Gracias, Tabárez

Para los de mi generación, clasificar a un tercer mundial seguido es un verdadero milagro. Lo que sigue es un caprichoso repaso que arranca en México 86

Antonio Alzamendi corrió, corrió y corrió. Lothar Matthäus había tirado la pelota para atrás y el "Hormiga" –rápido como pocos– aprovechó aquella oportunidad, de esas que caen del cielo y no se repiten. La bajó con la cabeza, eludió al golero y le pegó como pudo a la pelota, que rebotó en el travesaño y entró apenas unos metros en el arco. Era el 4 de junio de 1986 y a los 4 minutos Uruguay ya le ganaba 1 a 0 a Alemania en su debut en México 86.

Soy del 77 pero ese mundial es el primer evento futbolístico del que tengo recuerdos concretos. Cuando Alzamendi se mandó aquella carrera loca y heroica, en realidad yo iba en un escarabajo rumbo a casa. No pude ver el gol en vivo y en directo; tampoco recuerdo haberlo escuchado por la radio. Mi madre me había ido a buscar a la escuela y en medio del recreo me llevó a ver el partido. Cuando llegamos, Uruguay iba arriba en el marcador.

El resto del partido fue algo así como una tortura. El equipo de Omar Borrás intentó aguantar el resultado como pudo y sobre el final –en el minuto 84- Alemania empató y todo terminó con un más justo 1 a 1. Unos días después Dinamarca le pasó por arriba a Enzo Francéscoli y compañía, en el famoso 6 a 1. Aquel día no hubo cábala que valiera.

México 86 fue el primer mundial uruguayo en 12 años pero Borrás fue injustamente criticado y recibido en Carrasco como un perdedor, tras caer 1 a 0 en octavos de final con la Argentina de Maradona.

Aquellos días aprendí que con Uruguay los partidos se sufren, se padecen, pero rara vez se disfrutan.

El mundial de Italia 90 me agarró más grande y, con los primeros impulsos periodísticos, escribí una revista con las crónicas de los partidos. Vendía "la lectura" a los vecinos del barrio, por unos pocos pesos. El agónico cabezazo de Daniel Fonseca en la hora contra Corea fue la única alegría celeste en mi segundo mundial. Aquel día aprendí que con Uruguay no todo está dicho hasta el último minuto.

Después vino la larga década de 1990, sin mundiales y con las insólitas discusiones sobre si era mejor jugar con los de acá que la luchan o con los "repatriados" que están cómodos y viajan en primera clase. La fábrica de exportación de futbolistas ya marchaba a pleno y con ella el irreversible proceso de declive del fútbol local.

Luego pasaron las Eliminatorias para el mundial de Corea y Japón y el infame "Gracias Paco" en el Centenario. Pero avanzo rápido en el túnel del tiempo: llegamos a Sudáfrica 2010 y ese recuerdo que seguro nunca se va a borrar. La mano de Suárez, Asamoah Gyan que la tiró afuera, los penales y Abreu que la picó. El corazón a mil, impensados abrazos con quien sea, una alegría colectiva inmensa. Montevideo era una fiesta: ya teníamos una hazaña para contarles a nuestros nietos.

¿Cómo explicarles que uno puede mirar el mismo penal una y otra vez y se sigue emocionando, al borde de las lágrimas?

Enseguida vino la Copa América de 2011 allá en Argentina y el mundial de Brasil (el 2 a 1 a Inglaterra y la mordida de Suárez también se los voy a contar a mis nietos). Y ahora, Rusia 2018 (solo una catástrofe dejaría a la selección afuera). Para los de mi generación, clasificar a tres mundiales seguidos es un verdadero milagro. Lo normal es que Uruguay no vaya a los mundiales y, si va, es para sufrir.

Tengo 40 años. Desde que nací pasaron 10 campeonatos, pero la selección fue solo a cinco (en tres de ellos quedó eliminado en octavos, en uno en primera fase y en otro llegó a semifinales).

Todavía me cuesta entender que para los pibes de 15 años lo normal sea lo otro; ver a la celeste definiendo los mundiales. Y en todo eso hay bastante que agradecer a ese hombre terco y malhumorado que se llama Óscar Washington Tabárez. Ha logrado algo poco habitual en este país en cualquier área: llevar adelante un proyecto serio y coherente, guste o no. Ayudado por los resultados y por algunos jugadores de elite, obvio.

Si este martes ponen en el tablero del Centenario un mensaje que diga "Gracias, Maestro", nadie se debería ofender.


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