Hoz y martillo en clave punk

Limónov es la biografía que escribió el francés Emmanuel Carrère sobre la fabulosa vida del poeta buscavidas y dirigente político ruso que atravesó Moscú, Nueva York y París con su huella
El mundo en blanco y negro de la Unión Soviética a comienzos de los setenta vio emerger en las calles de Moscú a un hombre flaco, alto, fornido en músculos, con botas estilizadas de taco y trajes de colores. Se llamaba Eduard Limónov. Era un poeta de provincia pero se había llevado al ambiente intelectual por asalto. Se dejaba fotografiar en frac con su esposa desnuda a su lado. Un Bowie en clave camarada. Un Lennon detrás de la cortina de hierro. Un rockstar sin nomenklatura. Un disidente del sistema, un inconformista, un rebelde con varias causas: la primera, ser famoso.

Para que el mundo hablara de él debía salir del hielo comunista. Viajó hacia los opuestos: Nueva York, centro del mundo capitalista y consumista. Su ojo afilado y su lengua ajena al inglés lo dejaron en territorio lumpen. Proletariat? Para nada. Se revolvió para llegar a encamarse con la empleada de la mansión de un millonario. Trepó a una cima desde donde veía la pobreza y la decadencia a su alrededor.

Si las ciudades eran campos de batalla social, el cuerpo y el corazón lo eran de las sensaciones. Las mujeres llegaron y se fueron, como cantaba entonces Stevie Nicks. ¡Y vaya si la lluvia lo limpió! Anduvo con pordioseros, se dejó abusar por traficantes, transgredió varias fronteras y lo puso todo por escrito. Jean Genet, Marcel Proust, Ernest Hemingway y algún otro confesor de papel latían detrás del joven de campera de cuero negra y camiseta raída de Los Ramones, con peinado navajo, lengua incisiva y primus en el cuchitril a donde cayó.

Luego tocó París, la capital de las capitales, el ombligo de la fama. Editó, lo publicaron, lo leyeron, deslumbró a una pequeña tribu, se volvió fetiche para algunos. La fama llegó a la madre patria, que cuando desmoronó su carcasa soviética lo abrazó como a un hijo pródigo.

Hambriento y fagocitador, buscador de aventuras, sus delirios ideológicos lo llevaron al frente en las guerras de Yugoslavia, a favor del bando serbio contra croatas y bosnios. Se dejó filmar disparando un fusil sobre la sitiada Sarajevo, para escándalo de los circuitos intelectuales europeos bienpensantes.
En Rusia fundó el partido nacional bolchevique, una mezcla explosiva de nostálgicos comunistas con jóvenes neofascistas, bandas de rock y poetas de submundo, que odia a Putin y su régimen y han sufrido la represión y la cárcel. Quiso iniciar una dudosa revolución con diez seguidores en perdidas montañas de Asia Central y la policía del gobierno lo redujo en un santiamén. Encerrado dos años, Limónov descubre el yoga, la meditación, la ausencia de sentimientos terrenos, la contemplación y la redención.

En casi 400 páginas, el francés Emmanuel Carrère desmenuza esta vida increíblemente real, explora sus meandros, acompaña el camino de este hombre que hoy, a los setenta y pico de años, continúa su batalla personal labrando un destino de lucha sobre la tierra.

El destino de Limónov es una perfecta y alucinógena radiografía de la vida de Rusia y de Europa en el último medio siglo. Qué extraño es ver hoy su figura de pelo canoso y perita similar a Lenin, inevitablemente encorvado con la edad, con aspecto frágil. Porque si hay una palabra que el relato de Carrère aleja una y otra de Eduard Limónov es la fragilidad. Incluso en los momentos más acuciantes (que los tuvo en toneladas), el tipo se sobrepone a base de absorber el dolor y la humillación, como un buen boxeador. La distancia entre la vida en las páginas y el presente funciona para Carrère como el acto de un mago.

Limónov es un ejemplo formidable de cómo novelar una experiencia vívida, genuina. El mérito del francés es poner al lector muy cerca (escuchando, oliendo, sintiendo) de esa fuerza volitiva que se calzaba la campera del Ejército Rojo y salía a las calles del mundo a gritar sus diatribas.

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