Iggy Pop: pura energía

La leyenda del rock, el "padrino del punk", llegó por primera vez a Montevideo y dejó un show inigualable

Es difícil transformar la energía en palabras. Pero para definir lo que fue el primer show en Montevideo de una leyenda como Iggy Pop, hay que al menos intentarlo.

Lo que sucedió este miércoles en el Teatro de Verano fue energía pura, historia viva y rock crudo. Un evento impresionante, que dejó una sensación similar a la de meter los dedos en el enchufe: shock y hormigueo, todo en realidad causado por la felicidad.

No importaba si se era un fan acérrimo del músico desde el comienzo o un seguidor circunstancial que conoce los hits. El poder de Iggy Pop es ineludible y su seducción atrapa. El músico arrebató el escenario, la fosa y el público, y no lo soltó hasta dos horas después. Fue imposible no caer bajo el encanto de un frontman tan carismático, unas canciones tan imponentes y una voz sin edad.

Los músicos que lo acompañaban, el impecable cuarteto conformado por Kevin Armstrong, Seamus Beaghen, Ben Ellis y Mat Hector, no terminaban de enfundarse los instrumentos cuando Pop apareció –en carne, hueso y rock, jean y torso desnudo– para alborotar el teatro y propinar tres duros golpes a la emoción: I Wanna Be Your Dog, The Passenger y Lust For Life. Desde el inicio dejó constancia de que no se guardaría nada para el final. Un principio atómico dio lugar a un desarrollo lleno de matices: la crudeza directa de 1969, la viñeta pop de los 80 con Real Wild Child (Wild One) y los pasajes nocturnos y casi sombríos de Sister Midnight y Nightclubbing.

El músico solo en un momento pareció tomar un respiro de su incansable interpretación, su arrojo hacia el público, sus pasos de baile y saltos tan únicos: agarró una silla, pero no duró ni media canción quieto.

Pasada la mitad del show, hubo un corte que tampoco duró demasiado. El trabajo fino de Iggy Pop se basa en no dejar que nadie afloje, que el público se dé cuenta de que está cansado, y convencernos a todos que nosotros también tenemos la misma energía que este hombre de 69 años que no para. Que no puede parar. Que sigue queriendo tocar a sus fanáticos después de la hora de show; que sigue saltando y sonriendo con los temas que toca desde hace dos, tres, cuatro décadas. Que declaró "soy uruguayo" y salió vistiendo la camiseta número 9 de la selección, y se deshizo de ella minutos después para volver a su estado natural.

La segunda parte fue una seguidilla sin respiro. Terminaba Search and Destroy y seguía con Gardenia. Los últimos acordes de Loose se enganchaban al grito de "¡go, go, go!", con Raw Power. Y No Fun, guardada para el final como antítesis de todo lo que sucedió antes. Seguida por el último bis, la romántica Candy, que le dio después de tanto salvajismo esa cuota crooner que el cantante en ocasiones saca a relucir.

Rozando la medianoche, Iggy Pop hizo las últimas reverencias y se despidió del teatro repleto. Uno quedó con el cuerpo entumecido y la cabeza zumbando después del choque recibido, pero con la conciencia clara de haber visto en vivo un poder inigualable.

Antes de Pop

Hay que destacar el trabajo de Hablan Por La Espalda, que presentó un set compuesto de sus temas más cargados, como Macumba, El ciervo, Calor en el pecho, Colgado de aleta y Cabeza de moto. El grupo cumplió deber moral e invitó a su colega y amigo Marcos Motosierra, autoproclamado "Iggy Pop uruguayo", para acompañarlos en un tema.


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