Hegemonías, fronteras y pasiones

Columna del politólogo Adolfo Garcé

Hace unos días miré en Youtube la extensa entrevista que Pablo Iglesias, el carismático líder de Podemos, le hiciera en su programa de TV, La Tuerka, a Chantal Mouffe, filósofa belga, referente teórico clave de las nuevas izquierdas española y griega 1. La entrevista es imperdible, de punta a punta, no solo porque ayuda a entender algunos de los principales problemas de la política europea sino por lo que sugiere para otros países, como el nuestro.

La animada conversación, que tocó muchos temas, tuvo como eje central la cuestión de la construcción de hegemonía. Desde los albores de la teoría política occidental en el mundo griego se sabe que no hay proyecto político más poderoso que aquel que consigue identificar su propia ideología con el “sentido común” (por algo a Platón le importaba tanto controlar a los poetas). En la teoría política contemporánea, el líder del Partido Comunista italiano Antonio Gramsci profundizó en estos asuntos y abrió una huella teórica muy profunda. Mouffe y Ernesto Laclau (su esposo argentino, fallecido el año pasado) le dieron un nuevo impulso a estas discusiones y lograron diseminarlas ampliamente en partidos y movimientos políticos de Europa y América Latina.

No es raro que en Europa estas nociones hayan logrado una audiencia importante. El problema de la “hegemonía del neoliberalismo” le quita el sueño a mucha gente. La domesticación de las izquierdas revolucionarias especialmente a partir de la caída del muro de Berlín y el desplazamiento hacia el centro de los partidos socialdemócratas en tiempos de crisis del estado de bienestar, dejó a muchos intelectuales y ciudadanos con la incómoda sensación de estar atrapados en una auténtica telaraña ideológica. Es que, a lo largo de las últimas dos décadas, ciertas ideas y creencias se convirtieron en “sentido común” y se plasmaron en las poderosas instituciones de gobierno de la economía de la Unión Europea.

Según Mouffe no hay forma de romper el maleficio del “proyecto hegemónico neoliberal” en Europa sin mirarlo a los ojos y confrontarlo. Hacer política, dice y escribe todo el tiempo, es “crear fronteras”. En este sentido, además de su deuda con el marxismo contemporáneo, admite la fuerte influencia de Carl Schmitt, filósofo alemán vinculado al nazismo, que consideraba que solamente había política allí donde un conflicto podía llegar a formularse en términos de “amigo-enemigo”. Según Mouffe no hace falta ir tan lejos como Schmitt. Sin embargo, para ella, es fundamental comprender que hacer política es elaborar identidades distintas, enfrentadas a las existentes. La política es confrontación, es construir un “nosotros” claramente enfrentado al “ellos”.

Los que, como Mouffe e Iglesias, en Europa, padecen la “hegemonía del neoliberalismo” y sueñan con un cambio político no trivial, miran con admiración el “giro a la izquierda” experimentado por muchos países de América Latina desde comienzos del siglo XXI. Consideran que estos procesos políticos ilustran muy bien cuál es la estrategia que deberían seguir quienes pretenden impulsar cambios en el viejo continente. No hay que amoldarse al consenso. Hay que construir una frontera, elaborar las diferencias y movilizar afectos y pasiones. Por eso mismo, miran con especial interés los procesos llevados adelante por las izquierdas que en nuestra región llamamos populistas. Es allí, sostienen, donde se han verificado los procesos de deconstrucción del sentido común neoliberal más intensos y efectivos. Es allí, además, donde los afectos y pasiones han jugado un papel más visible en la dinámica política.

En muchos de nuestros países, los que experimentan la incomodísima sensación de estar atrapados sin remedio en un laberinto son las derechas. El consenso neoliberal de los años 90 ha quedado atrás, sumido en el oprobio, cargando con las culpas más diversas. Mientras tanto, las ideas y creencias de las izquierdas se han vuelto sentido común. Esto es especialmente notorio en Uruguay. La excelente votación del FA tanto en octubre (primera vuelta) como en noviembre (balotaje) del año pasado ha sumido a dirigentes y votantes de los partidos de oposición en el desaliento. Blancos y colorados, colorados y blancos sienten que no pueden quebrar la hegemonía del FA.

Tengo la impresión que los líderes de la oposición en Uruguay ganarían mucho estudiando el fenómeno del Podemos (y analizando sus debates estratégicos) y leyendo a Mouffe. Si lo hicieran, en lugar de intentar mimetizarse con el FA con la esperanza de captar un puñado de votantes centristas distraídos, apuntarían sin vacilar a levantar una frontera bien clara entre gobierno y oposición. Es cierto que el FA, como el PT en Brasil, llegó al gobierno moderando su programa de gobierno. Pero el famoso giro “hacia el centro” complementó un proceso discursivo todavía más importante y mucho más visible por el público en general: la formulación de un “nosotros” claramente enfrentado al “ellos”. En este nuevo “nosotros” hubo mucho más que argumentos y razones: el FA se convirtió, al decir de Jaime Yaffé, en la “tercera divisa”. También por eso vale la pena leer a Mouffe: la verdadera política, la única que es capaz de cuestionar hegemonías, se hace movilizando afectos y desatando pasiones. l

 

(1) Ver: https://www.youtube.com/watch?v=BXS5zqijfA4

Doctor en Ciencia Política, docente e investigador en el Instituto de Ciencia Política, Facultad de Ciencias Sociales, Udelar

adolfogarce@gmail.com


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