Esperanza liberal en Francia

Entre opciones riesgosas, la victoria de Emmanuel Macron es lo mejor que le pudo haber pasado a Francia, Europa y el mundo

La arrolladora victoria de Emmanuel Macron sobre Marine Le Pen representa la esperanza de la gran mayoría de los franceses en un dinamismo reformista de tono centrista y liberal, la repulsa a anquilosados partidos tradicionales y la huida en masa del precipicio de un extremismo aislacionista. Pese a la endeble estructura en su flamante partido ¡En Marcha!, el desencanto ciudadano con los republicanos y socialistas, que se han alternado en el poder desde hace medio siglo, los temores generados por Le Pen y el rotundo rechazo a la izquierda radical ayudaron a Macron a convertirse, a los 39 años, en el presidente más joven de la historia del país.

Entre opciones riesgosas, tanto en la primera vuelta como en el balotaje del domingo, la definición electoral es lo mejor que pudo haber pasado para Francia, el continente europeo y buena parte del mundo. Macron enfrenta enormes desafíos para un gobierno efectivo pero muestra también algunas certezas. Su triunfo asegura la permanencia de Francia en la Unión Europea, que Le Pen quería eliminar, el reforzamiento del eje con Alemania como motor del golpeado bloque y la supervivencia de la zona del euro. Las dudas surgen más en el frente interno. El nuevo presidente se ha comprometido a combatir el persistente desempleo del 10% mediante una reforma del actual código laboral, a recortar el vasto aparato estatista y promover la actividad privada para reactivar una economía en débil crecimiento y, sobre todo, a unir a una sociedad dividida. Lidiará además con la constante amenaza del terrorismo islámico, que ya ha castigado a Francia con terribles atentados, y con el conexo manejo equilibrado de la inmigración desde países musulmanes.

Sus perspectivas de éxito se aclararán en las cruciales elecciones legislativas del mes próximo, en las que buscará confirmar la mayoría que obtuvo en la carrera presidencial. ¡En Marcha! no tiene ni un solo legislador y presentará candidatos desconocidos para los votantes, lo que abre la incógnita de hasta donde el apoyo popular a Macron para la presidencia se trasladará al Parlamento. De no lograr mayoría propia y pese a los vastos poderes que el presidente tiene en Francia, tendrá que negociar la aprobación de leyes con partidos que le son hostiles. Los socialistas y los republicanos, airados por su caída al tercero y cuarto lugar en el espectro político, y la extrema derecha de Le Pen difícilmente accedan con facilidad a respaldar los programas reformistas de Macron.

La incertidumbre sobre el futuro radica también en parte en el propio Macron, un exbanquero socialista que emergió al primer plano de la escena política hace apenas poco más de un año. Desencantado con el opaco gobierno de François Hollande y con su Partido Socialista, abandonó el cargo de ministro de Economía que ejerció durante dos años y se lanzó exitosamente a capitalizar el descontento imperante en vastos estamentos sociales. Hasta dónde podrá llegar con sus planes de reactivación y reforma es todavía una incógnita. Pero su elección al menos muestra el hecho auspicioso de que, en una democracia de peso mundial, la gran mayoría del electorado escoja un gobierno liberal de centro como alternativa a viejos partidos, desacreditados hasta por casos de corrupción, al cerrado nacionalismo aislacionista que representa Le Pen y al radicalismo de la extrema izquierda, la gran derrotada en esta elección.


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El Observador

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