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06

2012

La brevedad

La figurita N° 23 se llamaba “San Jorge, el dragón y el póster del Che Guevara" en alusión a ciertas decoraciones caseras demasiado previsibles.

Le faltaba una sola figurita para llenar el álbum que  fascinaba sus días y sus noches, y le resultó imposible contener la impaciencia que terminó por fatigar a su madre.
-Es el último sobrecito que te compro- le dijo con fingida severidad mientras le ponía cuatro monedas en la mano.

Esa última oportunidad que se le otorgaba para poder conseguir la única figurita que le faltaba - la N° 74, que era también la última del álbum- le provocó unas ganas tremendas de echar otra mirada al libro que alguna vez tuvo todas sus páginas en blanco.

La figurita N° 1 era de las que más le gustaba. Se trataba de un dibujo que, según informaban en el dorso del cromo, representaba una extraña molécula descubierta por científicos que indagaban el caldo de cultivo donde comenzó a hervir la vida en la tierra.

La colección no se ajustaba a ningún asunto en particular. En las láminas que ocupaban los pequeños rectángulos numerados, parecidos a diminutas lápidas blancas, había fotos, dibujos originales y reproducciones sin aparente relación.
Pero ese derrotero errático era lo que más lo entretenía.

Además, eran lindos los dibujos del caballo de madera y el del niño con sobretodo; entrañables el de la anciana y el de la antigua máquina de escribir; maravillosos el de la supernova y el de la máquina del tiempo.

Le divertía un cuadro copiado en la figurita N° 23 que llevaba por nombre “San Jorge, el dragón y el póster del Che Guevara" en el que un pintor español expresaba su desagrado hacia ciertas decoraciones caseras demasiado previsibles.
“Se conoce el caso de personas que cuelgan en las paredes El beso de Klimt sin reparar en el exceso", protestaba el artista desde la leyenda del cromo.

En cambio, otras ilustraciones le resultaban sombrías y apenas les echaba una mirada de vez en cuando. Era el caso de la reproducción del desaforado cuadro de un surrealista mexicano titulado “Un alertado insomnio de teletipo”.
Detestaba absolutamente una lámina gris e inútil - la N° 73, la penúltima- que fue difícil de conseguir, no tenía nada escrito y le provocaba cierto desasosiego.

Tampoco fue fácil encontrar la figurita doble en la que una muchacha y un hombre de mediana edad se miraban a los ojos. Sin más explicaciones, en el dorso decía: "Ellos se encontraron cinco veces. Tres veces se desnudaron y dos no. Propiciaron cuatro conversaciones. Ella demoró en llamarlo. Pero él no pudo evitar discar - la palabra es vieja y el error también- y se dispuso a padecer los infinitos días que agobian a los enamorados sin esperanza”.
Cada vez que miraba las caras de la pareja le llegaba un lejano aroma parecido al del chirriante jugo del limón mezclado con el del incienso maduro.

Otra lámina que le había costado muchísimo conseguir era la del retrato del naturalista griego Teofrasto quien murió a los 106 años, en el 287 antes de Cristo, lamentando la brevedad de la vida.

Pero la recolección de cromos se acercaba al final. Había sido ardua, a veces grata, en ocasiones decepcionante - en su memoria bailaban una cantidad de figuras repetidas- aunque siempre tuvo la sensación de que era imposible interrumpir la tarea.

Ahora tenía entre sus manos el último sobre prometido y se dispuso a abrirlo con las manos temblorosas y el cigarrillo a punto. Entreverada entre cuatro figuritas, estaba la que durante mucho tiempo había buscado sin suerte. La excitación lo reavivó como una hormiga secada al sol.

Puso la lámina en su lugar y ensayó un definitivo hojeo usando el dedo pulgar para liberar vertiginosamente las páginas de atrás hacia delante. Entonces hundió su mirada en esa última e inevitable figurita - ¿quién había encontrado a quién?- que le llenó los ojos. En innecesaria alegoría, el álbum se cerró tras caer de esas manos que completaron el camino por el que aún transitan otros coleccionistas.

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