Europa no está en crisis sino rehaciéndose, como siempre

Europa no está en crisis sino rehaciéndose, como siempre

La Unión Europea, una de las aventuras más grandes de la historia de la humanidad, cumplió 60 años. Esta enorme comunidad se gestó sobre las ruinas de la Segunda Guerra Mundial y despertó todas las esperanzas imaginables. Pero el reciente divorcio de Gran Bretaña ("Brexit"), resuelto por escasa mayoría, muestra cuán líquido puede ser lo que parecía una roca.

Los socios fundadores permanecen: Alemania, Francia, Italia, Holanda, Bélgica y Luxemburgo, además de otros 21 Estados que se sumaron después, desde Portugal a Finlandia. Son unos 450 millones de personas de 27 Estados de Europa occidental y central, con excepción de Gran Bretaña, Suiza, Noruega, Islandia y los países de la ex Yugoslavia. También están fuera Rusia y algunos Estados del Este que giran en su órbita, como Bielorrusa y Ucrania. En parte es un resabio de la "Guerra Fría"; en parte es la misma desconfianza que viene desde el fondo de la historia.

La salida de los británicos y el auge de los partidos euroescépticos parecen indicar que Europa está en crisis. Pero es un lugar común. ¿Alguna vez Europa no estuvo en crisis, rehaciéndose y reinventándose? ¿Y alguna vez dejó de ser una referencia, en las buenas y en las malas, para el resto de la Humanidad?

Cuánta unión, cuánta nación

Hubo un largo tiempo, al menos entre los siglos XVI y XIX, que Europa traficó con todos los bienes y todas las culturas del mundo y las redistribuyó casi a su antojo, junto a decenas de millones de sus hijos hambrientos. Luego decayó ante la irrupción de otras grandes potencias, desde América del Norte a Asia. Pero en buena medida todas ellas son tributarias de la vieja Europa.

La Unión Europea no es Europa, pero casi. Y sobrevivirá a la salida de Gran Bretaña, que siempre fue un socio escéptico y relativamente secundario.

El eje de Europa pasó y pasará más por Berlín, París y Roma que por Londres, pues hace mucho tiempo que Britannia decae con elegancia.

Siempre hubo al menos dos bandos en Europa, dos grandes visiones sobre cómo intentar la Unión. El alemán Konrad Adenauer y el francés Charles de Gaulle, dos hombres decisivos en la creación de una Unión Europea realista, concebida como un pacto entre Estados más que un super Estado, siempre creyeron que en caso de grave crisis los británicos al fin optarían por Estados Unidos antes que por Europa.

Buena parte de los británicos, pero no sólo ellos, concebían la Unión Europea como una unidad más económica que política y social. En el otro extremo está el eje franco-alemán, los antiguos enemigos que en estas seis décadas fueron la gran locomotora del sistema, que ahora desean profundizar la unidad política y social.

Cuánta unión, cuánta nación: he ahí uno de los grandes dilemas europeos. No manejarlos adecuadamente puede provocar escisiones como el "Brexit".

En muy diversas instancias, los ciudadanos europeos se han manifestado a favor del libre movimiento de productos y capitales y, en menor grado, de personas.

Casi no hay bloques y Estados que se hayan gestado sin conflictos graves. Los Estados Unidos de América, hasta cierto punto el modelo de la Unión Europea, fue una increíblemente exitosa construcción republicana y liberal en medio del mundo autoritario y monárquico del siglo XVIII. Pero recién resolvió en la década de 1860 algunas diferencias sustanciales en una guerra civil completa entre el norte industrial y el sur esclavista y agrícola.

El "Brexit" tuvo también efectos benéficos, pues despertó a una Europa que estaba confiada y un tanto dormida en sus laureles. Si se considera a la Unión Europea como un bloque único, su economía es la más grande del mundo. Pero está lejos de moverse al unísono, como una sola entidad política, por lo que Estados Unidos retiene el predominio, con el 25% del producto bruto mundial, seguido por China, que significa el 15%.

La gran aventura

Desde cierta perspectiva, los actuales problemas de Europa son el resultado de su propio éxito.

Después de siglos de fervor nacionalista y proteccionismo económico, y tras dos conflictos mundiales que costaron 60 millones de muertos, los líderes de los principales estados europeos occidentales, en particular Alemania, Francia e Italia, probaron la receta inversa: integración y dependencia mutua. Fueron presionados por Estados Unidos y el miedo a los soviéticos.

La Comunidad Europea del Carbón y el Acero, creada en 1951 por seis países, integró la producción de los dos bienes más protegidos y conflictivos, que contribuyeron a desencadenar dos guerras mundiales. Después de eso, todo fue más fácil. Los tratados de Roma del 25 de marzo de 1957 dieron inicio a la Comunidad Económica Europea, antecesora directa de la Unión.

El mercado único provocó una gran prosperidad en base a economías cada vez más integradas y complejas. El derrumbe del bloque socialista del este europeo y el fin de la "guerra fría" en torno a 1990 abrió una era de placer y super-consumo. Ahora muchos viven la resaca de la borrachera, que viene acompañada por un poco de euroescepticismo. Muchos estados están al límite en materia de gasto social y deuda pública, desde Francia a Italia, y ni hablar de Grecia, Portugal o España.

Tal vez la Unión ya avanzó hasta su nivel de incompetencia y ahora desata fuerzas centrífugas.

Los escépticos

Hartos de los paradigmas liberales y llenos de miedos ante los inmigrantes y el terrorismo, una parte de los europeos, estimulados por el "Brexit", se están abrazando a líderes "fuertes" y partidos nacionalistas o de ultraderecha, enemigos de la Unión.

En 2005 la mayoría de los franceses y de los holandeses rechazaron en sendos referéndums el proyecto de Constitución europea, una carta increíblemente extensa e intervencionista, una obra maestra de minuciosidad burocrática. El texto pasó al baúl de los recuerdos. Los burócratas de Bruselas habían avanzado demasiado rápido. Del mismo modo, tres naciones –Gran Bretaña, Suecia y Dinamarca– habían rechazado al euro como moneda común.

La rápida ampliación de la Unión restó homogeneidad. Ahora el centro opulento lleva a remolque a los nuevos socios del Este, antiguos países socialistas cuyo desarrollo socio-económico viene muy atrás. "Obreros textiles pagados 'menos que en China' conviven con genios de la informática que ganan como en Silicon Valley", narra un reciente cable de AFP sobre Bulgaria, un país que "se desarrolla a dos velocidades". Lo mismo podría decirse de Rumania o Letonia, otros "pobres" de la Unión. Sin embargo los checos o los eslovenos, que también tuvieron regímenes comunistas, están en una situación bastante mejor.

El mapa de la Unión tal vez siga agrandándose, a riesgo de perder identidad y aflojar los lazos

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Así, por ejemplo, la eventual incorporación de Turquía es vista por muchos conservadores –y por quienes temen al Islam y a la inmigración de ejércitos de pobres– como una decisión "contra la historia".

Tal vez falten profetas y utopías

Ahora, después de 60 años, los líderes del gran proyecto pasan raya y evalúan los principales problemas: la desconfianza entre Estados y las resistencias nacionales y de los particularismos; las divisiones entre el norte próspero y el sur y el este que vienen a remolque, fuertemente endeudados, en transición económica o en crisis abierta; el lento avance de la productividad del bloque en tiempos de grandes cambios tecnológicos; la falta de una política exterior común más completa, incluida una política hacia la inmigración.

A fines de la década de 1950 el caudillo francés Charles de Gaulle –un nacionalista que sin embargo fue decisivo para crear la Unión– comentó que la Comunidad Económica no le inspiraba demasiado. "Para mi gusto, el materialismo de Bruselas es poco interesante", dijo, y reivindicó a Europa como una unión de culturas formidables. En 2007 el historiador conservador británico Paul Johnson escribió que con ello De Gaulle puso "el dedo en la llaga de la verdadera debilidad de la Unión Europea durante el medio siglo transcurrido desde entonces: su materialismo degradante y su completo fracaso a la hora de cimentarse sobre la civilización que constituye la esencia de este continente".

Europa tal vez requiera una nueva generación de líderes menos complacientes y más valerosos, capaces de introducir algunas reformas desagradables y renovar los ideales; y que sus ciudadanos reivindiquen algunos de los viejos paradigmas, como el trabajo duro y un poco más de austeridad. Si no lo hacen, los porfiados hechos los revolcarán.


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