las discusiones sobre la eficiencia del gasto público y del margen para hacer política contracíclica, lo cierto es que nadie duda de la sostenibilidad del gasto actual, aun dentro de un escenario más adverso.


El talón de Aquiles del sistema financiero ya es cosa del pasado.  Los gobiernos posteriores a la crisis se tomaron muy en serio el tema de la regulación y la imposición de las normas más estrictas de buenas prácticas bancarias.


Hoy todas las instituciones de plaza aprueban y con nota los test de estrés realizados por el Banco Central, que suponen un escenario macroeconómico similar al de la crisis de 2002. De hecho, la liquidez del sistema bancario duplica en las grandes instituciones los requerimientos mínimos, dado que el enorme volumen de depósitos se encuentra en buena medida en posiciones líquidas y no en préstamos ni inversiones de riesgo.

Por el lado de las cuentas públicas, hay luces y sombras. Es cierto que las últimas dos administraciones gastaron cada peso generado por la bonanza. Y no solo eso, también engrosaron el volumen de deuda. Pero ni el déficit ni las obligaciones del Estado tienen hoy el mismo perfil que hace 10 años


Uno de los mayores avances en materia de política económica que permiten al país atravesar mejor los cimbronazos externos es la flexibilidad del tipo de cambio. Con un precio fijo de la divisa, la depreciación de las monedas de referencia se traduce directamente en una pérdida de competitividad que en algunos casos –como sucedió cuando se derrumbó la moneda brasileña en 1999– alcanza niveles insostenibles. La libre flotación del peso uruguayo –con la intervención esporádica del Banco Central– le permite a Uruguay amoldarse a las condiciones más volátiles de los mercados internacionales, minimizando el impacto en términos de actividad.


Hoy el mapa económico global es otro. La suerte del país está atada a la de los grandes emergentes y no ya a la de las potencias desarrolladas. En la última década, Uruguay profundizó sus lazos con Brasil y asentó sólidas relaciones comerciales con China y Rusia.  Y no solo desarrolló su mercado externo, sino que la demanda interna cobró un nuevo protagonismo con el fortalecimiento del mercado de trabajo, lo que permite al país reducir su dependencia con un entorno global de creciente hostilidad. Pero no hay que engañarse. Una crisis siempre representará un riesgo, una amenaza que pondrá a prueba la capacidad del país para mantener el rumbo al desarrollo.