Grecia: una saga interminable

Luego de tres programas de rescate, el futuro del país europeo sigue siendo incierto

Por Alberto Bensión

Parece una historia de nunca acabar. Después de la crisis internacional del 2008 Grecia fue el primer país europeo que estuvo al borde del default. Para evitarlo, los países de la eurozona han financiado tres programas de rescate en los años 2010, 2012 y 2015 por un total de US$ 215.000 millones y los acreedores privados resignaron más de US$ 100.000 millones de sus derechos. Y sin embargo, aunque en menor medida que en aquellos tres años, el futuro de Grecia sigue siendo incierto.

El default fue evitado, pero a costa de un alto costo social: el PIB se contrajo en siete de los ocho años posteriores al 2008, acumulando una baja del 25%, la tasa de desempleo es ahora de 23%, los jóvenes más capacitados emigran, los bancos están cargados de préstamos morosos y la recaudación ha venido bajando. El devenir político no fue menos sombrío: a lo largo de este período, Grecia tuvo un referéndum, cinco elecciones, seis primeros ministros y nueve ministros de finanzas.

El más reciente capítulo de esta historia se inició en agosto del 2015, cuando Grecia recibió un tercer programa de ayuda por US$ 91.000 millones. Pero la revisión de mayo del 2016 comprobó el incumplimiento de algunas de las metas comprometidas, por lo que ambas partes se enfrascaron en una negociación, que fue demorada por los desacuerdos entre, por un lado, el Fondo Monetario Internacional (FMI) y los gobiernos de la euro zona y por el otro, entre ambos y el gobierno de Grecia.

El FMI sostiene que Grecia necesita de un alivio sustancial de su deuda para volverla sostenible, ante la oposición de los países europeos, que ya han le han aprobado facilidades sustantivas en forma de menores tasas de interés y períodos más extensos de amortización. Para estos, todo nuevo alivio de la deuda podría impulsar a los otros países deudores europeos al reclamo de una renegociación de las condiciones que están cumpliendo, además del temor de que le quite presión a Grecia para aprobar las reformas que aún están pendientes.

En particular, las diferencias más importantes radican en el logro de la meta de un superávit corriente de las cuentas públicas de 3,5% del PIB para el 2018. El FMI sostiene que ella es demasiado exigente porque ante su previsión de que el superávit no será mayor al 1,5%, Grecia estará obligada a aprobar nuevas medidas que limitarán su crecimiento, tales como la rebaja de las jubilaciones y del mínimo no imponible.

Aunque el año pasado parece que Grecia superó con cierta holgura la meta de superávit corriente del 0,5% del PIB, el PIB bajó 0,1%, frustrando la esperanza de las autoridades europeas y griegas sobre el inicio de la recuperación de la economía.

Pero pese a sus diferencias, los europeos y en especial Alemania insisten en que el FMI esté presente en la supervisión del programa, para no cargar en exclusiva con la responsabilidad de control del cumplimiento de las metas correspondientes. Por su parte, los griegos consideran que ya han procesado un ajuste social de proporciones, que no les deja espacio para nuevos sacrificios.

A pesar de todas estas diferencias, el pasado 20 de febrero las tres partes llegaron a un acuerdo provisorio para dar nueva vida al programa de rescate, que deberá ser perfeccionado antes del próximo mes de julio, que es cuando Grecia deberá pagar vencimientos por unos US$ 6.000 millones.

El gobierno del primer ministro Alexis Tsipras no tenía otra opción que la aprobación de las medidas de ajuste reclamadas por sus acreedores. De lo contrario no solo enfrentaría un default de consecuencias impredecibles, sino que además arriesgaba un llamado anticipado a elecciones, con la posibilidad de un triunfo del partido de oposición de centro derecha Nueva Democracia. A cambio, Tsipras logró una prórroga para el cumplimiento de la meta de superávit fiscal por un año más, hasta el 2019.

Por su parte, el FMI aceptó postergar su reclamo de un alivio para la deuda griega hasta el fin del nuevo programa de rescate.

Otros capítulos del acuerdo son de interés. En caso que la meta fiscal fuese alcanzada antes del 2019, el ajuste será aplicado igual, pero se podrán aprobar algunas medidas compensatorias, tales como una baja de los impuestos para mejorar la competitividad de la economía.

El programa también incluye una revisión de las normas de funcionamiento del mercado laboral y un nuevo sistema de solución de conflictos por fuera del sistema judicial. Tampoco habrá nuevas medidas fiscales del gobierno sin previa consulta con los acreedores, tal como ocurrió con la decisión unilateral de la pasada Navidad, de un pago adicional a los jubilados.

El detalle final de todas las medidas acordadas será determinado una vez que culmine el trabajo en curso de los auditores europeos y del FMI, que será sometido a la aprobación del Parlamento con carácter previo a la firma del acuerdo, para habilitar recién entonces el desembolso de los primeros fondos de ayuda. Será entonces que se sabrá si la incertidumbre de los últimos diez meses quedó atrás.

La Grecia de hoy parece condenada a revivir algunas de las tragedias más célebres de la época de oro de su teatro. Dos mil quinientos años después, hay una realidad en la que Alemania, el FMI y Tsipras están haciendo su trabajo a disgusto, mientras la sociedad sufre un sacrificio de proporciones para redimirse de sus excesos del pasado, aunque sin saber aún si hacia delante hay nuevas penurias o el atisbo de una luz de esperanza.


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