Información siglo XXI

Columna de opinión publicada en El Observador Agropecuario
Por Luis Romero Álvarez, especial para El Observador

Hace más de medio siglo, Uruguay iba en punta a nivel internacional en materia de información de uso agropecuario. Teníamos todo el país bajo foto área en 1966/67 y la Comisión Nacional para el Estudio Agroeconómico de la Tierra había creado los índices Coneat que hasta hoy usamos. EEUU estaba lejos atrás, por ejemplo; todavía no tenían su país fotografiado y ni hablar de un índice de productividad del suelo. Mucho ha cambiado desde entonces en el mundo y poco ha cambiado aquí.

El Coneat es un índice que mide los suelos exclusivamente en su capacidad de producir carne y lana; por eso los buenos suelos arroceros muestran índices muy bajos, aunque producen 10 toneladas de arroz por hectárea y dejan praderas en rotación de primera mil veces más productivas que los campos naturales antes del arroz (la inundación cambia la dinámica del fósforo en la tierra y multiplica el potencial productivo del muy limitado suelo original).

Los mejores suelos forestales son muy arenosos y de bajísimo Coneat, aunque allí la forestación genera rentas parecidas a las de la soja en su mejor momento. Es obvio que el Coneat ha sido un instrumento extraordinario pero con limitaciones.

Mi padre trabajó en la comisión creadora del Coneat y 30 años después me tocó a mí como director de Política agraria encontrar un error en su fórmula; apareció un campo con 600 de índice, lo que era evidentemente un error, que venía de un factor de potenciación que tenía la fórmula por estar el campo sobre ruta nacional (ese campo estaba sobre dos rutas nacionales y el factor se disparaba sin razón productiva válida).

Luego, hace 20 años, me tocó visitar Iowa, el corazón agrícola de EEUU, y ver cómo manejaban la información allí. Llevaban una especie de Coneat en esteroides, que no solamente registraba el potencial del suelo sino que gracias a los análisis de suelo anuales lo iba moviendo según la evolución de materia orgánica, nutrientes, estructura, etcétera.

Nuestro Coneat era una foto del pasado, el sistema de Iowa era una película que nos traía hasta el presente. Hoy, con la potencia informática que existe, podemos dar un paso más y modelar el futuro de la evolución de un suelo según diferentes alternativas de manejo. Esto es mucho más rico y profundo que un plan de manejo de suelos y lo podemos hacer.

Creo entonces que es tiempo de volver a citar a la Comisión de Estudio Agroeconómico de la Tierra para que nos cree el Coneat del siglo XXI, contemplando agricultura y forestación, permitiendo incorporar análisis de suelos para ir cambiando (para mejor o para peor) el potencial productivo de los suelos y con modelos de simulación para proyectar la evolución futura bajo diferentes prácticas de manejo. La información es clave para producir mejor y es un bien público.

Además, ahora la información orientada al manejo de los campos debe tomar en cuenta otros factores que antes no importaban. Es imprescindible incorporar el uso del agua para cuidar su cantidad y calidad en cuanto al manejo del ecosistema.

La realidad nos muestra que estamos usando un exceso de insumos (fertilizantes, agroquímicos) que terminan en los cursos de agua, produciendo bacterias peligrosas que deterioran hasta lo más valioso que es el agua de consumo humano; o sea que gastamos en insumos para obtener un efecto adverso grave y duradero, no puede ser.

Además de monitorear suelos y aguas, ahora debemos también abrir una ventana hacia temas de cambio climático. El ecosistema de los suelos puede ser, bien manejado, un gran captador de carbono que ayude al planeta a mitigar el calentamiento global por efecto de los gases de invernadero. O, por el contrario, mal manejado puede liberar carbono a la atmósfera en grandes cantidades. De todos estos temas se sabe bastante hoy; hay que sistematizar la información y transformarla en herramientas de manejo disponibles para los productores. Lo podemos hacer.

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