Inmigrantes de la guerra

Uruguay ha sido desde siempre un país de inmigrantes. De principios del 1900 a 1950 tuvo fuertes olas migratorias. Algunos de ellos se afincaron en el interior y aún hoy sus descendientes mantienen vivas tradiciones, costumbres y valores que transmiten a los más jóvenes y que muestran un Uruguay distinto

Por Gabriela Viera

@gabbyviera

Aquellos inmigrantes, ciudadanos de varias partes del mundo, llegaron a Uruguay, un país que prometía paz, trabajo y estabilidad. Nuevos pobladores, junto a criollos y nativos, fueron construyendo una identidad propia muy ligada a ciertas costumbres y hábitos. Tomando trazos de unos y otros se fueron convirtiendo en una amalgama única y diferente, que si nos animamos a mirar más de cerca podemos ver aún vigente en diversos sitios de nuestro país y en nuestra forma de ser. Ellos se integraron a las costumbres del país, pasaron a ser uruguayos de pura cepa, pero también dejaron mucha influencia en lo que somos: pequeños rastros que sin darnos cuenta viven en cada uno de nosotros. Hábitos, costumbres, formas de expresarnos son apenas señales de ese mosaico. En algunos sitios estas costumbres o formas están más presentes que en otros, pero en todos hay una fuerte impronta de aquellos bisabuelos y abuelos que llegaron casi sin nada a estos pagos y que dejaron una huella imborrable. Nuevo Berlín, Young, Nueva Helvecia, Colonia Suiza, Colonia Delta, San Javier, El Ombú, Gartental son solo algunos ejemplos de ese legado, esos orígenes que ya la nomenclatura deja de manifiesto.

En la actualidad la llegada de los inmigrantes es una de las principales noticias en Europa, también lo fue aquí hace algún tiempo. Refugiados y familias enteras que se mueven, dejan sus países y buscan un futuro mejor en otras tierras. Y la guerra siempre ha sido la principal causa de estas fuertes corrientes migratorias que buscan horizontes en otros sitios. Ese fue el principal motivo de la mayoría de los inmigrantes que llegaron a Uruguay. También hubo razones religiosas y económicas, pero todos buscaban prosperidad y tranquilidad.

Los habitantes con los que conversé en estos días confirman que en Uruguay encontraron trabajo para construir un futuro y vivir en paz. Muchos de ellos se instalaron y fundaron colonias, pueblos en comunidad, organizados de una manera que les permitiera ayudarse unos a otros. Y así lo hicieron.

San Javier

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Siempre me ha llamado la atención que, siendo Uruguay un país tan pequeño, tenga tanta diversidad de gustos, costumbres, tradiciones, formas de ser, intereses, expresiones culturales, artísticas o deportivas. Parecemos, a ojos de algunos, pasivos, calmos, demasiado serenos, una idea instalada de que acá no pasa nada. Sin embargo, creo que detrás de esa tranquilidad hay mucho color, muchas historias, mucho movimiento. Solo hay que saber encontrarlo.

Conocer San Javier, colonia rusa fundada el 27 de julio de 1913, me permitió reafirmar esa idea. En la apacible tierra fértil que rodea el pueblo a orillas del río Uruguay, es verdad que la siesta es una constante, pero hay una ferviente actividad cultural, productiva, trabajadora y diversamente rica que tiene mucho para dar y contar.

Se ubica a 95 kilómetros de la ciudad de Fray Bentos (Río Negro), cuenta, según el censo de 2011, con más de 1.700 habitantes, que llegan a casi 3.000 si se toma la zona de influencia. Son una colonia rusa, bilingüe, allí todo está escrito en ruso y español.

En la plaza principal se destacan las esculturas de coloridas matrioskas que dan la bienvenida. La calle 18 de Julio convive con el centro cultural Máximo Gorki —llamado así en honor al célebre escritor ruso—, donde, además de la historia de la colonia, se aprende ruso, se realizan danzas típicas, se difunden las tradiciones y costumbres más fuertes de esta cultura, incluida la gastronomía y un coro que rescata las canciones y la música. La mayoría de sus pobladores tienen apellidos difíciles de pronunciar para un uruguayo acostumbrado a los Rodríguez, los López o los Pérez. Alejandro Sabelin, vicepresidente del centro cultural, cuenta que es nieto de rusos. Sus abuelos llegaron de la provincia de Vorónezh en aquellos primeros viajes que en 1913 y 1914 trajeron a los colonos a Uruguay. Estos colonos llegaron escapando de la Rusia zarista, buscando la libertad religiosa. Inicialmente fueron unas 300 familias las que desembarcaron en Montevideo y luego fueron llevadas en barco hasta el Puerto Viejo, donde finalmente se afincaron. "Acá llegaron y no había nada. Pensaban encontrarse con algún poblado pero era todo campo, monte cerrado. Comenzaron de cero, con ayuda de algunas familias dueñas de los campos. Edelina Espalter fue integrante de una de ellas. Les prestaba maquinaria, herramientas o lo que necesitaran. Ella ayudó mucho a los primeros colonos a instalarse y poder comenzar". Inicialmente el destino era Canadá, pero luego, por las políticas de José Batlle y Ordoñez y del Instituto Nacional de Colonización que impulsaba la llegada de colonos que trabajaran la tierra, que supieran oficios y pudieran generar centros productivos, muchos rusos eligieron Uruguay.

En ese tiempo fueron una de las colonias más grandes del continente. Al año de llegar y luego de que ya estaban algo más instalados, construyeron la escuela, inicialmente de chapa, allí en las cercanías del Puerto Viejo, donde nació San Javier. Tiempo más tarde, cuando el pueblo se movió a su ubicación actual, mudaron la escuela e hicieron el traslado en carros. "Yo tengo registros de eso", dice Sabelin, mientras revive, con lujo de detalles, las historias que le relataron sus abuelos y muestra los documentos y las fotos con las que cuenta el centro cultural y el museo.

Dicen que San Javier debe su nombre a uno de los hijos fallecidos de Edelina Espalter, que se llamaba Javier. Sin embargo, Sabelin dice tener documentos bastante más antiguos, de 1763, en los que la zona ya aparece como San Xavier en algunos títulos de la época de los jesuitas. Así que Sabelin adhiere a la tesis de que el nombre es más antiguo. Explica, además, que la principal tarea es agrícola, y que se concentra en trigo, lino y granos. El girasol tuvo gran importancia en la zona, y es además una de las principales actividades del pueblo. Tanto es así que cada abril se celebra la fiesta regional del Girasol.

En el año 1953 se expropió la estancia Farrapos, que hoy es uno de los principales atractivos turísticos de la zona. Aprecio por la cultura, historia y valores de esfuerzo y trabajo son las constantes en los pobladores de San Javier. Son austeros, alegres y guardan mucho respeto por las tradiciones y las costumbres de sus fundadores. Huella que celebran cada julio en el aniversario de su fundación.

El Ombú

En el año 1948 llegaron a nuestras costas varios barcos, repletos de inmigrantes y viajeros. Uno de ellos fue el Volendam, en el cual viajaban la mayoría de los alemanes y polacos menonitas que bajan en Uruguay. En ese viaje unos 800 se quedaron aquí y el resto siguieron a Buenos Aires y Paraguay. El primer alojamiento de esos refugiados alemanes fueron los campamentos militares en Colonia del Sacramento y Arapey. Hasta allí llegaron en tren; una travesía de casi un día. Al año siguiente lograron, a través del Comité Central Menonita, adquirir unas 1.200 hectáreas en la zona que bautizaron como El Ombú, en el departamento de Río Negro. En 1950 tomaron posesión de esas tierras y unas 80 familias dieron comienzo a la colonia y a la cooperativa, que se ubica en la ruta 3 a la altura del kilómetro 284.

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Los menonitas son parte de la iglesia evangélica y por este motivo una de las primeras construcciones que hicieron los pobladores, además de la escuela, fue la iglesia. Actualmente viven fundamentalmente de la agricultura, la ganadería, la lechería y la producción en chacras. Bernd Penner, uno de los pastores que forma parte del equipo que acompaña a la colonia, resalta que a pesar de las dificultades la comunidad ha sabido mantener vivas las tradiciones, las costumbres y los valores que preservan con orgullo y con un gran sentido de pertenencia.

Penner resalta que lo que mantiene unida a la colonia El Ombú no es el idioma alemán ni la cultura —aunque ambos aspectos son fuertes y se traspasan de generación a generación—. No son lo fundamental, "lo indispensable es la fe", dice. "Lo que nos mantiene unidos son los valores compartidos, la unidad es la fuerza. Los primeros colonos eso lo tenían muy claro, porque, a pesar de vivir en una casita humilde, la iglesia y la escuela las construían bien, porque eran lo importante. "En el tiempo en que llegaron no tenían nada y sabían que, si no se ayudaban unos a otros, progresar no sería posible".

Hoy los jóvenes estudian y trabajan y muchos deben dejar la colonia para radicarse en otros sitios, pero lo bueno es que "cuando hay una fecha importante o en las vacaciones todos estamos acá. Los que se van quieren regresar, lo hacen con ganas. Otros viven acá y van a trabajar a otras ciudades", explica Penner y deja en evidencia que el vínculo es muy fuerte.

Los insumos, las materias primas y las necesidades básicas para producir pueden adquirirse a través de la cooperativa. "El Ombú, al ser la primera colonia y estar ubicada al norte, donde todo era más difícil de conseguir en aquellos primeros años, tiene un espíritu muy cooperativista, acá un productor solo no podría haber hecho mucho".

Gartental y Colonia Delta

En el año 1951 llega a Uruguay un segundo grupo de inmigrantes menonitas, siguiendo los pasos del primero. En 1952 se forma con ellos la colonia agrícola Gartental. Se ubica al noreste del departamento de Río Negro y a unos 65 kilómetros de El Ombú. El nombre alemán de Gartental significa "valle jardín". También tiene gran énfasis en la agricultura, como todas las colonias alemanas de este tipo.

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Allí las tradiciones se cuidan y mucho. La gastronomía, la danza y las costumbres siguen vigentes. Lo mismo ocurre en Colonia Delta, un paraje de pocas casas que fue la tercera colonia menonita en Uruguay, cuando 10 familias la fundaron en 1955. Todas cumplen con un objetivo primordial: la ayuda y colaboración en comunidad, la preservación de la cultura, del idioma y de los valores fundamentales de trabajo y organización.

Llegar hasta aquí es fácil, está relativamente cerca de Montevideo, la entrada es en el kilómetro 95 de la ruta 1. Casi no hay movimiento, apenas algunas personas caminando. Eso es lo primero que veo cuando llego, también una escuela muy bien cuidada, una iglesia, y un club social, además del cementerio que parece un parque. Colonia Delta, como las demás, es una colonización privada. Uno tiene la sensación de que está entrando a la casa de alguien, transmite respeto y serenidad. El vicepresidente de la cooperativa, Klaus Dietrich cuenta que viven aproximadamente 30 familias y que hoy la integran unos 20 a 21 tambos. La actividad principal es la lechería, pero también hay siembra de trigo, soja y maíz. Si bien las fiestas tradicionales no son muy habituales, el idioma alemán se mantiene —la escuela y el colegio son bilingües—, al igual que la gastronomía y la fe, ya que al ser una congregación menonita tienen un pastor casi permanente. Trabajar la tierra y esforzarse para lograr lo que sueñan son parte de la vida cotidiana de los habitantes de Colonia Delta. "Ayudar al otro es una linda forma de vivir", dice Dietrich. Y me confirma que tenemos mucho que aprender de estos inmigrantes que vinieron buscando tranquilidad y nos dieron mucho de lo que somos hoy.