Fidel y su alianza con los narcos

La viuda de un narco boliviano relata su saga de ribetes cinematográficos

De las confesiones que Roberto me hizo en Tamarindo acerca de su reciente viaje a Colombia, Cuba y Panamá, sin lugar a dudas la más sorprendente fue la razón de su visita a La Habana. La relación entre el régimen comunista y los narcotraficantes colombianos se inició a comienzos de la década de los ochenta. El Departamento América, en cumplimiento de una orden expresa de Raúl Castro, mandó como embajador en Bogotá a Fernando Ravelo, uno de sus mejores agentes. La misión principal del “diplomático” era hacer las gestiones que fuesen necesarias para conectarse con la cúpula que manejaba el tráfico de drogas en Colombia. En el año 1981, como dije antes, la intermediación del gobierno de Cuba ante los guerrilleros del M-19 y el MAS fue determinante para la liberación de Nieves Ochoa y fue, además, el primer puente de confianza tendido por los comunistas a los narcotraficantes. El primero en ser contactado por Ravelo fue Carlos Lehder. Las negociaciones que éste realizó con las autoridades cubanas durante su larga visita a la isla lo convertirían a la postre en el conducto perfecto que los llevaría hasta sus principales objetivos: Roberto Suárez y Pablo Escobar. Desde el año 1982 Lehder les había manifestado a mi marido y a Escobar, en reiteradas oportunidades, las persistentes invitaciones del embajador Ravelo para que lo visitaran en Bogotá, pero no aceptarían ninguna. No los necesitaban todavía.

En el mes de mayo de 1981, ante las cuantiosas pérdidas que les ocasionó la marina cubana en el Paso de los Vientos, y cansados de los continuos cambios de humor de las autoridades de las Bahamas para dar su visto bueno a las naves marinas y aéreas que llegaban desde Colombia y Costa Rica para reabastecerse  de combustible en sus islas, Gonzalo Rodríguez Gacha, a nombre del cártel, conseguiría al fin la venia de las autoridades estatales de Quintana Roo para que sus transportistas, que partían del puerto de Barranquilla, reabastecieran sus barcos y aviones en la isla de Cazumel. Desde la Riviera Maya atravesaban el Golfo de México hasta las aguas de los Cayos de la Florida, donde realizaban el trasbordo o bombardeo de la mercancía. Pero casi dos años más tarde llegaría el boom del narcotráfico mexicano. El incremento progresivo de los volúmenes de droga que éstos transportaban por aire, mar y tierra les permitiría tomar el control total de las rutas del Golfo.
Ése fue el motivo para que, en el mes de enero de 1983, Roberto y Escobar aceptaran al fin reunirse en Bogotá con el representante del gobierno cubano. Ravelo los recibió en la embajada, acompañado por el jefe del Departamento MC (Monedas Convertibles), dependiente del Ministerio del Interior, el coronel Antonio de la Guardia, quien les transmitió la invitación del general Arnaldo Ochoa para visitar Cuba. No había más tiempo que perder. Fijaron la fecha del viaje para el día siguiente. Al salir de la residencia, Pablo dijo en tono burlesco: “¿Departamento MC, Marihuana-Cocaína? Los tenemos donde queríamos, mi don. Estos cubanos están apestados por plata. Cada vez las limosnas que reciben de los rusos son menores. Se las dan con cuentagotas”

A la mañana siguiente se embarcaron en el aeropuerto El Dorado junto al coronel cubano en un jet Comander propiedad de Escobar, quien no se cambiaba por nadie. El vuelo hasta la isla duró más de dos horas y media. En el aeropuerto de Varadero fueron recibidos con bombo y platillo por René Rodríguez, presidente del Instituto Cubano de Amistad con los Pueblos (ICAP), y el almirante Aldo Santamaría, jefe de la marina de guerra cubana. Durante el trayecto al Comando de Operaciones Navales, Rodríguez y Santamaría les comentaron acerca del marcado interés que tenía Fidel  y su entorno en usar el narcotráfico como un arma contra el imperialismo yanqui, y apoyar con los fondos provenientes del tráfico a los grupos guerrilleros colombianos, en especial a los M-19, quienes serían los encargados de velar por la seguridad de los laboratorios del cártel. “En el comando nos esperó el coronel Humberto Francis Pardo, una simpatía de negrazo que se las sabe todas. Se puso a nuestra entera disposición y nos mostró hasta el último rincón del complejo naval. Lo que más nos impresionó fue el alcance de unos modernos radares recién llegados de Rusia, que te dan la ubicación exacta de los guardacostas gringos”. Mientras más se explayaba Roberto en su relato, yo entendía menos su intención de volver conmigo. Cada palabra suya alejaba en forma diametral esa mínima posibilidad.

Por orden de Fidel, en La Habana los hospedaron en una de sus mansiones en el barrio del Vedado, la misma donde habría reposado junto a su comitiva Leonid Brézhnev durante su visita a la isla, en la década anterior. Esa noche los generales Arnaldo Ochoa y Patricio de la Guardia les ofrecieron una recepción en el Club de Yates de la Marina Hemingway, donde compartieron con los miembros de la Nomenclatura y otras personalidades relevantes del régimen hasta entrada la madrugada. El general Ochoa se encargó de escoltarlos en persona hasta la fortificada casona de la calle 11. Al despedirse, les dijo: “Hermanos, como dicen ustedes que al que madruga, Dios lo ayuda, mañana temprano tendremos un desayuno de trabajo para hablar de negocios. Los mando a buscar con Tony a las siente en punto”. Cuando quedaron solos en el búnker, Escobar le preguntó a Roberto: “¿Qué irán a decir los gringos cuando se enteren de que estuvimos negociando por acá?” Mi marido le respondió, tajante: “Me tiene sin cuidado lo que diga la CIA. Terepito lo mismo que le dije a Manuel el otro día: les vamos a enseñar a jugar a dos puntas”.

Al día siguiente, el coronel estuvo puntual a la hora indicada para llevarlos a las dependencias del Ministerio del Interior, donde los esperaban para desayunar el mismo José Abrantes y el general Ochoa. Después de un par de horas de regateos, llegaron al fin a un acuerdo. Pagarían un millón de dólares diarios para tener la cobertura del gobierno cubano y el libre acceso a sus aguas territoriales y espacio aéreo, lo que les permitiría usar sus puertos y aeropuertos a su antojo para reabastecer sus barcos y aviones. Y, por supuesto, el acuerdo incluía la escolta oficial de la flota y de la aviación cubana en todas sus operaciones. Después de felicitarse mutuamente, Abrantes se comunicó con un colega, el ministro de Defensa: “Raúl, hemos llegado a un acuerdo satisfactorio con los señores Suárez y Escobar”. Mientras, el general Ochoa les decía, en referencia a Fidel: “Señores, ahora viene la mejor parte, vamos a ver al Caballo”. Roberto dijo para sus adentros: “Primero el gusto, después el susto”.

En el aeropuerto de La Habana abordaron un helicóptero Mig-24 que los trasladó hasta el Cayo Piedra. Al sobrevolar la paradisíaca propiedad, quedaron deslumbrados ante la magnificencia de la construcción. Aterrizaron en el helipuerto, donde fueron recibidos por el ministro de Defensa. “Sean ustedes bienvenidos, señores, mi hermano los está esperando arriba”, dijo Raúl Castro, quien los condujo en medio de una fuerte vigilancia de decenas de guardias civiles y francotiradores militares hasta la sala principal de la mansión. “Gracias por haber aceptado finalmente la invitación de Ochoa. Ustedes serán el misil con el que agujerearé el bloqueo y el injusto embargo que sufre mi país”, les dijo, mirándolos fijamente a los ojos mientras les estrechaba la mano. Luego continuó: “Pepe me ha informado sobre los detalles del trato. Es menos de lo que yo esperaba. Pablo habría replicado: “Treinta millones al mes es un mundo de plata, presidente, son como trescientos sesenta…” El dictador no lo dejó terminar y en tono jocoso les dijo: “Tienes razón, Escobar, eso es mucho dinero para nosotros. En cambio, para ustedes son centavos. Lo ganan de un solo envión”. Se acercó hacia ellos frotándose la barbilla  y les dijo sonriendo: “Mejor cambiemos de tema. No hay por qué hablar más del asunto. La palabra empeñada por el ministro Abrantes tiene casi el mismo valor que la mía”.

Luego se dirigió a Roberto para pedirle que interpusiera sus buenos oficios ante el gobierno del presidente Siles Zuazo, para que de una vez por todas iniciara la búsqueda del cadáver del Che. Mi marido no le prestaría mucha atención a su charla. Seguiría pensando en la última frase dicha por el dictador, mientras que éste le mostraba los informes erróneos que manejaban sus servicios de inteligencia, según los cuales el guerrillero argentino-cubano estaría enterrado en las proximidades de la población de Vallegrande. De acuerdo con informes, fidedignos que el general Mario Vargas Salinas le proporcionó a Roberto, el Che habría sido enterrado debajo de la pista de aterrizaje del aeropuerto de Vallegrande. Su hermano Raúl notó la falta de interés de Roberto sobre el asunto y prefirió finalizar diciendo: “Lo único que pretendemos es repatriar sus restos para darle una sepultura digna junto a los otros héroes de la Revolución”. La reunión se extendió por un lapso de media hora más, en la cual ajustaron algunos detalles logísticos y definieron comenzar sus operaciones de inmediato. Luego de despedirse, cuando se disponían a abordar el helicóptero, Fidel le dijo a su general: “Ochoa, me cuidas a estos señores con tu vida. A partir de hoy, ellos valen más para Cuba que Vasili Kuznetsov y el Sóviet Supremo juntos”.


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