Filmes que perdurarán

Una selección de cinco películas cuya belleza trascenderá a este año
Por Eduardo Espina, especial para El Observador

Teniendo en cuenta las producciones de los países donde más películas se filmaron en el año a punto de concluir, India (más de 1.200), Nigeria (más de 900), y Estados Unidos (más de 800), y los filmes chinos, surcoreanos, europeos y latinoamericanos estrenados en los últimos doce meses, tendremos una cantidad total cercana a las 5.000 películas. Imposible verlas todas porque, además, no todas llegaron a salas comerciales, ni siquiera a universitarias o de bibliotecas. Por lo tanto, el acto de seleccionar "las mejores del año" parte de una premisa de incompletitud. Eso, sin embargo, no impide hacer la lista de las cinco películas que un amante del cine considera notables y que mantendrán su grandeza incluso después que termine 2016.

Cemetery of Splendour

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De nombre y apellido impronunciable, Apichatpong Weerasethakul había demostrado en Blissfully Yours (2002), Tropical Malady (2004), y Uncle Boonmee Who Can Recall His Past Lives (2010, El hombre que podía recordar sus vidas pasadas) que tiene un universo propio para contar, aunque lo suyo no es la narrativa propiamente dicha, sino la poesía en estado puro, cuando interroga a lo inefable, y por eso puede prescindir de esquemas narrativos asociados a la lógica lineal de una historia encuadrada en el tradicional esquema de comienzo, desarrollo, y conclusión.

La misma poética es empleada en Cemetery of Splendour (El cementerio del esplendor), en la cual la casi inexistente trama podría quedar sintetizada diciéndose que la película tiene que ver con 27 soldados que de pronto empiezan a tener una extraña enfermedad del sueño, por lo que deben ser internados en una clínica; pero eso no es todo, ni todo lo demás que pueda decirse sobre la historia es la realidad completa sobre la misma. Al final de cada película del tailandés más de uno podrá preguntarse "¿qué es esto que acabo de ver?" Es todo y nada a la misma vez. En la metafísica lírica de Cemetery of Splendour, en la que los fantasmas y espíritus saben pensar, surge una gramática neobarroca de extraordinaria precisión emocional, aunque las grandes emociones, tal como sabemos, son siempre las más imprecisas de todas.

Paterson

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Con Jim Jarmusch me pasa algo que con ningún otro director me sucede. A algunas de sus películas las termino viendo a la fuerza y al final siento que por hora y pico estuve perdiendo el tiempo. Con otras, en cambio, confirmo estar ante la presencia de un cineasta realmente original, de los que tienen un lugar asegurado en el parnaso. Paterson (nombre del gran poema de William Carlos Williams) entra en esta última categoría y hasta me animaría a decir que es la mejor de las 13 películas que Jarmusch ha hecho. La única película del año –y no sé cuántas otras en la historia del cine, y si las hay– en que los poemas que se escuchan son la banda sonora (pertenecen al gran poeta estadounidense Ron Padgett).
Paterson convierte a la vida diaria (el personaje principal es conductor de un ómnibus) en territorio de lo mágico a punto de suceder. Pero, a diferencia del realismo mágico a lo García Márquez, aquí la trascendencia está en la rutina, en aquello que debemos vivir a diario como si fuera parte de una máquina de repetición y que, sin embargo, no logramos entender del todo, tal vez porque la magia implícita de estar vivos radique en el hecho de poder hacerlo sin esfuerzo y sin prestarle la debida atención a lo que nos sucede. Sorprende que en el último festival de Cannes Paterson haya competido para el premio principal y fuera derrotada por Dheepan, seguramente porque los jurados prefieren hoy en día premiar la corrección política antes que la grandeza lírica con incorrección política, y van al aristocrático balneario francés a divertirse, a eso, más que a prestar atención a lo que ven en la pantalla.

Toni Erdmann

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Como en el cine de los maestros más preocupados por convocar lo sublime que por contar una historia en forma lineal, la alemana Maren Ade deja que el inconsciente de la razón fluya en Toni Erdmann al ritmo de un relato en el cual la condición poética de la mirada sigue a la realidad a la distancia, como si ya la conociera y no supiera qué decirle, pues en todo conocimiento real de algo hay un profundo fondo de desconocimiento.

El resultado es una película de 162 minutos de duración y de apabullante belleza, en la que nada queda resuelto, por lo que el espectador tiene la leve idea de haber hecho un viaje al limbo o al purgatorio, depende de la mirada de cada cual, y no sabe aún si ha regresado. Como con toda película con absoluto propio, el espectador sale del cine creyendo que el viaje continúa, que su resonancia se quedó con uno. Con mirada tanto de ensayista como de antropóloga, Ade prefiere interrogar la condición humana en vez de interpretarla; en todo caso, la interpreta con la imaginación, lo cual la salva de caer en el documentalismo tan en boga en el cine con pretensiones intelectuales y que termina naufragando en la superficie. Un filme de veras notable, que no podría haberse hecho mejor.

Por orden de desaparición

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Desde el comienzo sabemos, tal cual lo vimos también hace poco en la notable serie británica River, que esta no es una historia policial como las decenas que se estrenan por año. Ahí radica uno de los logros principales del director noruego Hans Petter Moland: Por orden de desaparición consigue ser original en un rubro en el cual es mucha la competencia y poca la originalidad. Con la ayuda de una acechante belleza ártica como testigo omnisciente de los acontecimientos, y con un elenco de lujo comandado por Stellan Skarsgard, Moland consigue algo que parecía imposible, esto es, situarse a la altura del gran cine noir francés o de los policiales estadounidenses de las décadas de 1940 y 1950, cuna de tantos aprendizajes, en los cuales el mundo del hampa y las muertes por asesinato no son los temas de fondo, sino el mal y el alma humana.

Hay que remontarse a Simplemente sangre (1984), y a De paseo a la muerte (1990), de los hermanos Coen, para encontrar un thriller en el cual la violencia tiene fulgor lírico y debe leerse entrelíneas, como si fuera parte de una parábola bíblica, tan feroz como necesaria. Cine con condición de extraordinario, Ingmar Bergman en la nieve manchada de sangre.

Transpecos

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No es poco decir que Transpecos es posiblemente la mejor película que se ha hecho sobre la frontera entre Estados Unidos y México. Además, la filmaron con dos pesos y logrando librarse del imaginario sobre-enfatizado por la influencia de las historias de Cormac McCarthy que suceden en ese tan desconocido lugar del mundo y sobre el cual, no obstante, todo el mundo habla.

La fuerza policial fronteriza que trabaja del lado estadounidense, ubicado entre la nada y un desierto monstruoso, tiene como eslogan: "Solos y sin protección". Junto con Hell or High Water, otro notable filme de 2016, también policial y que sucede asimismo en ese estado, Transpecos, del debutante Greg Kwedar, presenta "la otra vida" de Texas, una que nada tiene que ver con el glamour de la serie Dallas. Como si fuera el reporte policial del noticiero de la noche, se centra en los acontecimientos de un día para informar, sin adjetivos y con alucinante veracidad, que hay lugares perdidos por ahí en donde la realidad cotidiana es el infierno más temido.

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