Fin del Apartheid: Un sueño de libertad

Las presiones internacionales y el liderazgo de Mandela terminaron con uno de los mayores calvarios racistas que sufrió la humanidad

Filósofos como Theodor Adorno, Max Horkheimer y Walter Benjamin legaron al mundo reflexiones muy profundas acerca de los males de la modernidad y pusieron el punzón en la idea de que la razón ilustrada es meramente una razón instrumental con la que el hombre solo busca extender su propio dominio –y a cualquier precio–. Matanzas. Expropiaciones. Aniquilamiento de la disidencia. El nazismo, advirtieron, es un círculo del infierno que se desarrolla bajo esa lógica irracional. Ellos reflexionaban sobre la Europa de 1920, 1930, 1940...

Bien podría incluirse el apartheid de Sudáfrica, un sistema político cruel de discriminación racial, que no dejó resplandecer a la nación del arcoíris por 46 largos años (1948-1994), montado en las ideas neonazis de los sudafricanos Daniel François Malan, Johannes Gerhardus Strijdom y del holandés Hendrik Frensch Verwoerd. También el apartheid tenía un fundamento "racional" que se remonta al siglo XIX, cuando el biólogo francés Julien-Joseph Virey dividió a los pueblos del mundo en dos clases: los blancos, que alcanzaron un estadio de civilización casi perfecto, y, por otro lado, todos los demás (negros, asiáticos e indígenas americanos). Virey, como esos tres aberrantes racistas blancos, no creían que los negros pudieran construir una civilización plena.

Sudáfrica fue un espeluznante laboratorio racial, con dimensiones políticas, jurídicas, económicas, sociales y culturales.

El apartheid puso en marcha un sofisticado sistema jurídico por el cual una minoría blanca (los afrikáneres) impuso una política de odio y de racismo hasta en las costumbres más cotidianas. La mayoría negra solo podía vivir en los territorios "bantustantes", que equivalían a algo más del 13 % de la superficie sudafricana; no tenían derecho a acciones judiciales si eran expulsados o desplazados forzosamente; se prohibía el matrimonio mixto; las familias negras no podían trasladarse libremente por el país y solo tenían derecho a recibir una educación subordinada a los intereses de los blancos; los servicios públicos estaban separados por raza. Y, por supuesto, los negros no tenían derechos políticos.

El país fue "racionalmente" dividido, según el color de la piel: el infierno para los negros, el purgatorio para los mestizos y el paraíso para los blancos; una particular cruel partición que dejó a Sudáfrica sumergida en una profunda oscuridad que recién comenzó a ver algo de luz a partir de la década de 1980 por las fuertes presiones internacionales, a lo que más de una década después se sumó el colosal liderazgo de Nelson Mandela (1918-2013), luego de haber sufrido 27 años de cárcel por enfrentarse al racismo afrikáner, una pena injusta e inhumana que, más que doblegarlo, lo fortaleció.

En 1994 llegó el fin de aquella historia forjada bajo el horror y la sombra de un régimen que era perverso hasta en los detalles, inclemente en sus propósitos y cruel en el ejercicio del poder.

A Mandela –cuya sabiduría y actitud tolerante fue decisiva a la hora de tumbar un régimen malvado sin derramar una gota de sangre– le sobró coraje para proyectar una sociedad sin resentimiento ni revanchismo y evitar que la historia volviera a repetirse.

"He luchado contra la dominación de los blancos y contra la dominación de los negros. He deseado una democracia ideal y una sociedad libre en que todas las personas vivan en armonía y con iguales oportunidades. Es un ideal con el cual quiero vivir y lograr. Pero, si fuese necesario, también sería un ideal por el cual estoy dispuesto a morir". Ese es el mensaje con el que Mandela convenció a la sociedad de que era necesario dar vuelta la página, pero sin esconder la cruda verdad.

Sudáfrica encontró un camino propio, no exento de dificultades, para construir una sociedad multirracial representativa de toda la nación.

Es seguro que Mandela respondería con su característica sonrisa a la noticia del miércoles 3 de agosto de 2016 de que su partido, Congreso Nacional Africano, mutilado durante el apartheid, perdió las elecciones municipales en varias ciudades esenciales donde tenía el dominio absoluto desde la caída del régimen racista. Porque hoy el mapa electoral es más diverso, más cerca del ideal multirracial que promovió el gran líder histórico sudafricano.

Esta nota forma parte de la publicación especial de El Observador por sus 25 años.


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