Fútbol y autoestima

La adhesión a la celeste, que hace relucir a Uruguay en el mapa, alcanza cimas históricas

"Lo único que conocen de Uruguay es a Luis Suárez", comentó mi hijo tras pasarse un año en Nueva Zelanda entre 2013 y 2014. Entonces Luisito era la gran estrella del Liverpool inglés.

Unos cuantos en el mundo también han oído hablar de Pepe Mujica. Cuatro décadas antes se tornó leyenda un grupo de muchachos que sobrevivió en los Andes en 1972. Y antes todavía se supo de un equipo de fútbol que creó el término "maracanazo", "um dos maiores reveses da história do futebol", según la versión en portugués de Wikipedia. Pero no mucho más que eso sabe la gente común y corriente sobre un país que representa menos del 0,05% de la población del mundo y el 0,07% de su producción.

En la era de las comunicaciones instantáneas los héroes globales son actores, futbolistas o cantantes, como el coreano que baila como un caballo y tiene 2.550 millones de visitas en YouTube. Miles de millones ven escenas ridículas o risueñas, sexo y catástrofes: bebés que muerden, perritos, ositos panda, pornografía, accidentes aéreos. La cumbia cheta es, por lejos, lo más visto sobre Uruguay: Rombai supera sin problemas los 30 millones de visitas, muy por encima de "Fumando marihuana con el presidente de Uruguay", una grabación que reúne a duras penas 2 millones de reproducciones. Un video titulado Luis Suarez: 20 Crazy Funny Moments, que recopila dentelladas, puñetazos, el penal ante Ghana y otras vivezas, tiene 7,86 millones de visitas.

Suárez, el máximo goleador en la historia con la blusa celeste, volvió a vestirla (y a convertir) ante Brasil, el viernes 25, después de dos años de suspensión. Su regreso fue saludado como el de un héroe romano, y la adhesión a la celeste esta semana alcanzó cumbres históricas.

Uruguay es un país más bien insignificante que levanta su autoestima con el fútbol, y tiene a Suárez y sus compañeros como héroes nacionales. Puede ser una exageración, pero no demasiada.

La selección uruguaya de fútbol debutó en 1902. Ganó su primer Sudamericano en 1916 y ocho años más tarde, en los Juegos Olímpicos, enseñó a muchos europeos que en el fin del mundo había un país llamado Uruguay. Su selección de fútbol, que comenzó a usar la camiseta celeste en 1910, fue una roca en los torneos continentales y mundiales durante más de medio siglo.

Pero entre las décadas de 1970 y 1990, salvo destellos en juveniles y poco más, se hundió en la impaciencia, la chiquitez clubista y la incapacidad para asumir su modestia en el mundo del fútbol superprofesional.

En 2006, en medio de la noche cerrada, Óscar Washington Tabárez, un maestro de escuela y exfutbolista, tomó por segunda vez la dirección técnica de la selección mayor. Y, oh milagro: en el país de la improvisación y los golpes de alcoba, Tabárez está envejeciendo, insumergible, al frente de la selección, con 157 partidos a cuestas en diversas etapas, el ciclo más largo de la historia de un cuerpo técnico nacional.

Tabárez se rodeó de ayudantes metódicos y de perfil bajo, como José Herrera, un profesor de educación física nativo de Paso de los Toros, o Celso Otero y Mario Rebollo, exfutbolistas de Wanderers. Desterraron la cultura de la violencia y las chicanas, que había arruinado el prestigio secular de la celeste, y establecieron un código de conducta exigente dentro y fuera del campo. Trabajaron con perspectiva de mediano y largo plazo, se renovó el plantel, se gestó un nuevo núcleo duro y se lo respaldó.

De a poco, las estadísticas negativas se dieron vuelta, aunque no fue nada fácil. Muchas veces bordearon el fracaso completo. En 2010, cuando Uruguay arribó in extremis al Mundial de Sudáfrica, el cuerpo técnico estaba prácticamente desahuciado. Pero entonces se produjo el milagro. La celeste resurgió entre sus propias cenizas y enamoró a los uruguayos. Obtuvo el cuarto puesto tras algunos partidos memorables, ganó la Copa América 2011 jugada en Argentina y cumplió un papel digno en el Mundial de Brasil 2014, en el que derrotó a Inglaterra e Italia.

No ha sobrado el talento dentro de la cancha pero sí la disciplina, la humildad y el carácter. Equipos sobrios y trabajadores, cuando no grises,siempre difíciles de vencer, tuvieron la fortuna de contar a tiempo con grandes individualidades que hicieron la diferencia: Diego Forlán en 2010, o Luis Suárez y Edinson Cavani desde entonces; y un par de capitanes emblemáticos: Diego Lugano y Diego Godín.

El romance con la afición, que es tan persistente y sufrida como exitista, va para seis años. Cualquiera sea la suerte en más, el ciclo Tabárez estará en un punto muy alto de la mejor historia futbolera.


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