Incógnita después de Dilma

Con Dilma Rousseff desalojada de la Presidencia por el Parlamento, Brasil necesita empezar a buscar estabilidad política

Con Dilma Rousseff desalojada de la Presidencia por el Parlamento, Brasil necesita empezar a buscar estabilidad política, a salir de su profunda recesión y a recuperar el prestigio perdido. Lograrlo depende de cómo actúen quienes tomen el timón. El país tiene economistas y administradores de primer nivel. Pero persiste la incógnita en torno a un sistema político golpeado por pavorosos escándalos de corrupción, que involucran a dirigentes de todos los partidos principales. En la redada de procesamientos, condenas de cárcel o denuncias fundadas de irregularidades financieras no solo han caído altos dirigentes del socialista Partido de los Trabajadores en más de una década de gobierno, sino también la presidenta y su mentor, y primera figura nacional, Luiz Inácio Lula da Silva.

El vicepresidente Michel Temer, cuyo partido centrista PMDB primero apoyó y luego combatió a Rousseff, asume la jefatura del gobierno durante los seis meses de suspensión de la presidenta. Si el Senado la convierte en destitución definitiva, Temer gobernará hasta el fin del período, en enero de 2019, a menos que se convoque antes a elecciones anticipadas. Pero el nuevo presidente interino está acusado en la Justicia de participación en las defraudaciones por miles de millones de dólares en perjuicio de Petrobras, lo que debilita su administración. La misma penumbra de corrupción envuelve al socialdemócrata Aécio Neves, estrechamente derrotado por Rousseff en la elección de 2014 y para muchos la figura futura más esperanzadora. Y Eduardo Cunha, el poderoso presidente de la Cámara de Diputados que propulsó el movimiento de impeachment contra Rousseff, ha sido suspendido de su cargo por la Corte Suprema de Justicia bajo el cargo de estar envuelto en los chanchullos de Petrobras y haber intentado obstruir que se investigaran los contratos con sobreprecios y las coimas millonarias en la gigantesca petrolera estatal.

La suspensión de Rousseff, por otra parte, se produjo en medio de vaivenes partidarios de opereta. Primero la Cámara de Diputados aprobó habilitar el juicio de destitución de la presidenta en una sesión en la que los legisladores explicaban su voto a gritos con argumentos de vodevil. Después Waldir Maranhão, sucesor de Cunha, pareció darle un respiro a la presidenta al suspender esa votación y volver todo a fojas cero. Pero cuando el Senado confirmó que igualmente seguiría adelante con el juicio político y cediendo a presiones de su partido, Maranhão dio marcha atrás sin explicación alguna y validó el voto de Diputados que había anulado pocas horas antes.

Pese a este horizonte, los mercados y la mayoría de la población reaccionaron con optimismo y alegría a la suspensión de Rousseff. Queda ahora por delante tornar sustentable esa reacción. Solo se logrará si la nueva conducción del país es capaz de hacer los duros ajustes indispensables para atenuar dos años de recesión, con casi el 4% del Producto Interno Bruto de resultado negativo, y si puede mitigar la crisis política y dejar atrás el baldón de la corrupción en gran escala, enquistada en el espectro político. Brasil tiene capacidad económica y figuras competentes, además de las cuestionadas, para avanzar hacia esas metas. Pero para lograrlo, deberá ante todo recuperar la confianza perdida, y como elemento clave deberá fortalecer su institucionalidad, dañada por los casos de corrupción y por un impeachment llevado a cabo con dudosa base jurídica.


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El Observador

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