Giulliana, la madre adolescente que me dio el acta de defunción

Ella es una de las 7.500 jóvenes de entre 15 y 19 años que anualmente tienen hijos en Uruguay

Giulliana con G, me dijo con voz tenue cuando le pregunté su nombre. Al momento de responder, un dulce de leche espeso caía de una manga de repostería que sostenía entre sus manos directo a unas galletitas, que minutos más tarde serían masitas. Llegué con un café, un micrófono en la solapa y un poco del sueño que, un lunes a primera hora, todavía no me había abandonado. Ella era la primera entrevistada de una mañana de grabación para el programa Cámara Testigo, y el motivo de nuestro encuentro era conocer su historia como madre adolescente.

La mayoría de las personas que suelo entrevistar se ponen nerviosas ante una cámara, pero Giulliana no. Tenía la vista fija en las galletas dispuestas sobre una plancha de acero inoxidable. Dos dijes -una niña y un niño- colgaban de una cadenita en su cuello. Giulliana, con 21 años, es madre de dos niños.

La primera vez que quedó embarazada tenía 15 años y estaba de novia con un adolescente poco mayor que ella. Tiempo antes había abandonado el liceo porque su madre había tenido un nuevo bebé y ella sería la encargada de cuidarlo. "Ya tenía práctica (de crianza) por mi hermano, porque mi madre tenía que trabajar y yo me quedaba con él", me dijo.

Me contó que a los 15 años pensaba que tener sexo con su novio era algo natural; que conocía lo que era un condón y las pastillas anticonceptivas pero nunca pensaron (ella y el novio) que quedaría embarazada, así que no usaron ningún método. "Un día mi madre me mira y me dice: 'Vos estás embarazada'. Fue a la farmacia y me compró un test, y estaba". Giulliana nunca tuvo intenciones de "sacárselo" -sostiene-; por el contrario, creía sentirse preparada para ser madre.

Cuando le pregunté cómo fue ver que su panza crecía y hacerse a la idea de que una vida dependería de ella, se le iluminaron los ojos. Me confesó que al principio había sentido un poco de temor ante la incertidumbre que le provocaba pensar cómo sería como mamá. La experiencia de cuidado de su hermano y los embarazos de sus primas -también adolescentes- la habían hecho ganar confianza.

Su hija nació prematura y por cesárea en el Pereira Rossell y murió de muerte súbita días después. Giulliana la enterró; al tiempo hizo lo mismo con su noviazgo. Dice que salió adelante por la ayuda que tenía a su alrededor, el apoyo de su madre y el grupo de señoras que integran Madrinas por la Vida, una asociación sin fines de lucro que asiste a mujeres embarazadas en situación de riesgo. No pensó en retomar el liceo; quería trabajar y encontró empleo como empleada doméstica.

Hoy Giulliana está embarazada; su hijo, que nacerá en pocos días, se llamará Ramiro. Ahora tiene 21 años y no tiene claro si volverá a trabajar una vez que tenga a su hijo en brazos. No quiere, no tiene la intención, lo "más importante" -lo deja claro- es su bebé. Su pareja no tiene un trabajo estable y se dedica a hacer changas.

¿Giulliana hubiera postergado su maternidad cuando era una adolescente si alguien le hubiera dicho que tal vez estaba la opción de hacer otros recorridos personales antes? Entonces le pregunté qué pensaba de que hoy, y cada vez más, muchas mujeres atrasan la maternidad y se dedican a estudiar y trabajan para proyectar sus profesiones y deciden parir después de los 30. Me miró con cara de sorpresa. "Después de los 30 se te acabó la vida", me contestó. "¿Qué vas a hacer con un hijo después de los 30? No, yo quiero disfrutar a mi hijo, a los 30 no te queda nada", dijo.

Cuando terminó la nota le confesé a Giulliana que tenía 31 años y que aún no estaba en mis planes traer un hijo a este mundo, y que ella, literalmente, había dado mi vida por terminada. No dijo nada, solo atinó a reírse conmigo y mirarme -parecía- con un dejo de lástima. La cámara se apagó, me quité el micrófono, agarré mi café y salí del lugar con más dudas de las que había llegado a preguntarle.

Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), anualmente se registran en todo el mundo 16 millones de embarazos adolescentes en mujeres que tienen entre 15 y 19 años. En Uruguay, el promedio anual para esa franja etaria es de 7.500 nacimientos según las cifras del Ministerio de Salud Pública, y de acuerdo a los datos divulgados a fines del año pasado el número no ha tenido variaciones significativas en los últimos 15 años.

El embarazo adolescente se asocia -según advierten técnicos de Uruguay y del mundo- a la desigualdad, a la pobreza, al abandono escolar y a una vida con poca proyección y limitada al ámbito doméstico.

Ahora bien... ¿cómo se le plantea a una adolescente con cara de felicidad que lo que ella siente y vive como un "logro" en su vida, en la sociedad en que está inserta se ve como algo no deseado y negativo? ¿Cómo alguien -un político, un médico o un burócrata- les dices a las muchas Giullianas que existen en Uruguay que lo que ellas desean (un hijo), no es "conveniente" tenerlo a los 15, 16 o 17 años? ¿Por qué Giulliana tuvo que jugar el "rol de mamá" a los 14 y abandonó la educación? ¿De haber seguido en el liceo su vida hubiera sido distinta? ¿Algún docente le iba a decir que el tener una vida profesional o laboral en su juventud le daría más satisfacciones que un hijo a temprana edad? ¿Algún docente le explicaría que abandonar el liceo es la receta perfecta para que conseguir trabajo bien remunerado sea tarea casi imposible? ¿La educación le supliría, -o "corregiría" en la cabeza de muchos- las carencias que ella arrastraba de su casa?

Giulliana sabía que podía abortar, y decidió no hacerlo. Giulliana sabía lo que eran los métodos antinconceptivos, y eligió no usarlos. Giulliana hizo uso de su 'libre albedrío', y concretó su deseo de ser mamá. Un aparente 'libre albedrío'.


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