Fun-Fun: Un boliche como pocos

Es uno de los pocos supervivientes de esas épocas en las que los boliches eran en buena parte depositarios del alma montevideana

Los boliches, legítimos herederos de las pulperías y una institución sustancial del vivir oriental, como sostenía con toda razón el historiador Aníbal Barrios Pintos, han sido desde la fundación de Montevideo puntos de reunión, sociabilidad, encuentro y tertulia.

No nos referimos, por cierto, a las discotecas, que han usurpado el nombre que años ha los uruguayos dimos a los cafés y bares o almacenes y bares, verdaderos  centros de interacción social. En ellos se fundaron partidos políticos, clubes de fútbol o de básquetbol, se articularon movimientos artísticos, surgieron peñas literarias, se escribían cuentos novelas y piezas de teatro y se conversaba y debatía acerca de todo el acontecer humano. Incluso, en uno de ellos, el “Café del Comercio” se gestó el cabildo abierto de 1808, germen de la identidad nacional.

Pero los tiempos cambian y los boliches han ido desapareciendo o cambiando su esencia. Quedan unos pocos en algunos barrios montevideanos y en ciertas ciudades del interior.

El “Baar Fun-Fun”, aunque con características diversas a las que tenía desde su fundación en 1895 hasta hace un tiempo (ahora sólo está abierto de noche y ofrece espectáculos musicales, sobre todo de tango), es uno de los pocos supervivientes de esas épocas en las que los boliches eran en buena parte depositarios del alma montevideana.
Tanto los inolvidables Tupí Nambá y Polo Bamba, cafés y bares en los que confluían a inicios del siglo XX intelectuales locales y extranjeros, periodistas, políticos, actores, bohemios impenitentes, comerciantes o agitadores sociales, como los boliches de barrio a los que acudían los vecinos a tomarse una caña, una grapa o un café, a jugar a la baraja o al dominó y a discutir de fútbol, eran todos ellos verdaderos “foros de la uruguayez”. Fun-Fun, de modo muy particular, era uno de esos foros.

En estos días,  Fun-Fun, debido a la muy discutible eliminación a manos de la “piqueta fatal del progreso” del Mercado Central y su transformación en sede de la Corporación Andina de Fomento, debió mudarse por quinta vez  -con su famoso mostrador de estaño a cuestas- en sus 119 años de vida. Está provisoriamente instalado en un local de la calle Soriano junto a la Sala Verdi y, según se anuncia, dentro de dos años volverá –y será su sexta mudanza- al lugar que desde 1836 y hasta no hace mucho fue el principal mercado de venta de alimentos en la ciudad de Montevideo, así como lugar de emplazamiento de casas de comidas.

Este entrañable rinconcito etílico-costumbrista, como alguno lo calificó, fue fundado por Augusto López, famoso creador de bebidas exclusivas como la uvita, el nisperito y el pegulo (que se hacía con grafiones, un tipo de cerezas) y de las que solo sobrevive la primera. Luego fue llevado adelante por el hijo de don Augusto, Raúl “Coco” López, fallecido hace pocos años, luego por la nieta, María Mabel López, y ahora por el bisnieto del fundador, Gonzalo Acosta López.

Ubicado inicialmente en un par de piezas en el fondo del edificio del viejo Mercado Central –demolido en 1969 contra la opinión de muy respetados arquitectos como Julio Vilamajó- luego se trasladó a un local que antes había sido de una carnicería, frente al emplazamiento inicial.

Y cuando el viejo mercado fue derribado y sustituido por un edificio feo y sin alma, se estableció primero en la planta baja, donde hasta hace poco había un centro comunal, y luego al lugar, al costado derecho de la puerta de entrada del Mercado, donde estuvo hasta que fue trasladado en estos días a la calle Soriano casi Convención.

Era un niño –ese era mi viejo barrio, en el que nacieron el candombe y el tango- cuando fui por primera vez a Fun-Fun, entonces ubicado al fondo del viejo Mercado Central, de la mano de mi padre que se tomaba una uvita o un nisperito (lógicamente a mí me tocaba una gaseosa de bolita) mientras conversaba con algún vecino, amigos y conocidos.

Allí estaban deportistas como Angel Daniel Rodríguez, campeón sudamericano de boxeo -había noqueadoen el primer round al promocionado argentino Luis Angel Firpo- y David Estévez Martín, gloria del Atenas, campeón sudamericano de básquetbol, atletismo y boxeo, famosos futbolistas como Isabelino Gradín, artistas e intelectuales varios  y músicos populares como Pintín Castellanos. Era una “mezcla milagrosa”.

Acodados al mostrador de estaño charlaban formidables periodistas como Julio E. Suárez (Peloduro), Julio César Puppo (El Hachero), Alberto Etchepare y Víctor Soliño, y personajes inolvidables de un Montevideo que se fue como Ramón “El loro” Collazo y su hermano Juan Antonio y “El Ñato” Pedreira. Los escuchaba embelesado.

En las paredes del Fun-Fun, entre una miríada de fotos, dibujos y recuerdos de los muchos clientes y visitantes famosos estaba, y seguramente sigue estando, con dedicatoria y firma, una fotografía del tacuaremboense Carlos Gardel, que allí cantó en 1933. Y seguramente por ahí rondan los fantasmas de Julio Herrera y Reissig, Julio Sosa, Pedro Figari, Wimpi, Roberto de las Carreras, Atilio García, Pepino, Carlos Solé, Salvador Granata, Carlos Soto y, necesariamente, el de Mario Remedios, que fue el mozo emblema de Fun-Fun durante más de medio siglo. “Todo mezclado, todo mezclado…” como dice un poema de Nicolás Guillén.

Lo dicho, Fun-Fun es parte fundamental del alma montevideana.


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