Intolerancia pictórica

El controvertido cuadro de José Mujica y Lucía Topolansky es claramente de mal gusto

El controvertido cuadro de José Mujica y Lucía Topolansky es claramente de mal gusto. Es un envejecido remedo bíblico de Adán y Eva, a quienes las pinturas muestran habitualmente con juveniles físicos más atléticos y sin caras identificables. Es comprensible que haya molestado a la expareja presidencial. Pero es inaceptable la reacción de intolerancia que generó por algún lado, aparentemente una denuncia anónima, al ir un policía a pedir su retiro de la galería donde se exhibía, sin que mediara una orden judicial en ese sentido. El resultado contraproducente ha sido propulsar la obra a un desmesurado primer plano, que difícilmente hubiera alcanzado por sus méritos pictóricos y que multiplicó más de diez veces su precio original de venta.

La represión de obras de diversas manifestaciones artísticas, en pintura, música o literatura ha sido habitual bajo regímenes dictatoriales por motivos políticos o preferencias personales. Ocurría asiduamente en la Alemania nazi y en la Unión Soviética, donde se quemaban libros o se prohibían arbitrariamente diferentes expresiones artísticas. Pero es inconcebible que ocurra en países plenamente democráticos, como Uruguay, donde imperan libertades que solo pueden restringirse cuando se violan leyes, que ciertamente no ha sido el caso en la obra cuestionada. Así lo han señalado acertadamente las muchas fuentes que han censurado la acción policial. Diana Saravia, propietaria de la galería donde se exhibía el cuadro, precisó que se creó “un panorama negro para un día negro”.

Siempre ha habido reacciones adversas a las innovaciones artísticas. Los defensores de la pintura figurativa se escandalizaron cuando surgió el impresionismo en los finales del siglo XIX. Al impresionismo siguió la aparición de diferentes formas de pintura moderna, con cuadros que se venden a veces por millones de dólares pero que mucha gente no colgaría en sus casas aunque se los regalaran. Pero en países democráticos, a nadie se le ocurrió jamás exigir que se retiraran obras de Monet, Renoir, Gauguin u otros impresionistas o de Picasso y de los muchos pintores que adoptaron estilos modernos en las últimas décadas. Uruguay se ha convertido en una triste excepción. Lo ocurrido con Génesis Uruguay, del pintor Julio de Sosa, coarta tanto la libertad de expresión como la de creación artística. Abre además un precedente ominoso para eliminar o prohibir al grito esculturas u otras obras que proliferan por todos lados y que muchos consideran adefesios.

Raúl Oxandabarat, vocero de la Suprema Corte de Justicia, explicó que “en virtud de la denuncia policial, la responsable del local retiró la obra voluntariamente”, pero que “no existió una acción judicial”. El reclamo ante el Poder Judicial era, sin embargo, el curso que correspondía si Mujica y Topolansky hubieran optado por defender su derecho a la protección de su imagen. Que alguien haya recurrido a la concurrencia de un comisario a la galería para exigir el retiro fue, en cambio, un pobre sucedáneo de los medios legales disponibles para actuar contra el uso excesivo de las libertades vigentes. El daño ya está hecho. Pero no puede soslayarse el peligro que conlleva para nuestra vida en libertad democrática el apresuramiento de pedir una intervención policial, improcedente por no existir denuncia o presunción de delito u otra irregularidad, en vez de seguir la idónea vía jurídica.


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El Observador

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