Homenaje a Zitarrosa: qué pena

Las excelentes presentaciones no pudieron salvar a un espectáculo donde faltó continuidad y producción

Por más bien intencionado que sea un homenaje a un artista fundamental y por más excelentes que sus participantes sean, hay aspectos que fácilmente pueden arruinar un espectáculo.

La carencia total de continuidad, los micrófonos abiertos que develaban la interna tras bambalinas, las equivocaciones a la hora de presentar a los intérpretes y las pantallas que fallaban en ilustrar el espectáculo a las plateas más alejadas. Todos estos fueron aspectos que afectaron a Zitarrosa 80, el homenaje realizado el viernes pasado en el Estadio Centenario a un artista cuya obra mantiene un peso ineludible en el público y la comunidad artística.

El espectáculo en su totalidad-duele decirlo- no estuvo a la altura de la importancia de su homenajeado. Dirigido artísticamente por Fernando Cabrera y organizado por la empresa Producciones Culturales, el show, compuesto por 28 presentaciones, tuvo altibajos. La enorme mayoría fueron brillantes y emotivos, sí, pero otros fueron actos fallidos. Y un show de este tamaño no se sustenta solo con el nombre de sus artistas.

Sobre el escenario, las canciones pasaron una tras otra sin un hilo conductor más que el silencio. Las pantallas mostraban ilustraciones de guitarras del artista Martín León Barreto mientras los técnicos reacomodaban la amplificación con el escenario en penumbra. Durante esos momentos, en el público dominaba un silencio sepulcral, que se podría entender como un ensayo de respeto. Por esto, a lo lejos escuchaban risas y gritos de quejas del público debido a la poca visibilidad de las pantallas que, dicho sea de paso, por momentos en cada presentación exhibían visuales en lugar de a los propios artistas.

Pero lo que sonaba incluso más fuerte, tanto en el silencio como en algunas de las presentaciones, eran las aspas de algún drone cuando pasaba por encima del público. En suma, estos pequeños fallos hicieron que la celebración por momentos alcanzara una innecesaria atmósfera sombría y errática.

Los artistas eran presentados con carteles en las pantallas grandes, indicando la canción que interpretarían. Algo que parece a prueba de cualquier error, también falló. Por ejemplo: en determinado momento de la noche se presentó la canción Milonga madre con la voz de Joan Manuel Serrat, pero para cuando explotó la ovación dedicada al catalán, era el olimareño Pepe Guerra quien se preparaba en el escenario para interpretarla.

A fuerza de errores, el transcurrir del evento fue atentando contra la emotividad que generaba ya desde la previa.

También justo es decir que muchos músicos se ganaron lágrimas y ovaciones. Desde la interpretación de Cristina Fernández en Para Manolo, pasando por la electrizante y emocionante versión de Adagio en mi país de Christian Cary, que levantó la primera gran ovación. Los inigualables Daniel Viglietti, Numa Moraes y el mencionado Joan Manuel Serrat (que se adueñó del escenario y del estadio a fuerza de carisma). Las perfectas guitarras de los históricos laderos Toto Méndez y Julio Cobelli, y los arreglos de Fernando Condon también se destacaron junto a la enorme interpretación de la argentina Liliana Herrero, cuya presencia en El violín de Becho y La desvelada fueron grandes puntos altos. Sorprendió también Emiliano Brancciari, cuya voz demasiadas veces se esconde tras su guitarra cuando toca con No Te Va Gustar. Malena Muyala y su interpretación de Milonga para una niña fue otro pico alto del show y la versión de Martín Buscaglia y Lisandro Aristimuño de Los dos criollos fue sin dudas lo más arriesgado, moderno y triunfante de todo lo que sonó esa noche. Tania Libertad, por su parte, fue la única que se animó a decir algo más que gracias.

Por otro lado, la voz del otro olimareño Braulio López demoró en entrar en calor pero logró redimirse para Pa'l que se va. Asimismo, la percusión de Albana Barrocas en ese tema fue inaudible. Por su parte, Pepe Guerra tuvo que leer todas las letras que interpretó en la noche, cosa que dio un toque de desprolijidad al evento. El recitado de Guitarra negra, por Julio Calcagno y Muyala, comenzó bien pero trastabilló cuando los intérpretes debían recitar al mismo tiempo. La versión de A José Artigas de Juan Campodónico, Luciano Supervielle y Gabriel Casacuberta era prometedora, pero la voz de Campodónico no pudo llegar a las notas de Zitarrosa. El sonido rebotaba en las plateas traseras y creaba eco. Y quedó también el final con Candombe del olvido, que en lugar de emocionar fue -precisamente- olvidable: un coro dispar con participantes que desafinaron y, una vez más, olvidaron la letra (el mayor infractor en este caso, Washington Carrasco).

Zitarrosa 80 fue una oportunidad desaprovechada que se apoyó demasiado en los nombres y en el poder intrínseco de sus canciones, pero que desatendió su presentación y la prolijidad que requiere una producción tan ambiciosa, en un escenario como el Estadio Centenario, y con entradas cuyo valor impone exigir más. Incluso pecó por no recurrir al mismo Zitarrosa hasta el final: el legendario homenajeado no apareció en las pantallas gigantes salvo en el principio y al final del evento.

A pesar de contar con excelentes músicos e interpretaciones, las fallas tiñen ahora el recuerdo. Tal vez con el tiempo, la memoria elija quedarse con la emoción.


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