Estela Medina recibirá el doctorado Honoris Causa

La destacada actriz, quien fue integrante de la Comedia Nacional, recibirá hoy este reconocimiento
Hoy, cuando Estela Medina sea el centro de todas las miradas en el Paraninfo de la Universidad de la República, aquella portentosa voz tomará las palabras de Delmira Agustini y las de Julio Herrera y Reissig como propias. El título de Doctor Honoris Causa se sumará, de esa ceremonial manera, a una lista casi interminable: Premio a la destacada labor artística de la Cámara de Representantes, Florencio de Oro, Ciudadana ilustre de Montevideo, Chevalier de l'ordre des arts et des lettres, Orden de Isabel la Católica y Medalla Delmira Agustini, entre tantos otros.

Sin embargo, pese a que las distinciones a la prestigiosa y fundacional actriz parezcan ser una historia que se repite cada par de años, la grandilocuencia del discurso sigue sin ser su lugar. "Los discursos no me salen bien", ha admitido en varias oportunidades, siempre optando versos de ilustres poetas antes que agradecimientos suyos.

En sus contrastes, aquella figura arrebatadora y dúctil sobre el escenario, con más de 60 años de trayectoria, suele ser definida como tímida, introvertida. Evidencia de ello son las pocas referencias a su vida personal y las escasas entrevistas que ha otorgado a los medios, una magnitud casi inversamente proporcional a sus años sobre las tablas o a los premios y reconocimientos que ha cosechado.

Primero inclinada hacia los estudios de danza y de violín, una joven Medina, hija de argentinos, conoció sobre un nuevo emprendimiento a través de una de sus profesoras, que le recomendó presentarse ante la Escuela de Arte Dramático (EMAD) de la catalana Margarita Xirgu. "La vocación surgió de golpe", comentó Medina hace unos años en una entrevista. "Vi a la Xirgu haciendo La celestina y me enamoré, fue un descubrimiento, esa mujer en el escenario era algo impresionante. Y dije 'yo tengo que hacer esto'".

Aunque su acercamiento anterior al teatro había sido parco e inclinado a "cosas muy comerciales", en poco tiempo Medina se constituyó como parte de la primera generación de actores egresados de la EMAD, así como discípula de la legendaria Xirgu, aún hoy replicando la enseñanza de la actriz catalana de estudiar el carácter del personaje, y sus motivaciones y reacciones, antes de rendirse a su emoción.

El debut de Medina llegó en 1950 con Romeo y Julieta y un pequeño rol en Orfeo, de Carlos Denis Molina. Ese mismo año, Medina se incorporó al elenco de la Comedia Nacional, que integraría hasta 2008, transitando por obras de repertorio universal, como Sófocles, Shakespeare y García Lorca, y de autores rioplatenses, como Carlos Maggi, Milton Schinca y Florencio Sánchez.

Con Bodas de sangre como su primer y último rol con el elenco (primero como Niña, después como Novia y finalmente como Madre), Medina debió alejarse de la Comedia Nacional casi por la fuerza en 2008. Con entonces 76 años, la actriz ya había recibido cinco prórrogas por parte de la Junta Departamental, que finalmente la decidió jubilar apelando a que todos los funcionarios municipales con más de 70 años deben pasar a retiro.

En ese momento la noticia palpitó como temor, bajo la posibilidad de que la actriz, al abandonar al elenco, dejara también todas las tablas. Sin embargo, la vocación continuó en los escenarios independientes, y hoy se afianza como una alianza con el joven director Gerardo Begérez, con quien trabaja actualmente en En la laguna dorada.

"Estuve muchos años en la Comedia Nacional (...), hice temporadas larguísimas, pero siempre sometidas a este régimen, de no poder elegir los papeles que tenía que interpretar. Ahora puedo optar por los espectáculos que quiero hacer", comentó en 2011 a Perfil, aunque se reconoce como "producto de la Comedia Nacional".

Aunque su vínculo con el teatro pasara de la orden a la volición, lo que se mantiene sin cambios son los temores, los nervios: "hacer bien el personaje y hacerlo como el director reclama", dijo en aquella entrevista. Su otra constante es aquel ritual de transformación, aquella metamorfosis que permite a la mujer tímida amoldarse a la forma de sus distintos personajes. Ella llega a cada función con tres o cuatro horas de antelación para maquillarse, concentrarse y revisar sus diálogos, mientras que, cuando el telón baja y los aplausos terminan de consagrar, la salida también lleva su tiempo, quizá como un exorcismo de una presencia ajena. Y ella, en tanto, se define: "una actriz que ha tenido siempre en su vida el teatro como meta".

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