Homo economicus vs. homo sapiens: Aversión a las pérdidas y eficiencia del gasto: Jugando con el tiempo

Tarde lluviosa de domingo. Quedo con unos amigos para jugar al Monopoly y pierdo la primera partida. Obviamente, ¡quiero la revancha! Vuelvo a perder... quiero otra más. Siendo realistas, nunca he sido buena al Monopoly y probablemente pierda de nuevo. ¡Pero tengo que ganar al menos una partida para quitarme esta sensación de derrota! Mi amigo Cecilio, que ya lleva ganadas unas cuántas, empieza a aburrirse. Y es que el placer que a él le reporta ganar, no es nada comparado con el sufrimiento que a mí me provoca perder. Este fenómeno, con el que muchos os sentiréis identificados, se llama aversión a las pérdidas: el psicólogo Amos Tversky, junto con el Nobel de Economía Daniel Kahneman, fueron los primeros en demostrarlo científicamente, probando que el dolor de perder algo es aproximadamente el doble que la felicidad que se deriva de ganarlo.

Aunque según la "teoría de la utilidad" de la economía tradicional, una ganancia o pérdida de la misma cuantía debería reportarnos un aumento o disminución de satisfacción de exactamente el mismo tamaño, para el ¨homo sapiens" esto no es así.

Conocer este sesgo de racionalidad y algunos principios que se derivan del mismo, puede ayudar a diseñar políticas de gasto más eficientes.

Primer principio: el orden de los sumandos afecta el resultado

Presentar un incentivo como una pérdida o una ganancia puede conducir a resultados muy diferentes, y para ello, el marco temporal juega un papel clave. En un experimento conducido en nueve escuelas de Chicago, a algunos maestros se les prometió un bono al final de año si sus alumnos cumplían con ciertos objetivos. A otro grupo de características comparables se les dio un bono de la misma cuantía pero por anticipado: si los alumnos no alcanzaban estos objetivos deberían devolverlo. Los estudiantes del segundo grupo mostraron una mejora en los tests de matemáticas equivalente a aumentar la calidad del profesor en una desviación estándar. Similares conclusiones se derivan de un experimento con los trabajadores de una fábrica en China: aquellos a los que se les presentó el incentivo como una pérdida resultaron un 1% más productivos que a los que se les presentó como una ganancia, y los efectos persistieron en el tiempo.

Este principio, además de resultar aplicable en el diseño de esquemas de retribución por resultados en la región, también podría serlo para el diseño de programas de transferencias condicionadas. Un ciudadano va a estar probablemente más inclinado a cumplir con las vacunaciones previstas, o con llevar a los niños al colegio, si percibe la transferencia como una pérdida que como una ganancia. Si bien anticipar el incentivo monetario puede no resultar siempre factible (por ejemplo, por problemas de cash-flow o dificultades para gestionar la devolución), existen fórmulas alternativas de hacerlo. Por ejemplo, podría retenerse el importe en una cuenta de titularidad del beneficiario, que se liberaría al final del año si se cumplieran los objetivos, pero que se retiraría de no cumplirlos.

Segundo principio: lo que ya poseo tiene más valor, sólo porque yo lo tengo

La aversión a las pérdidas, además, es relativa: depende del punto de referencia del que se parte. ¿Cómo te sentirías si te dijeran que has ganado la lotería y luego descubrieras que era un error? Seguramente, preferirías que nunca hubiera ocurrido; y es que perder algo que ya se posee, o que creemos poseer, todavía duele más. Este fenómeno, denominado "efecto dotación" explica por qué es tan difícil revertir ciertos gastos inflexibles como programas de subsidios y transferencias, aunque ya no sean necesarios.

La reforma de programas de subsidios es de hecho un tema de frecuente preocupación en la región, no solo por el peso en las cuentas fiscales, sino porque además suelen beneficiar a sectores de altos ingresos de la población. Sin embargo, estas reformas resultan altamente impopulares, incluso cuando la transición se hace con mecanismos de compensación hacia los más pobres. En El Salvador, por ejemplo, la eliminación del subsidio al gas licuado en 2011, complementada con un programa compensatorio de transferencias, fue muy controvertida pese a que dos tercios de la población resultaban beneficiados, y en particular los más pobres. La falta de información adecuada, junto con el "sesgo negativo" que hace que las malas noticias se procesen con más intensidad que las buenas (y que explicaría que a algunos encuestados les venían con más facilidad a la mente ejemplos del impacto negativo que de impacto positivo de la reforma), son algunos de los factores que explican el porqué del rechazo a la reforma.

Pero otro factor que podría contribuir a entenderlo es que la pérdida del subsidio se hacía más latente que la ganancia de la transferencia que lo reemplazaba. En la reforma de subsidios de Irán de 2011, el gobierno logró aliviar este sentimiento de pérdida jugando con los plazos de sustitución del subsidio por la transferencia. Se abrieron cuentas bancarias para cada familia en las que se depositó la primera cuota de la transferencia, pero aunque el beneficiario pudiera velra, el importe no podía retirarse hasta que así se indicara. El 18 de diciembre de 2010, el presidente Ahmadinejad anunció la eliminación de los subsidios a la energía, haciéndolo coincidir con la liberación de los fondos de la transferencia. Para los más pobres, el entusiasmo de contar con esos fondos extra superó el sentimiento de pérdida asociado con la subida de los precios.

Los plazos son importantes: pueden determinar la percepción de un incentivo como una ganancia o una pérdida, y por ende, determinar la eficiencia del gasto público. Es por ello que, como dice el renombrado economista Sendhil Mullainathan, deberíamos dedicar tanta energía intelectual a la elección de políticas como al detalle del diseño de las mismas.

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