Hay un problema con el tamaño de la comida

Un enorme tupper de comida ha salvado y ha ocasionado varios de mis problemas de alimentación

Uno va a una reunión y lo invitan con un cafecito. Recibe una tacita del tamaño de mi dedo gordo, le da dos sorbos y se acaba… Yo me quiero tomar una taza de verdad, cargada de café. La conversación dura una hora, el cafecito dura, máximo, cinco minutos –si viene caliente-. 

Luego, uno va a almorzar y, por ejemplo, se compra una milanesa en dos panes. Es por excelencia absoluta, para los que somos gordos y pasamos hambre; la mejor opción tamaño-costo. Pero se escapa el detalle que el amigo que la empaqueta le encaja un sobrecito de mayonesa.

¿Un sobrecito para comerme una milanesa en dos panes? Yo me bajo un tarro entero de mayonesa y otro de kétchup. Pero como el costo importa, la milanesa en dos panes se come con un sobrecito de mayonesa. En otras palabras, uno pasa el resto de la tarde necesitando una patada en el pecho para bajar la milanesa en dos panes, que de todas formas dedicará la tarde entera en digerirla silenciosamente.

Otro problema es cómo está dispuesta la comida, cómo está pensada por las rotiserías y supermercados del país: una porción de tarta no es suficiente y cuesta 70 pesos. Lo correcto sería tres, pero sumaría 210; es demasiado para pagar en una comida con sueldo de periodista. Entonces uno mira los platos. Los platos salen 150 y son una bandeja de morondanga, absolutamente insuficiente para llenar una muela. Una milanesa con puré, ¡me como 10!

Pero al final uno termina gastando algo así como 150 pesos y siempre pasando hambre.

Y no quiero ni hablar de la comida arriba de un avión. También me comería 10 bandejitas de esas.

A mí este tema me cansó; me cansó hace tiempo. Y me cansó con bastante rabia, debo decir. No hay cosa peor que laburar una vida entera frente a la computadora pasando hambre. Me cansó también gastar mucho dinero y ver que no rinde en la satisfacción estomacal. Y me cansó, claro que sí, estar repitiendo esa milanesa seca, sin mayonesa,

Por eso me compré unos tuppers del tamaño de un balde. Antes de salir de mi casa los lleno de comida. Puede ser sobras del día de ayer, puede ser una delicia que cocinó mi esposa –que me encargo de abultar cortando un tomate o agregando arroz  y salsa de soja-, o puede ser una desgracia cocinada por mí que nadie, nadie comería.

Esto me ha generado distintos problemas, porque en los comedores de las oficinas del Uruguay la gente vive un voyerismo fanático y mira con envidia, o con asco, o con asombro, o con cara de novedad el plato del otro.

En mi caso yo creo que mis amigos miran siempre con cara de novedad mi tupper, y en algunos casos, o en varios, con novedad y asco. Hasta rindió el nombre de un premio, “El tupper de Zanocchi”, en la fiesta de fin de año del diario del año pasado –a la mejor compañía para el almuerzo-; y tuve el honor de ganarlo.

Entonces frente a la ensaladita de tomate y lechuga cortada prolijamente, que acompaña una suprema de pollo, que tienen la firma de mi gran amigo Guillermito, yo caigo con mi balde. Y disfruto de cada bocado cargado de cantidades deliciosas de aceite de oliva, de salsa de soja, de pimienta negra -ante las preguntas y caras sorprendidas de los compas-; todo desprolijo, pero delicioso y especialmente: de gran tamaño. 


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