Guantánamo, Diyab y el legado de Obama

El penal es la mayor mancha de un gobierno que deja un legado triste en política exterior, a pesar de sus muchos aciertos a nivel interno

Guantánamo, Diyab y el legado de Obama


Como todo político norteamericano que aspira a la Casa Blanca, Barack Obama hizo en campaña una serie de promesas de política exterior. Sin embargo, a diferencia de sus predecesores, esas promesas fueron recibidas en el mundo entero con tal entusiasmo y esperanza, que lo hicieron acreedor al Premio Nobel por adelantado.

El compromiso de Obama en campaña era retirar a Estados Unidos de Irak, poner fin a la Guerra en Afganistán y cerrar el penal de Guantánamo.

En ese momento —después de ocho años de las políticas belicistas de Washington— aquello sonaba como un largamente postergado regreso a la sensatez. Obama era no solo el primer presidente negro de Estados Unidos, que había logrado despertar el entusiasmo de un pueblo que durante años había apoyado aquellas políticas que el mundo rechazaba. Era también el presidente que venía a cortar de tajo esas políticas, el hombre que por fin terminaría con las guerras de George W. Bush. Y la noche de la elección, aquel recordado 4 de noviembre de 2008, hasta en las estrechas celdas de Guantánamo un solo grito retumbaba: ¡Obama! ¡Obama! ¡Obama!

Una vez en la Casa Blanca, sin embargo, Obama se enfrentaría a todos los intereses, presiones y grupos de poder que conforman la compleja realpolitik de Washington. Le llevó tres años retirar las tropas de Irak; no ha podido cerrar Guantánamo; y aunque formalmente ha dado por concluida la Guerra en Afganistán, permanecen hoy en suelo afgano casi 10 mil efectivos del Ejército de Estados Unidos.

El tamaño de los problemas que le han surgido luego hace ver hoy a esos como menos graves. Pero Guantánamo sigue siendo el símbolo de la ignominia y el abuso en todo el mundo.

¿Qué ha ocurrido?

Lo primero que conviene recordar es que en 2010, Obama se dejó embarcar en llamada Primavera Árabe. Lo que lo llevó a las intervenciones en Libia y en Siria, que han causado una crisis de desplazados y refugiados sin precedentes en la historia de la humanidad, y que han desbordado las capacidades de absorción de Europa.

Para colmo, en Siria, no se logró la esperada caída del régimen de Bashar el Assad, quien se hizo fuerte en Damasco con el apoyo de su aliado ruso Vladimir Putin. Pero Obama siguió insistiendo e insistiendo con el "cambio de régimen". Una idea nefasta que no es de él (ni la reconoce como parte de su doctrina), sino que se trata de uno de los pilares fundamentales en la doctrina de los llamados neoconservadores, los mismos "halcones" que estuvieron a cargo de la política exterior de Bush y que hoy mantienen una marcada influencia en Washington.

Obama no ha sabido, o no ha querido, radiar a estos elementos de la toma de decisiones. Se trata de funcionarios, académicos y policy makers varios, nucleados en diversos think tanks y otros grupos con fuerte ascendencia entre la llamada "comunidad de inteligencia" (algo que Obama respeta mucho, tal vez demasiado) y que conforman lo que se conoce como "el establishment de la política exterior" de Washington. No es solo la presión de los republicanos en el Congreso lo que ha llevado a Obama a intervenir y persistir en todos estos conflictos. Más importante en sus decisiones ha sido la influencia de estos halcones entre funcionarios y jerarcas de su propia administración. Algunos de ellos, funcionarios de carrera, otros de confianza, pero que en el infinitamente transversal estilo de gobierno de Obama, han podido hacer valer sus ideas en ese Frankenstein errático que es la política exterior y de defensa de su mandato.

Eso explica por qué Obama a pesar de proclamar por un lado que su doctrina es el multilateralismo, la cooperación internacional y el restablecimiento de las relaciones con viejos enemigos de Washington como Irán y Cuba, por el otro persiste en estas políticas intervencionistas y de confrontación con Moscú que no han hecho más que allanar el camino para la expansión del Estado Islámico y convertir a Medio Oriente en un polvorín.

Pero con el frustrado cierre de Guantánamo, su falta de liderazgo y determinación ha llegado ya a límites inconcebibles.

Obama firmó el decreto para el cierre del penal en su segundo día en la Casa Blanca, y está terminando la presidencia con Guantánamo vivo y coleando. Desde el principio, en lugar de ordenar al Pentágono la clausura y a otra cosa, Obama dispuso una inopinada "fuerza de tareas" interministerial (conformada por funcionarios del Departamento de Estado, Defensa, Justicia y Seguridad Interior) para que trabajaran en el cierre de la mundialmente vergonzosa prisión.

Cualquiera hubiera advertido que esa era la receta ideal para que múltiples intereses, intenciones y propósitos entraran en juego, y que Guantánamo no cerrara nunca sus puertas. No, Obama. Así ha seguido funcionando (por así decirlo) el esquema hasta el día de hoy.

El resultado han sido años de tires y aflojes interministeriales, postergaciones en la agenda del propio Obama, leyes aprobadas por el Congreso para ponerle trabas a la medida y la siempre firme postura en contra del cierre por parte del Departamento de Defensa y todos sus titulares.

Según ha documentado la revista The New Yorker, a principios de 2014 Obama enfrentó a su entonces secretario de Defensa Chuck Hagel; y le dijo lo que debió haberle dicho desde el mismo día en que firmó el decreto: "Quiero que se haga esto, y lo quiero ya".

Pero Hagel contestó que "lamentaba decepcionarlo": El Congreso ya había puesto restricciones a las liberaciones (o más precisamente, "traslados", como les llaman), para lo que obviamente había tenido tiempo de sobra.

Y es que "traslado" define mejor lo que se ha hecho con los expresos de Guantánamo que "liberación", como vamos a ver.

En algún punto de la guerra política que desató la "fuerza de tareas", a un funcionario del Departamento de Estado, de nombre Daniel Fried, se le ocurrió que los traslados podían ser, además de a los países de origen de los reclusos (como se venía haciendo durante la administración Bush), a "terceros países".

Uno de esos pocos ha sido Uruguay, que recibió a sus seis ex Guantánamo en diciembre de 2014. Pero una de las condiciones de esos traslados (y que además, así se acordó también con Uruguay, según ha testificado el enviado del Departamento de Estado para el cierre de Guantánamo, Lee Wolosky, ante la Comisión de Asuntos Exteriores de la Cámara de Representantes) es que permanezcan dos años en el país de recepción sin poder salir. Algo que, por su condición de refugiados, va a totalmente a contramano del derecho internacional y, en este caso, de la propia legislación uruguaya.

De esto último no nos habríamos enterado de no ser por el ex Guantánamo Jihad Diyab, que decidió patear el tablero en Montevideo, escapar a Venezuela y poner en evidencia esa cláusula del acuerdo, hasta la declaración de Wolosky en el Congreso, secreta.

El asunto fue luego politizado por los republicanos en el Congreso, que el jueves pasado aprobaron un proyecto de ley para prohibir los traslados de Guantánamo. Obama ha dicho que lo vetará. Y lo más probable es que cierre definitivamente el penal antes de dejar la Casa Blanca en enero.

Pero ni siquiera así Guantánamo será recordado como uno de sus logros, sino justamente como el mejor ejemplo de su desventurada política exterior. En lo que deja un legado para el olvido, muy a despecho de sus significativos logros económicos y en la política interna de Estados Unidos.


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