Hablemos de educación

No será posible avanzar hacia el desarrollo social, económico y político sin mejorar sensiblemente los resultados educativos

Doctor en Ciencia Política, docente e investigador en el Instituto de Ciencia Política, Facultad de Ciencias Sociales, Udelar / adolfogarce@gmail.com

En estos meses, tan signados por la impostergable discusión acerca de cómo restablecer los equilibrios macroeconómicos, se han hecho muchas referencias a la “herencia maldita” del gobierno de José Mujica. No hace falta ser un especialista en el tema para comprender que aquellos polvos trajeron estos lodos, y que si el Frente Amplio hubiera manejado con más prudencia las cuentas públicas durante los años de bonanza no tendría que estar incrementando, ahora, justo ahora que la economía se frenó, la carga tributaria sobre la población. El déficit fiscal es un buen ejemplo de los problemas heredados por Tabaré Vázquez del gobierno anterior. Sin embargo, además de “bombas de tiempo”, el tercer gobierno del FA heredó del segundo algunas innovaciones de porte mayor (como la profundización del cambio en la matriz energética o la “revolución de los derechos”) y otras tantas buenas discusiones (que siempre son el punto de partida para el cambio en las políticas públicas).

Quiero detenerme en un aspecto particular del legado discursivo. Mujica hizo una contribución fundamental a la jerarquización del problema de la educación por parte de la ciudadanía. La educación se convirtió durante su presidencia en el segundo problema en importancia de acuerdo a los sondeos de opinión pública (ver gráfico). Los sucesivos acuerdos suscritos con los partidos de oposición durante su mandato le dieron todavía mayor resonancia a esta problemática. Como en otros asuntos, los resultados concretos obtenidos estuvieron por debajo de las expectativas generadas.1 Pero la centralidad cobrada por la temática durante este lapso obligó a todos los partidos a subrayar sus propuestas sobre política educativa durante la campaña electoral. Vázquez no fue la excepción. Comenzó su camino hacia su segundo mandato prometiendo incrementar el presupuesto para la educación (enero) y terminó su campaña electoral (octubre) presentando a Fernando Filgueira como su principal asesor en la materia.

Una de las pocas cosas buenas de 2015, un año malo por donde se lo mire (cambio de signo en el ciclo económico, escasa imaginación y capacidad de reacción en el gobierno), es que se siguió discutiendo sobre educación. Admito que el debate fue pobre: giró en torno al presupuesto y a la legitimidad de las movilizaciones gremiales (y el famoso decreto sobre la “esencialidad” de los servicios educativos). Pero lo que vino después fue peor. La educación, como problema y como solución, desapareció del discurso del gobierno y perdió mucho terreno en la agenda pública. La salida de Fernando Filgueira y de Juan Pedro Mir del Ministerio de Educación y Cultura señaló, en este sentido, un punto de inflexión. A partir de entonces la discusión se fue concentrando cada vez más en las revelaciones arrojadas por la Comisión Investigadora sobre la gestión de ANCAP, en las negociaciones multipartidarias sobre seguridad ciudadana y en el ya referido ajuste fiscal. De educación se habla demasiado poco.

Sin embargo, la educación fue y sigue siendo clave. No hay forma de explicar el progreso de Uruguay durante el siglo XX sin tomar en cuenta el enorme esfuerzo puesto en la construcción del sistema educativo. Y no será posible avanzar hacia el desarrollo social, económico y político sin mejorar sensiblemente los resultados educativos. Tenemos problemas muy graves de cobertura: de cada 100 niños que entran a primaria, 70 terminan educación media básica y solamente 41 el duodécimo grado.2 Tenemos problemas igualmente graves de desigualdad, como muestran sistemáticamente las evaluaciones estandarizadas de aprendizaje. No se reparará la fractura social que todavía subsiste (como demostró la reciente explosión de violencia en el barrio Marconi) sin un esfuerzo educativo extraordinario. No avanzaremos hacia una economía más “inteligente”, menos dependiente de productos primarios, sin calificar mucho más nuestra mano de obra. No construiremos una democracia de mejor calidad sin una ciudadanía más educada, más informada y con mayores niveles de discernimiento.

Hablemos de educación. ¿Cuáles son los planes del gobierno? ¿Qué piensa el Ministerio de Educación y Cultura? ¿Cuándo se realizará el Congreso de la Educación y qué se espera de él? ¿Cómo está atacando ANEP el tremendo problema de la deserción en la enseñanza media y qué planes tiene para el mediano plazo? ¿Se está avanzando o no hacia el cambio en el Estatuto Docente? ¿Cuáles son las políticas orientadas a minimizar la desigualdad en los aprendizajes y qué fundamentos tienen? ¿Qué haría la oposición si le tocara gobernar? ¿Qué coincidencias y diferencias tienen entre sí en materia de política educativa blancos, colorados e independientes? ¿Qué piensan, unos y otros, de la propuesta que acaba de lanzar Ernesto Talvi desde Ceres de construir más de 100 liceos como el Impulso o el Jubilar en las zonas con peores indicadores sociales de todo el país? Hablemos más de educación… antes que sea demasiado tarde.

1 Un análisis muy cuidadoso de avances y bloqueos en materia de política educativa durante el gobierno de Mujica puede leerse en María Ester Mancebo y Alexandra Lizbona (2016), “El statu quo en la educación obligatoria: entre la partidocracia, los sindicatos y el fantasma de la Reforma Rama”, en Nicolás Bentancur y José Miguel Busquets (coords.), El decenio progresista, Montevideo: Fin de Siglo.

2 Ver el excelente reportaje a Gustavo de Armas en el semanario Voces, no 520, 9 de junio de 2016.


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