Fuego de noche

Ricky Martin se lució con lo mejor que sabe hacer: seducir con el baile y enamorar con baladas

Una hora antes del show, el tránsito estaba atascado y oleadas de personas daban vueltas por el Velódromo creando una corriente decidida y difícil de atravesar. Desde puestos de remeras, vinchas, almohadones y fotos, el rostro sonriente, sexy o pensativo de Ricky Martin acompañaba todo el trayecto.

Adentro,el Velódromo esperaba repleto al cantante boricua, que llevaba cinco años sin presentarse en Montevideo. Y hoy, esta escena promete repetirse con un segundo show a partir de las 21:00 horas.

La espera tal vez hizo que el repertorio que eligió Martin para volver a Uruguay fuese por demás ajustado y generoso tanto para los fans de la primera hora, como los seguidores de los últimos hits. A pesar de que haya llegado a presentar su último disco, A quien quiera escuchar, decidió no aburrir con temas que pocos conocen. Y a diferencia de presentaciones en otras ciudades de la región, aquí apostó a cantar en su enorme mayoría en idioma español. "Aquí tienes lo mejor de mi música", dijo a un público fervoroso. Y cumplió.

Con un escenario con diseño interesante de cuatro estructuras angulares cubiertas de pantallas LED, el cantante abrió el escenario con Adrenalina, la colaboración que realizó con Wisin y Jennifer López para luego continuar con This is Good y Drop It On me unida con Shake your Bon-Bon, coronado con los infaltables movimientos de cadera que terminaron de encender al público. Aquí Martin, que demostró a lo largo del show una voz impecable, pudo lucirse como bailarín, saltando y siguiendo a la perfección los pasos de sus ocho bailarines.

Tras un comienzo que levantó al público de su asiento inmediatamente –de hecho la mayoría se pararon sobre las sillas–, Martin hizo su tercer cambio de ropa de la noche (en total tuvo 10). La primera balada de la noche fue Tal vez, tema que interpretó sin ningún artificio; a pura voz y conexión con el público. Ni siquiera las pantallas se animaron a opacarlo.

Otro asunto fue Livin' La Vida Loca, momento en que ingresó al escenario subido al capó de un Ford Mustang acompañado de sus bailarines y despachó toda la energía en este hit, que decidió cantar en inglés. Pero fue el quinto cambio de vestuario el que consiguió ganarse los mayores decibeles: apareció con un kilt de cuero, que mientras interpretaba Déjate llevar, amenazaba con levantárselo.

Luego de la buena dosis de baile, Martin dedicó la siguiente porción de su concierto en aquellas canciones que, según dijo, "marcaron mi vida", esto es las baladas que lo catapultaron al estrellato latino. Desde Asignatura pendiente y la más reciente Disparo al corazón, pasando por A medio vivir, El amor de mi vida y Fuego contra fuego, Tu recuerdo, Y todo queda en la nada junto a Fuego de noche, nieve de día (cuyo estribillo hizo estallar al Velódromo), y concluyó esta sección en una nota altísima con Vuelve, seguido de un impecable solo del director musical de la banda de sesionistas que viaja con el músico, David Cabrera.

Pero para finalizar un show de Ricky Martin, hay que volver al baile. Así siguieron Adiós, uno de sus más recientes cortes, y un enganchado incansable con Lola Lola, María y La bomba, y Por arriba, por abajo, donde motivó a una coreografía popular.

Los bises continuaron el baile con Pégate y La copa de la vida, pero en realidad, tras una hora y media de show, el público unánimemente quería escuchar La mordidita, su último y ubicuo hit. Pero tras aquel hit de 1998, la oscuridad del escenario no parecía indicar que el boricua volviera al escenario. Fue necesario que el público coreara "¡mordidita!" para que los tambores dieran comienzo de nuevo al baile, y el cantante (aunque notoriamente más cansado que al principio) cerrara definitivamente el show con el Velódromo bailando satisfecho.

En el comienzo, Martin reclamó solo dos cosas a sus fans: que se fueran del show transpirados y felices. Después el concierto, quedó claro que el cantante hizo todo para que así fuera.


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