Independencia y República

En América Latina la república tuvo, como dijo perfectamente Juan Bautista Alberdi, un "origen involuntario"

Hace muy pocos días, el 9 de julio, en Argentina celebraron los 200 años de la Declaración de Independencia de las Provincias Unidas proclamada en el congreso reunido en Tucumán. El lunes pasado, 18 de julio, los uruguayos celebramos los 186 años de la jura de nuestra primera constitución. Muy pocos días, algunos años, unos cuantos kilómetros de orilla a orilla del Río de la Plata separan dos anhelos que acá, como en toda América Latina, nacieron juntos pero siguieron trayectorias muy distintas: independencia y república.

Carlos Marx afirmó que “la humanidad no se propone tareas que no pueda acometer”. En el caso de América Latina no es cierto. A principios del siglo XIX, luego de las guerras de independencia, los latinoamericanos nos propusimos construir repúblicas pero fracasamos estrepitosamente. Llevamos dos siglos de ensayos y de errores, asediados por dictaduras de minorías o de mayorías, respirando cada tanto algunas bocanadas de libertad entre guerras, guerrillas y golpes de Estado. Algunos países, los más afortunados, como Uruguay, debieron esperar un siglo para sentar las bases de un régimen republicano propiamente dicho. Otros, la mayoría, todavía siguen penando. Es posible que hace doscientos años estuviéramos preparados para la vida independiente. Pero es seguro que no estábamos preparados para autogobernarnos.

En América Latina la república tuvo, como dijo perfectamente Juan Bautista Alberdi, un “origen involuntario”: “Lo que el pueblo eligió y abrazó fue su autonomía, su independencia para lo que es darse un gobierno. (…). Separarse de España o de su rey, era quedar sin rey en el hecho, pero no era proclamar la república, ni aun implícitamente. La separación no tenía por objeto abolir la forma monárquica, sino quedar independiente. Se desconocía al rey en busca de la independencia, pero no se abraza la independencia en busca de la república. Quedar sin rey, no era quedar republicanos. La república no consiste en la simple falta o ausencia del rey. Un pueblo monárquico de contextura y de complexión, no deja de ser monarquía porque le falte el rey. Es una monarquía acéfala, vacante o sin gobierno: pero no es una república” (Alberdi 1970:150-151)1.

Por eso mismo, la primera reacción de los “padres fundadores” de nuestras repúblicas… no fue republicana sino monárquica. De acuerdo al testimonio de Alberdi, el 6 de julio de 1816, Manuel Belgrano habría dicho: “En mi concepto, la forma de gobierno más conveniente para estas provincias sería la de una monarquía temperada” (Alberdi 1970: 277). Según Natalio Botana, esa mañana Belgrano argumentó que “el espíritu general de las naciones” había experimentado una “mutación”: si en años anteriores el desafío era “republicarlo (sic) todo, en el día se trataba de monarquisarlo todo” (Botana 2016: 126)2. En verdad, ya había plasmado esta convicción en 1815 cuando formuló el proyecto de Constitución para el “Reino Unido de la Plata”, un diseño institucional fuertemente influido por el modelo de la monarquía parlamentaria inglesa.

Este modelo, aceptado por Bernardino Rivadavia, fue puesto sin éxito a consideración de Carlos IV.

En el Congreso de Tucumán, el que proclamó la independencia y empezó a discutir la reorganización de las instituciones políticas del viejo virreinato del Río de la Plata, predominaban los partidarios de la monarquía como recientemente documentó Botana (2016:132). El problema, en todo caso, era definir sobre qué cabeza calzar la nueva corona. El propio Belgrano, esta vez sin el apoyo de Rivadavia pero con la simpatía de José de San Martín (otro héroe de la independencia devenido monárquico), impulsó la coronación de un descendiente de la dinastía incaica: “la destitución de esta casa tan inicuamente despojada del trono” despertaría, según él, “el entusiasmo general (de) los habitantes del interior” (Botana 2016: 127). La exótica solución “incaica” fue perdiendo fuerza en el congreso.

Finalmente, la Constitución de las Provincias Unidas dictada en 1819 optó por un director supremo. Pero la tradición monárquica no desapareció. Se vació en un molde nuevo. Ni en el Río de la Plata ni en el resto de América Latina encontramos a quién coronar. Presos de nuestra historia no supimos hacer otra cosa que inventar “reyes con el nombre de presidentes”. No conocíamos otra forma de vivir en paz que no implicara someternos a una autoridad todopoderosa e inapelable. No tengo más remedio que seguir citando a Alberdi: “La forma de gobierno de cada país deriva de su pasado, es un legado de su historia” (1970: 223). Por eso, “No es paradoja el decir que en América, bajo la república nominal, existe el monarquismo tan arraigado en los usos, como la democracia existe en los usos de la Europa, bajo la monarquía rutinaria y visible” (1970: 199). Hicimos, después de la independencia, lo único que sabíamos hacer: concentrar y centralizar el poder, y jurar casi siempre en vano obedecerlo.

Logramos, sí, la independencia. ¿Y la república?

1 Ver: Juan Bautista Alberdi, La monarquía como mejor forma de gobierno en sud américa, Buenos Aires: A. Peña Lillo, 1970, p. 150-151. Texto escrito entre 1861 y 1863, editado por primera vez en 1896.

2 Ver: Natalio Botana, repúblicas y monarquías. La encrucijada de la independencia. Buenos Aires: Edhasa, 2016, p. 126.


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