Exposición de Mercedes González: la angustia y el después

Una exposición de la ceramista convoca a reflexionar sobre lo que somos y lo que seremos: polvo para cerámica
"Moriré realmente el día que muera el último que me recuerde". La frase –que pertenece al escritor argentino Jorge Luis Borges- ampara y justifica la instalación que se puede observar en la Fundación Banco República (Palacio Heber Jackson) realizada por la conocida ceramista y docente Mercedes González.

Es impactante. Aún sin leer a Borges -su frase está a la izquierda, pegada en un muro blanco con letras hechas en cerámica- la muestra arrastra al observador por caminos de angustia y zozobra. Allí están las cabezas exhibidas en una trama de madera, escasamente iluminadas, pero lo suficiente como para percibir los rasgos sufrientes de esas cabezas. No se tratan de las cabezas del exterminio armenio o de los camboyamos asesinados por el Kmer Rojo. La diferencia radica –aunque la asociación es válida- en que las cabezas que allí se muestran tienen nombre y son personas vivas. "Yo pensé en mi muerte y en los que me van a llorar. Cuando hacía una cabeza estaba pensando en alguien querido", dice González a El Observador.

La actitud de la ceramista –las cabezas están hechas en barro, con un tratamiento de óxido y aceite quemado- hinca su eje en dos aspectos, uno más vinculado con el arte o el artista y otro con la propia peripecia de cualquier ser humano. Por el lado del arte, González asume que su obra perdurará más allá de su muerte y ese motor es, quizás, uno de los más relevantes en un artista y su obra; el pretexto para la permanencia en la eternidad. El otro aspecto tiene más que ver con la corriente sicológica que indaga sobre la "sicología de las edades". Cuanto más cerca estas del fin de tu ciclo vital, la angustia se vuelve tangible. Mercedes González nació en 1951.

González asume que su obra perdurará más allá de su muerte y ese motor es, quizás, uno de los más relevantes en un artista y su obra; el pretexto para la permanencia en la eternidad.


La abuela Bernardina

En su austero folleto la artista dice que esta instalación complementa "la idea de que todo es tránsito". Es que el recorrido de la vida y el de la muerte están presentes en anteriores instalaciones suyas, como "Laberinto" y "Resurrección".

La artista comenta que su pensamiento estaba dominado por su abuela Bernardina. "Éramos siete primos y todos la amábamos", dice. "Ella falleció pero sigue presente entre nosotros. Tal vez no murió...". En el catálogo González dice que "estas cabezas dejan de ser presencias sobrenaturales para convertirse en presencias afectivas, devuelven paz a la angustia del desasosiego, a la tristeza, a la soledad". Parece interesante este punto, porque la "paz" pudo haber sido su sensación en el proceso mismo de elaboración del trabajo y en la conclusión del mismo. Pero el observador no consigue la paz. Más bien perturbación y angustia. Sobre todo cuando las sombras de esas cabezas se proyectan en unos paneles blancos y allí surgen imágenes fantasmales superpuestas. Y más perturbador aun cuando esas cabezas parecen estar observando el cuerpo moribundo ¿o ya cadáver? que está en el piso, casi sumergido en arcilla en polvo. "Es una experiencia inolvidable", escribe alguien en un cuaderno puesto en la sala. Otro garabatea: "Nos lleva a reflexionar sobre nuestro paso por la vida".

Hay estantes vacíos. "Sí, cada quien colocará la cabeza que quiera. Yo mismo iré llenando esos casilleros, quizás". Sus tres hijos también están en los estantes. Son las únicas cabezas que no tienen rasgos de sufrimiento. ¿Será que ellos tienen otra mirada sobre la muerte y no sentirán la angustia por la ausencia de la madre? "Es muy rockera mi madre", dice un hijo de la ceramista.


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