Felisberto, el grande

Se cumplen cincuenta años de la muerte de uno de los escritores más singulares que ha dado Uruguay. Con distintos homenajes se recuerda al músico y escritor Felisberto Hernández (1902-1964).

Por Jaime Clara Siendo un niño, Felisberto, comenzó a estudiar piano, entre otros, con el Prof. Clemente Colling, citado especialmente en una de sus obras. A los 16 años, Felisberto ya daba clases particular y trabajaba en los cines -o biógrafos de la época- acompañando con música a las películas mudas. Fue pianista, tanto en Uruguay y en Argentina, y alternó en importantes teatros y cafés de ambas márgenes del Plata.

Junto a un selecto grupo de amigos Alfredo y Esther de Cáceres, Carlos Vaz Ferreira, Eugenio Petit Muñoz, Jules Supervielle, José Pedro Bellán, Joaquín Torres García, Denis Molina, Roberto Ibáñez, entre otros, amenizaba las tertulias de la épcoa.

Sus primeras publicaciones comenzaron con poco más de veinte años. Según los estudiosos de su obra, hay etapas bien marcadas en su producción literaria: desde 1925 a 1941 cuando publica en diferentes publicaciones y su mítico Libro sin tapas (porque precisamente carecía de ellas); desde 1941 a 1946, su literatura vira a diferentes variantes humorísticas y fantásticas (aunque Cortázar repetía que no se lo podría reducir a estas etiquetas) y desde 1947 a 1960, la literatura considerada "rara", como Nadie encendía las lámparas y La casa inundada.

Las mujeres de Felisberto son todo un asunto complejo. En 1925 contrajo matrimonio con María Isabel Guerra, con quien tuvo su primera hija, Mabel. A los diez años se divorciaron y dos años después se casó con la artista plástica Amalia Nieto, con quien tuvo a su hija Ana María. En 1943 se separó y viajó a París, donde conoció a África de las Heras, española, veterana de la Guerra Civil y agente de la agencia soviética KGB. En 1949 se casaron y vinieron a Montevideo. Una bella obra de teatro, ecrita por Roberto Echavarren, protagonizada por Mariana Trujillo. Además, tuvo largos vínculos sentimentales con Paulina Medeiros, y la pedagoga Reina Reyes.

Uno de los nietos de Felisberto se llama Sergio Elena Hernández y también es pianista. "Mi padre y mi madre son primos hermanos. De ahí que mi abuelo y mi abuela sean hermanos. Calita (madre del escritor) y Felisberto vieron con gran beneplácito esta unión, “se casaron para tener sobrinos”, bromeaba siempre Felisberto."

Elena cuenta que "la gran mayoría de los testimonios que he estudiado (sobre los vínculos de Felisberto) tienen un denominador común: todos resaltan lo afectivo que Felisberto despertó o provocó en ellos, pero que a la vez los hizo prisioneros, y a tal punto de casi anular el desarrollo de sus propias personalidades y de su creatividad individual, se mueven en una dimensión de coordenadas puramente felisbertianas, y lo peor es que muchos de ellos ni se han enterado aún (al menos a nivel consciente). Es que Felisberto esgrimía esa extraña capacidad que poseen los Merlines o los encantadores de serpientes mediante su discurso impregnado de seducción, no en vano todos coinciden unánimemente en sus cualidades de narrador oral de ilimitados recursos (y desde su piano ejerciendo otro tanto), pero esta gran cualidad de extroversión radiante, de gran simpatía, de franca comunicación, etc., convivía con otra parte o aspecto dual de su personalidad de componentes psicopáticos: Felisberto era un ser “capsular”. Absolutamente encerrado en sí mismo, como él mismo lo describe en “El acomodador” : “me hundía en mí mismo como en un pantano”.

El escritor Eugenio Petit Muñoz en su libro El camino (1931), señaló que “es extraño el caso de Felisberto Hernández. Antes de los treinta años cree que no va a hacer más música, porque las cosas le salen ahora más en palabras, hacia el pensamiento; y es de asegurarse, no obstante, a pesar suyo, y porque su vena existe, que seguirá siendo músico, además de proseguir su singular literatura."

Como si fuera parte de su narrativa fantástica, se repite como leyenda urbana, que el cuerpo de Felisberto Hernández era tan grande, cuando murió, y tan modesta la vivienda donde se lo veló, que el féretro no pasaba por la puerta y hubo que sacarlo por la ventana. Muchos desmienten esta versión. Sin embargo, hace algunos días, entrevistamos, en el programa de televisión Por amor al arte (NSTV, jueves 20 hs)http://nsnow.com.uy/Programa?idProg=15&idCanal=6, junto a Malena Rodríguez, al académico uruguayo radicado en Estados Unidos, Alejandro Cáceres, estudioso de la vida y la obra de Delmira Agustini, que confesó haber asistido a clases con Felisberto. Allí relató que cuando él lo conoció, un año antes de morir, seguía siendo un excéntrico. "Tenía un pelo muy blanco y cejas muy negras. Manos hermosas y muy velludas." Sobre el episodio del velorio, al que Cáceres asistió hace exactamente cincuenta años, relató que "fue algo increíble. Vivían en una casa muy modesta, de su mamá, en el Camino Castro. Estábamos allí varias generaciones, las más jóvenes como yo que era estudiante, toda esa pléyade de intelectuales que eran sus  amigos, y de repente llegó el momento en el que llegaron los de la funeraria, que son siempre momentos muy trágicos, particularmente cuando se hacen en la casa solariega, no en la empresa fúnebre. Y allí al lado estaba su mamá, muy ancianita, muy chiquita. No hay nada más doloroso que ver a una persona tan mayor, perder un hijo, que era muy joven, tenía 62 años. Silencio absoluto. Viene esta dinámica en que la gente no sabe qué hacer cuando entran los de la cochería y tienen que tapar el ataúd. Yo creo que él había muerto de leucemia -no lo puedo afirmar porque no estoy seguro- pero por algún motivo lo que lo habían puesto dentro de un féretro de metal, dentro de un cajón de madera. Llegó el momento en que taparon todo. Era dolorosísimo ver a su mamá. Entonces llegó el momento de sacarlo. Al hacer el esfuerzo, los hombres se miraban entre ellos, buscando una forma, porque no pasaba por la puerta. Buscaban otras formas y no pasaba, y lo querían parar un poco y tampoco. Entonces, entre ellos hablaron y sacaron la ventana, que era alta, rectangular, que tendría casi la altura del ataúd y un poco más ancha. Y así salió. Felisberto escribió su último cuento cuando lo sacaron de su casa."

Dice su nieto, Sergio Elena que "no sabemos dónde está enterrado Felisberto. En 1981 fui al Cementerio del Norte y me llevé una sorpresa: los libros que registraban las muertes de enero de 1964 habían quedado en una habitación donde caía una gotera. El ángulo superior derecho había sido “comido” por el agua. Como el desorden familiar era muy grande no se colocó una placa en la urna con sus restos. Simplemente el sepulturero anotó el nombre con tiza. Esta al poco tiempo se borró. He visto cientos de urnas pero sin éxito alguno. Aún en su muerte Felisberto sigue conservando su originalidad."


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